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Otra guerra digital

Manuel Saco - 20 minutos

Manual para torturadores | A principios de los ochenta, una película deshizo de la noche a la mañana todo el trabajo de imagen que los políticos turcos prooccidentales habían elaborado pacientemente durante más de cincuenta años. El expreso de medianoche, de Alan Parker, basada en un hecho real, narraba las torturas sistemáticas practicadas en las cárceles de Turquía, donde los detenidos eran reducidos a la más baja condición animal, desnudos, física y mentalmente torturados. ¿Os recuerda algo? Los intentos del general Ataturk y sus sucesores por vender imagen de civilidad a la comunidad occidental, cuyos valores tanto admiraban, fueron dinamitados por apenas dos horas de película. Y como no podía ser menos, los generales reaccionaron acusando al cineasta de haber hecho un daño irreparable a su proyecto modernizador. Es decir, no eran sus esbirros, los carceleros, los autores del daño, sino la maldita fotografía que dejaba constancia de los hechos. A los antiguos dioses crueles que no tenían el menor inconveniente en castigar con la tortura eterna, a sangre y fuego (si tal es la ejemplar conducta divina, piensan sus criaturas, ¿cómo va a ser pecado torturar por una causa justa?), van tomándoles el relevo, sucesivamente, los traficantes de esclavos, los déspotas y los carceleros de todo pelaje. Los soldados de los Estados Unidos de América habían metido en sus mochilas las armas más novedosas, las cámaras digitales, como quien va de fin de semana al campo, para fotografiar las armas de destrucción masiva, que por lo visto en aquellas tierras crecen como champiñones en primavera. Y mientras las buscaban, mataban el tiempo haciendo fotos a los prisioneros (¿o mataban a los prisioneros haciendo tiempo?), filmando sin querer la segunda parte del Expreso de medianoche, disparando sus cámaras distraídamente sin reparar en gastos, porque ahora da gusto, no se utiliza carrete. Sólo unos meses después supieron que aquella gente torturada que salía en sus fotos eran, en verdad, las armas de destrucción masiva. Las tenían delante, y no se habían enterado. Armas que, espero, acaben destruyendo para siempre a los desalmados de las Azores.