El 'backstage' de la Semana del Cine de Terror de Donostia: “Tenemos que ofrecer una ventana al cine más independiente”
Josemi Beltrán (Zarautz, 1972) aún recuerda la primera vez que sintió el escalofrío y las ansias que produce una película de terror. La supuesta inofensiva película de Don Siegel, La invasión de los ladrones de cuerpos, no dejó dormir en paz a Beltrán; quién diría que esa sensación podría acabar en liderar la Semana de Cine Fantástico y de Terror de Donostia.
Licenciado en Periodismo, su relación con el cine comenzó mucho antes de dedicarse profesionalmente a la gestión cultural: en 1994 fundó junto a unos amigos un cineclub universitario en Vitoria. Después de trabajar en distintos proyectos culturales y festivales, asumió la dirección del certamen donostiarra en sustitución de José Luis Rebordinos, que saltó al Zinemaldia hace 17 años ya. Actualmente, desde la unidad de cine del Departamento de Cultura del Ayuntamiento, coordina también el Festival de Cine y Derechos Humanos y el reciente ciclo Nosferatu de Tabakalera.
La 37° edición de la Semana de Cine Fantástico y de Terror está a punto de terminar. Durante toda la semana, Donostia se ha convertido en punto de encuentro para los amantes del cine del género, con una programación que combina producciones vascas, propuestas internacionales y un espacio para la reflexión sobre el 'body horror'. Beltrán repasa la selección de este año, la evolución de la industria audiovisual y las razones por las que el terror sigue convocando a un público fiel. También habla de una de las señas de identidad del festival: la experiencia colectiva de compartir una película con cientos de personas en una sala.
Lleva ya 17 años al frente del festival. ¿Cómo ha cambiado su trabajo desde que asumió la dirección?
Cuando José Luis Rebordinos pasó a dirigir el Festival de Cine, me ofrecieron sustituirle porque ya tenía experiencia en otros festivales de cortos, en un festival de cine en Vitoria y en ciclos de clásicos. Era un salto, pero hay que dar los saltos de vez en cuando y dije que sí sin dudarlo. De todas formas, nuestro equipo trabaja en cine durante todo el año. Además del festival de terror, organizamos el Festival de Cine y Derechos Humanos, que se celebra en abril, y trabajamos en los ciclos Nosferatu de Tabakalera, junto a la Filmoteca Vasca. También colaboramos con otras iniciativas cinematográficas de la ciudad. Con un único festival de este formato no tendríamos suficiente contenido para mantener a un equipo durante todo el año.
La edición de este año se inauguró con Salitre, una producción vasca, y se clausura con Pinocho desatado. ¿Qué buscaban con estas dos elecciones?
Nos encanta apostar por el cine de aquí, y más cuando se lo merece, sin ningún afán de paternalismo. En los últimos años, hemos inaugurado con películas vascas potentes, de cineastas que nos están ofreciendo títulos interesantes. Para mí, la inauguración es el mejor lugar para darles ese espacio. En el caso de Salitre, además, su directora ya había participado en el festival con dos cortometrajes que habían ganado premios, y ahora presentaba su 'ópera prima' con un buen reparto, un gran nivel de producción y una historia interesante. Tenía claro que debía ser la película de apertura. Para la clausura, en cambio, buscamos algo que conecte con el público joven. Pinocho desatado ofrece un gore divertido, en la línea de esas adaptaciones salvajes de cuentos como Winnie the Pooh o Peter Pan. Además, tendremos el preestreno español antes de que llegue a los cines. Nos parece una película muy divertida para poner el punto final a una semana de buen cine.
La selección oficial reúne 32 largometrajes, 33 cortometrajes y seis capítulos de televisión. ¿Cómo se construye una programación de estas dimensiones y qué hace que una película encaje en el festival?
