Putos extranjeros
Antonio Orejudo
En Madrid los autobuses tenían cobrador. Se sentaba en la parte trasera con un armatoste plateado, dotado de extraños botones y una manivelita, a la que había que dar una vuelta completa para que saliera el billete. El Metro tenía un trabajador encargado de abrir y cerrar las puertas. Iba en el primer vagón, protegido por unas barras metálicas, leyendo novelas del Oeste, de Marcial Lafuente Estefanía. En cada estación sacaba el cuerpo, comprobaba que todos los viajeros habían entrado y salido, hacía sonar un pito, y accionaba varias veces la palanquita hidráulica que cerraba las puertas. Y con esos trabajos, que hoy resultan imposibles, mantenían a sus familias. Si hoy existieran esos empleos, no creo que ningún español los desempeñara.