La revolución de los perdedores
Juan Carlos Escudier
Los perdedores son inquebrantables. El que mejor he conocido lleva años dándole vueltas a una novela que nunca escribirá, de la que sólo ha avanzado su primera línea: “Nunca te fíes de los tipos sin cuello”. La frase es tan disparatada como su autor, aunque se obstina en ella como si encerrara un misterio insondable. Su animadversión hacia los cuellicortos es perpetua e inescrutable.
Si algo une a quienes son conscientes de su condición de malhadados, es su terquedad. Se trata de gente testaruda, a la que, por razones obvias, no asusta la derrota. Son incontables, pero se sienten minoría. Están por todos lados, camuflados entre otros perdedores no convencidos, fascinados por seguir vivos, y atraídos como insectos a la luz por una querencia ancestral a ordenarse en colas. Allí se encuentran por miles, en las del metro y el autobús, en las del pan, en las del INEM, en las de la Seguridad Social y en las taquillas del fútbol, apiñados, como si pretendieran conjurar en grupo sus próximos fracasos.
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Muchos de los perdedores nunca reconocerán serlo. Les basta un chalet adosado y atender el fuego de una barbacoa los fines de semana para sentirse en la cima del mundo. Las criticas más feroces al Estado del Bienestar, las acusaciones más terribles contra un sistema que, por el momento, no deja morir a la gente en la calle, se escuchan en jardines de 40 metros cuadrados, bajo sombrillas de colores, entre chuletas de cordero, chorizos a la brasa y vino con gaseosa. Se trata de esa clase media que adora el ídolo del éxito y que se siente invulnerable, la mediocridad triunfante.