La cárcel perfecta
Las cámaras de vídeo que instalan hoy bancos o centros comerciales son más útiles por los robos que evitan sólo con su presencia –nunca se sabe cuándo hay alguien mirando– que por los ladrones que detectan. Lo mismo sucede con las bases de datos informáticas que evitan el fraude en los impuestos o con las tarjetas para fichar que instalan algunas empresas para vigilar los horarios de sus empleados. Son sistemas de última tecnología, pero la teoría que describe su eficacia tiene más de dos siglos.
En 1791 el filósofo inglés Jeremy Bentham diseñó una prisión singular: el Panopticon. Consistía en un edificio circular con una torre central de vigilancia. Desde ella, los carceleros podrían observar a los reclusos en todo momento, en cada rincón de sus celdas. Pero los prisioneros nunca sabrían si alguien estaba mirando, por lo que estarían en permanente tensión.