Vendrán a por todas nosotras
Lidia Falcón
“En la calle se oían los gritos de los bebés que estaban asesinando. Y luego los destrozaban en unas trituradoras”. Unos entendidos comensales de la mesa de al lado del restaurante repetían este relato de horror frankensteiniano. Similares descripciones de las terribles matanzas de bebés que se practicaban en las clínicas del Dr. Morín están en boca de ciudadanos que jamás tuvieron información alguna sobre el tema.
Hace más de un mes que en Barcelona están en prisión tres médicos, uno de ellos Carlos Morín, por el cierre y registro ordenado por el Juzgado de las clínicas ginecológicas en las que trabajaban. Semanas después han cerrado dos clínicas en Madrid. Ahora son siete médicos más los que se hallan detenidos en Barcelona. Esa descripción de los asesinatos de niños triturados en una máquina –sólo falta que añadan que se hacían albóndigas después– en una semblanza del triunfo de la muerte de Brueghel, ofrecida con morbosa y deleitada pasión por una prensa especialmente dedicada a negarles a las mujeres todo derecho al progreso, persigue el efecto –conseguido– de estremecer a una ciudadanía desinformada y supersticiosa.
Los 200.000 abortos que se practican en España cada año son un número muy modesto en comparación con las cifras de Europa, ya que la práctica sanitaria en los países avanzados alcanza a muchos más casos que los que se permiten en nuestro país. Como a ello se une la más absoluta desidia de nuestros gobiernos en la prevención y educación anticonceptiva, con un alarmante aumento de embarazos de adolescentes, tenemos unas cifras tercermundistas de madres niñas, de fetos inviables y de trastornos psiquiátricos en mujeres, producidos por las dificultades que el sistema sanitario español impone. El 90% de los abortos se practica durante los primeros tres meses de embarazo y el 10% restante se reparte entre las graves malformaciones del feto y las violaciones. Los inquisidores que persiguen toda libertad humana y especialmente la de las mujeres mienten cuando afirman que en las clínicas del Dr. Morín se eliminaban los fetos de ocho meses, mienten cuando relatan los horrores que se complacen en describir, como si hubiese un sector de mujeres y de médicos en España que disfrutan sádicamente, ellas ofreciendo su propio cuerpo a semejantes peligrosas manipulaciones y ellos acometiendo una labor que puede llevarlos a prisión, como ya se ha visto. Y mienten con éxito porque se lo permiten los juzgados y los fiscales de la misma línea ideológica que los ultra-reaccionarios que denunciaron, porque los medios de comunicación que son sus compinches les sirven de altavoces, y porque el Gobierno, deseoso de contentar a los dirigentes de la Iglesia católica, se inhibe cobardemente de su deber de proteger a las mujeres y a los médicos.