Nuestra programación no es muy larga como la de Sitges, que tiene más de un centenar de películas. Por eso intentamos que haya variedad de orígenes, nacionalidades y estilos: desde el terror más ortodoxo hasta la fantasía, la ciencia ficción o el gore. Aquí también funciona muy bien la fusión entre terror y humor. La atmósfera de la sala no es la misma que en otros festivales, por ejemplo, a veces puedes poner una película de terror muy seria y que se convierta en una comedia por el espíritu con el que el público va a verla. Y una película muy divertida puede serlo todavía más cuando se comparte con la gente de la Semana. Tenemos muy en cuenta cómo va a ser recibida en la sala, porque nuestro público no es nada pasivo: ofrece su feedback e interactúa constantemente. Hay películas que funcionan muy bien en solitario, en casa, pero que no tienen el mismo efecto en nuestro festival. Esto no significa que no sean buenas, sino que quizá no son las más adecuadas para este público y este espacio.
Este año se ha hecho hincapié en el cine de Hong Kong, con películas recientes y clásicos como 'Hard Boiled'. ¿Por qué decidieron abrir ese espacio?
En los últimos años, siempre hemos dedicado un espacio al cine asiático. Mantenemos la colaboración con la Fundación Japón, que nos permite organizar una noche de programa doble japonés, y este año se sumó una propuesta de Cineasia y de la oficina de promoción económica de Hong Kong. Nos plantearon traer al norte un foco que ya se organiza en el Festival de Sitges. Seleccionamos dos películas recientes, que se han presentado en premiere europea, y dos clásicos. Una de las nuevas representa el género de la fantasía y los viajes en el tiempo, y la otra se acerca al cine de gánsteres, que ha sido muy importante en Hong Kong. También incluimos Hard Boiled, de John Woo, y Black Magic, más cercana a la brujería. La respuesta ha sido muy buena y esperamos poder repetir la experiencia, porque es una cinematografía muy interesante.
Samantha Hudson ha sido la imagen del cartel de esta edición, convertida en una sirena mutante. ¿Qué querían representar con esa elección?
Teniendo de foco el 'body horror', queríamos abordar la transformación de los cuerpos desde una perspectiva queer y representar 'lo otro', la mutación de los cuerpos. Elegir a una persona trans para encarnar a una sirena mutante nos parecía una forma de representar todo eso, y a ella le encantó el concepto. Estuvo muy colaborativa desde la sesión fotográfica que hicimos en primavera y, cuando vino al festival, creo que se identificó todavía más con lo que habíamos planteado. Además, es curioso que las personas que han protagonizado nuestros carteles, como Samantha Hudson, Wyoming, Alaska, Javier Botet o Carlos Areces, han participado por amistad y cariño al festival. No es una cuestión comercial o promocional, sino de identificación con el género y con el ambiente de la Semana.
Hablando del 'body horror' como uno de los ejes de esta edición. El libro oficial de la edición, El cuerpo como abismo. ¿De qué consta y qué mirada propone sobre el género?
Es un microensayo de Antonio José Navarro, que ya ha colaborado con nosotros con otros libros sobre los exorcismos y el canibalismo en el cine. Este completa una trilogía dedicada a temas extremos. Habla, entre otras cosas, de David Cronenberg como uno de los primeros cineastas que abordaron el 'body horror', y después llega a películas más actuales como La sustancia o Titane, que han vuelto a poner el subgénero en primer plano. Son películas que sitúan el cuerpo y sus transformaciones en el centro y que, a veces, utilizan esas transformaciones como una metáfora política: el cuerpo como defensa, como agresión, como algo que maltratamos o que nos maltrata. No siempre hacen falta monstruos sobrenaturales para provocar sensaciones extremas; el propio cuerpo humano puede conseguirlo.
Los festivales también tienen que encontrar un espacio para el cine independiente en un momento en el que el terror ha ganado peso comercial. ¿Cómo conviven esas dos apuestas en la programación?
Creo que los festivales tenemos que ofrecer una ventana al cine más independiente, que tiene menos oportunidades. Es cierto que ahora muchas de las películas que programamos terminan estrenándose en cines o plataformas, y hace diez años eso no pasaba. Entonces, gran parte de lo que proyectábamos no podía verse después en ningún otro sitio, porque el terror no estaba tan de moda ni tan demandado. Ahora es más fácil que resulte atractivo para quienes compran contenidos. Pero tampoco vamos a hacerle un desprecio al cine más comercial si podemos organizar el preestreno de películas que son relevantes y están abriendo camino. Al final, también depende de las fechas y los calendarios de estreno; sabemos que muchas producciones se reservan para el verano o Navidad, cuando los cines tienen sus temporadas altas.
