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Rajoy tiene un plan

Juan Carlos Escudier

Si no fuera porque sabemos que las crisis del PP siempre son un invento de los otros y que nos hallamos ante un partido que ha desterrado los personalismos hasta alcanzar esa Arcadia feliz en la que sus dirigentes trabajan al unísono a mayor gloria de su líder y de la piel de toro. Si no fuera porque se trata de una organización en el que las grietas se tapan con aguaplast y espátula antes de que aparezcan. Si no fuera, en definitiva, porque no se puede derrochar tanta estulticia junta a seis meses de las elecciones, tendríamos que convenir que algo ocurre en aquella casa, donde –una de dos- o huele a fiambre o se ha producido un abandono masivo de desodorantes.

Seguro que no hay motivo de alarma porque la cúpula de la derecha domina tanto la estrategia política como Noé las tormentas, pero el resto, pobres mortales, asiste perplejo a una pelea en donde –como dice Bono, en afortunada adaptación del refranero- eran pocos y parió la abuela, que en este caso es abuelo, se llama Fraga y apenas se le entendía últimamente cuando hablaba hasta que ha balbuceado un “haga usted testamento, Mariano” que ha sonado lapidario, lógicamente.

En este trance notarial nos encontramos, con un muerto que quisiera gozar de buena salud y no lo consigue a tenor de su aspecto, y con una corte que presiente que su destino está escrito en las pirámides: si las elecciones se llevan por delante al faraón tendrán que acompañarle en el tránsito y mascar arena. Por descifrar el jeroglífico, si hay óbito será múltiple, y Acebes y Zaplana –por poner un par de ejemplos de sacerdotes yendo al matadero- aún se creen jóvenes para emprender el camino del más allá.

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