Bernedo: diez meses de silencio
Llevamos diez meses calladas.
Diez meses escuchando cómo otras personas hablan por nosotras. Diez meses oyendo versiones que no reconocemos, opiniones de gente que no sabe lo que pasó y afirmaciones que no encajan con lo que vivimos. Mientras tanto, nosotras hemos estado en silencio. No porque no tuviéramos nada que decir, sino porque confiábamos en que las instituciones y las personas responsables harían lo que les correspondía: escucharnos.
Pero no fue así.
Antes de que esto llegara a los medios, seguimos todos los pasos que creíamos que había que seguir. Presentamos una reclamación ante la asociación, y la respuesta que recibimos nos decepcionó profundamente. Después acudimos a distintas instituciones: Diputación Foral de Álava, Gobierno Vasco, Gazteria, Emakunde y Ararteko. Pedimos que nos escucharan, que investigaran y que analizaran unas situaciones que nos preocupaban.
Cuando el caso se hizo público, la única institución que nos recibió y nos escuchó fue la Diputación Foral de Álava, y queremos agradecer esa disposición. Queremos agradecer que nos recibiera, nos escuchara y nos acompañara con respeto desde ese momento.
Hay algo que, diez meses después, seguimos sin entender. Todo esto pudo haber sido muy diferente. Bastaba con que, al recibir nuestras reclamaciones, alguien hubiera decidido sentarse con nosotras. Escucharnos. Escuchar a nuestras hijas. Hacer preguntas. Compartir información. Explicarnos qué medidas se iban a tomar. Reflexionar sobre lo ocurrido.
En lugar de eso, nos encontramos con demasiadas puertas cerradas.
Nos dejaron ante una decisión muy dura: callarnos y asumir el riesgo de que pudiera volver a pasar, o hacerlo público. Elegimos hablar y algunas interponer denuncia formal. No porque fuera lo que queríamos, sino porque sentimos que ya no nos quedaba otra.
Desde entonces, el foco se ha ido a otro lado. Lo que empezó siendo una preocupación por unas menores ha terminado convertido en un debate político e ideológico en el que parece que todo el mundo tiene algo que decir, menos quienes lo hemos vivido.
Se ha hablado de transfeminismo, de cultura, de ideologías y de intereses políticos. Nos han metido en bandos que nunca hemos elegido. Como si hubiera que escoger entre proteger un proyecto o escuchar a unas niñas. Como si contar unas vivencias significara atacar ideas o colectivos.
Queremos decirlo con toda claridad: nunca hemos apoyado que la experiencia de nuestras hijas se utilice para atacar a nadie, ni a ningún movimiento, ni a ningún proyecto político o social. Tampoco aceptamos que ese argumento se utilice para desviar la atención de lo verdaderamente importante.
Nosotras no hemos denunciado una ideología. Hemos denunciado unos hechos y hemos pedido que se escuchara a nuestras hijas.
El silencio que elegimos durante estos meses fue una forma de protegerlas. Pero ese silencio no puede confundirse con conformidad. Durante diez meses hemos tenido que escuchar cómo se construían relatos parciales sobre lo ocurrido sin contar con quienes lo vivimos. Ha sido un ejercicio de contención muy duro. Hoy hablamos porque sentimos que seguir calladas ya no protege a nuestras hijas; al contrario, contribuye a que sus voces sigan quedando en un segundo plano.
Precisamente porque existe un procedimiento judicial en curso, no pretendemos sustituir con este comunicado el trabajo que corresponde a la justicia. Nuestro objetivo no es debatir sobre lo que deberá esclarecerse en ese ámbito, sino explicar por qué hemos permanecido en silencio durante tanto tiempo y por qué hoy sentimos la necesidad de alzar la voz.
Nosotras no hemos denunciado una ideología. Hemos denunciado unos hechos y hemos pedido que se escuchara a nuestras hijas
Detrás de todo este ruido hay personas. Hay familias. Hay menores que han tenido que ver cómo se ponían en duda sus vivencias mientras los adultos discutían de todo menos de ellas.
Mientras muchas personas han convertido este asunto en un debate político e ideológico, nuestras hijas siguen viviendo las consecuencias. El sufrimiento emocional y psicológico que algunas de ellas están atravesando es real. También lo es el desgaste que estamos viviendo sus familias. Por respeto a su intimidad no daremos más detalles, pero pedimos que nadie olvide que detrás de esta historia hay menores, no argumentos.
Muchas de nosotras somos vascas, feministas y abertzales. Por eso nos ha dolido especialmente que se nos haya querido situar en un lugar que no reconocemos. Nunca quisimos formar parte de una batalla política o ideólogica. Solo quisimos que nuestras hijas fueran escuchadas y protegidas.
No queremos más etiquetas. No queremos que nadie utilice a nuestras hijas para ganar debates que no les pertenecen. Queremos que se reconozca que hubo cosas que se hicieron mal, que se asuman las responsabilidades que correspondan y que se adopten las medidas necesarias para que ninguna otra familia tenga que pasar por lo mismo.
Queremos terminar dando las gracias a todas las personas que, durante estos diez meses, nos han acompañado de una forma u otra. A quienes nos han escuchado sin juzgar, a quienes nos han tendido la mano, a quienes han respetado el silencio de nuestras hijas y a quienes, desde la discreción o dando un paso al frente, nos han ayudado a no sentirnos solas.
Somos conscientes de que, en algunos casos, escuchar nuestra voz o apoyarnos también ha tenido consecuencias personales. Precisamente por eso, vuestro compromiso y vuestra humanidad tienen para nosotras un valor aún mayor. Gracias por no mirar hacia otro lado cuando lo más fácil habría sido hacerlo.
Mirando atrás, no podemos evitar pensar que todo esto pudo ser diferente. Bastaba con sentarse con nosotras. Escucharnos. Escuchar a nuestras hijas. Tratar de entender qué había ocurrido y actuar en consecuencia. Ojalá esa sea la lección que quede de todo esto. Por nuestras hijas. Y por todas las menores que puedan venir después.