¿A qué atribuye ese auge del cine de terror? ¿Qué ha cambiado para que ahora sea una apuesta rentable para la industria y atraiga a más espectadores?
A nivel de negocio, a los estudios les sale rentable. Son películas que se basan en buenas ideas, no necesitan actores muy famosos y pueden dar mucho dinero. A veces una película de Tom Cruise en la que se han invertido millones de dólares acaba siendo un fracaso monumental en taquilla, mientras que algunas producciones de terror consiguen una rentabilidad enorme. Eso está haciendo que se produzcan más películas en Estados Unidos y que se genere un efecto dominó en otros países. También hay una tradición de consumo que se ha consolidado durante el fin de semana de Halloween. Días previos a la festividad las plataformas y los cines programan cada vez más títulos de terror. Y luego está el contexto social... Quizá ahora la gente tiene ganas de sensaciones fuertes. El mundo está tan mal que necesitamos desahogarnos de alguna manera y buscamos una violencia más confortable que la de la realidad, porque sabes que, en el fondo, no te va a pasar nada. Siempre se dice que el terror florece en tiempos de crisis y de miedo.
Con tantas películas disponibles en plataformas, ¿qué sentido tiene seguir organizando un festival presencial?
Cuando empecé con el cineclub en los años noventa no había internet ni DVD, y muchas películas tenías que buscarlas para poder compartirlas con los demás. Ahora puedes encontrar en casa la película más rara de Turquía en un momento. Pero tienes tanto acceso a todo que creo que el festival es casi más importante ahora que hace 15 o 20 años, porque necesitamos prescriptores, esas personas o espacios de confianza que nos orienten en un mundo de acceso infinito. Puede ser un 'youtuber', un festival o un crítico de cine. Por otro lado, la experiencia colectiva sigue teniendo valor. Compartir las sensaciones fuertes del terror con cien personas en una sala genera una impresión mucho más poderosa que ver la película a solas en el sofá. Nuestro festival tiene algo de encuentro: lo comparo con un festival de rock, donde la gente habla antes, durante y después de las proyecciones, comparte opiniones y se ve todos los días. De ahí nace un sentimiento de estar unidos por algo. Hay personas que quizá no vuelven a coincidir durante el resto del año y que se reúnen durante esta semana. Para mucha gente es la semana feliz del año.
¿En qué momento se encuentra el cine vasco de género y qué papel desempeña el festival para darle visibilidad?
En los últimos años, hemos creado una sección propia de cortometrajes vascos, separada de la española, porque había suficiente material de interés para tener una selección y un premio propios, que concede EITB. De hecho, este año hemos dejado cortometrajes fuera porque no podíamos incluirlos todos. Hay material suficiente para hacer una selección. También han contribuido a romper prejuicios cineastas como Paul Urkijo, que trabaja el fantástico, el folclore y la mitología en euskera. Su influencia ha animado a otros cineastas a escribir historias en esa línea o a reinterpretar la mitología de una manera más contemporánea. Y pienso también en estudios de animación como Único, con películas para adultos como Decorado o Unicorn Wars, que están teniendo reconocimiento internacional, o en el fenómeno mundial de El Hoyo. Todo esto demuestra que el cine de aquí tiene muchas ramificaciones y que no se limita al melodrama o al documental. También se puede hacer cine de género dentro de la estructura industrial y las ayudas públicas que tenemos.
Para alguien que nunca ha venido a la Semana de Cine Fantástico y de Terror, ¿qué le diría para animarle a probar?
Le invitaría a venir una vez, a mirar la programación y elegir una película que le pueda interesar. Creo que hay propuestas para todo el mundo y que no todas tienen el mismo nivel de terror. Es como el picante: puedes elegir el nivel que quieras. Si viene y no le gusta el ambiente, no volverá; pero si conecta con él, repetirá seguro. Creo que nuestro festival es especial y esa personalidad no es responsabilidad únicamente de quienes lo organizamos, sino también del público, que la ha ido construyendo durante casi 40 años. A nosotros nos toca alimentarla, reconducirla y actualizarla para que no se muera, igual que ha pasado con el propio terror, que hace 15 años algunos daban por muerto y ahora está más vivo que nunca.