Cuéntame (otro cuento)
Juan Carlos Escudier
Los aniversarios de la Transición, ya se conmemore las primeras elecciones, la victoria del PSOE, la legalización del PCE, la coronación del Rey, los Pactos de la Moncloa o la primera vez que Suárez miccionó en Zarzuela –que todo se andará- llevan indisociablemente aparejados un atracón de blanco y negro y una regresión al duralex, la formica y la naftalina. Además, contra todas las leyes de la física y en abierta demostración de que la omnipresencia es posible, el común denominador de estos homenajes es que siempre acabamos viendo y/o escuchando a Victoria Prego, ya sea enlatada o en su mismidad, que menudo chollo encontró esta mujer con nuestros novísimos Episodios Nacionales.
No acaba aquí la cosa. Invariablemente, junto a los merecidos reconocimientos públicos y en alpaca, todos los aniversarios incorporan el testimonio de unos señores que hablan de sí mismos y de lo bien que lo hicieron, porque la regla número uno es que no existen reportajes de la Transición críticos con sus protagonistas, de la misma manera que no existen películas del Oeste en la que ganen los indios, porque si ganan ya no son del Oeste sino de ciencia-ficción.
Como puede colegirse, rememorar lo divinamente que lo hicieron nuestros políticos hace 30 años conduce sin remedio a proclamar que los que ahora nos rodean son manifiestamente mejorables, cuando no prescindibles, en una versión actualizada a la democracia de aquel famoso ‘con Franco vivíamos mejor’. Sin descartar que así sea, resultaría temerario elevar por decreto a los altares a todos aquellos que participaron en aquel proceso, donde hubo santos, mártires y muchos demonios, a los que ahora se les ha ascendido a arcángeles como en el Ejército: por antigüedad.