El guiso de Israel, o lo que pasa cuando resuelves el problema equivocado
Apatrullando la interné, by Algernon Pérez.
Algernon contempla con estupor la poco disimulada alegría con la que israelíes y simpatizantes celebran el deceso de Yaser Arafat. No porque su personalidad inspire ninguna simpatía, sino porque su estátus simbólico lo convertía en una de las pocas esperanzas que podía tener Israel de resolver el conflicto con los palestinos de forma más o menos civilizada y razonable. Para ellos.
Israel ha tenido como objetivo estratégico desde hace años el impedir la consolidación de un Estado Nacional Palestino en los territorios vecinos, considerando que por naturaleza y diseño semejante estructura estatal sería un riesgo de seguridad permanente. Para ello ha minado a la OLP, ha favorecido a facciones alternativas como Hamas y Hizbollah que le robaran protagonismo, ha debilitado constantemente la posición de Arafat y, cuando cedió y permitió la constitución de la Autoridad Nacional Palestina, se ha encargado de reducirla a la insignificancia, el oprobio y el ridículo. Todo ello, hay que decirlo, con la entusiasta colaboración de Arafat, la OLP y la ANP, que en la más pura tradición del mundo árabe se comportaron como déspotas sanguinarios de partido único incluso antes de disponer de su propio país que explotar. Luego, Israel dejó a Arafat convertido en un espantapájaros grotesco e impotente, al que simultáneamente negaba cualquier posibilidad de controlar la situación mientras lo castigaba por su descontrol.