Barrer a los mendigos
Ahora que no hay dinero para prometer otra pirámide, el faraón Gallardón recurre a la demagogia como estrategia electoral, que es gratis. El alcalde de Madrid ha pedido al Gobierno una ley que autorice a la Policía municipal a sacar a los mendigos de las calles por la fuerza: a barrerlos y realojarlos –quieran o no– en albergues sociales. Como en todo populismo, hay algo cierto en el debate: hay algunos indigentes, normalmente personas con problemas mentales, que duermen en la calle cuando podrían estar mejor en esas camas. Pero la solución para ellos no puede ser un remake de aquella Ley de Vagos y Maleantes que vulneraría la Constitución (lean lo que dice el artículo 19 sobre la libre circulación de las personas).
En la práctica, la ley que quiere Gallardón sólo serviría para echar a los mendigos del centro y que duerman en los guetos de las afueras: barrerlos bajo la alfombra para que no se les vea, como en sus tiempos hacía Jesús Gil en Marbella. ¿O es que Gallardón piensa que las 1.367 camas para indigentes que tiene el Ayuntamiento son suficientes como para dar cobijo a las cerca de 50.000 personas que malviven en las favelas de Madrid, en poblados chabolistas como la Cañada Real o Santa Catalina?
La solución Gallardón para que los pobres no afeen las plazas no es muy diferente a la que antes intentó con las prostitutas. Ni siquiera es novedad el planteamiento franquista. En aquella ocasión, el Ayuntamiento se agarró a una ley de 1948: la Ordenanza del Buen Gobierno de la Villa de Madrid, que permite multar a quienes cometan “actos indecorosos” en la vía pública. Gallardón, ese político supuestamente centrista, siempre recurre a sus clásicos: a su mentor, Manuel Fraga, el de “la calle es mía”.
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Fe de erroresLey de Vagos y Maleantesun congreso en San Sebastián