Dimito
Muchos, en el fondo y en la superficie, desean ser como Makelele: abandonar la empresa que nos trata de aquella manera y ver cómo ésta se hunde lentamente a lo largo de los años en el fracaso generalizado. Pocos pueden pertenecer a ese privilegiado grupo de trabajadores, los futbolistas, que representan el único tipo de mano de obra que se valora en lo más mínimo, y a nadie le importan nada nuestras andanzas laborales. Prácticamente todo el resto de la masa laboral supone un problema, a reducir a su mínima expresión a mayor gloria de la visionaria clase empresarial que, si no fuera por sus empleados, esa rémora carnosa, llevaría sus compañías a un país de Jauja de crecimiento y beneficios sin fin. A veces algún miembro de ese resto se harta, y pega el portazo con gracia: con sus pizarritas la muchacha de la foto revela algunas cosas sobre su jefe (enlace cortesía de don Íñigo), y en otros casos un asistente de vuelo fabuloso se desliza, tras aterrizar, por un tobogán de emergencia, corre por las pistas hacia su coche y conduce hasta los brazos de su amado para esperar allí la llegada de la policía. Lástima que la primera historia sea una broma. Aunque se non è vero, è ben trovato, que diría ya saben ustedes quién.