Deporte
Marco Pantani –treinta kilos más gordo, cinco años más viejo que en la foto– murió como lo haría una estrella de rock de postal: deprimido, atrincherado en una habitación de hotel, puesto de pastillas y dejando como único testamento unas notas crípticas escritas con letra nerviosa en una libreta. Los forenses han determinado hoy que la causa de su muerte fue un edema pulmonar. Pero quedarse sólo en eso es tan hipócrita como decir que la víctima de un tiroteo falleció porque había seis trozos de plomo en su pecho. Al pirata lo mató el deporte.
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Algo terrible está pasando cuando la muerte de Pantani no es sólo una anécdota. En los últimos años, cada vez son más los deportistas profesionales que acaban su vida muchísimo antes de lo que reza la estadística. Muchos culpan al doping y ponen la frontera en los fármacos prohibidos, como si el mero hecho de forzar el cuerpo humano hasta más allá del límite anterior no fuese ya de por sí un exceso.
No me gusta practicar deporte. Aunque no soy tan nihilista como para negar sus virtudes, creo que algo que sólo disfrutas cuando dejas de hacerlo es un vicio demasiado retorcido. Es algo personal y viene de hace tiempo. Yo era de esos niños que en el patio del colegio se quedaba como último descarte cuando se hacían los equipos –te llevas a estos dos y yo elijo campo–.
Las veces que he intentado reconciliarme con el ejercicio físico he acabado mal; la última, con el hombro derecho casi inservible tras una mala caída en la nieve. Por culpa de aquel accidente, ahora visito cada pocos días un centro de alto rendimiento deportivo. Allí trabajan los mejores fisioterapeutas y me cruzo en las camillas con ídolos de cromo panini, maleducados y presumidos como sólo puede serlo un veinteañero multimillonario.
Uno de los médicos que tratan mi lesión, un experto, me confesó hace unas semanas algo que yo ya sospechaba: “El deporte profesional es cualquier cosa menos sano, hay mucha presión y, aunque no te dopes, estar al cien por cien todo el día exige demasiado al cuerpo y eso al final se paga”. Pantani pago con creces. Son las cosas que pasan cuando se transforma el espíritu olímpico en show televisivo.