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Decrecimiento: la búsqueda del equilibrio

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En un sistema natural lo habitual es el desequilibrio. Las dinámicas físicas que interactúan entre sí (definidas por las leyes termodinámicas) generan órdenes y desórdenes que inevitablemente derivan en cambios constantes en los sistemas naturales. Esto es bien conocido y estudiado, escriban en su buscador de confianza la palabra ‘entropía'. Ahora bien, dentro del desequilibrio habitual, hay niveles y niveles de desequilibrio. Cuanto más alejado del equilibrio se encuentra un sistema natural más complicado le resulta permanecer en condiciones estables y patrones identificables. Actualmente vivimos en un planeta inestable, desequilibrado, a la meteorología se le complica el trabajo. El aumento de temperatura media global genera cambios en los patrones meteorológicos que hasta hace bien poco nos aportaban una cierta estabilidad climática.

Dicho período de estabilidad climática, denominado holoceno, nos ha permitido planificar la producción primaria en general, desde la agricultura hasta la gestión hidrológica y paisajística. Gracias a esta producción primaria estable se han podido dar los sectores económicos secundarios y terciarios. Apuntar que sin agua, alimentos y territorios habitables no hay actividades humanas posibles, básicamente porque no hay vida humana posible. Hoy el holoceno ya no es tal, el planeta está cambiando sus dinámicas y debemos adaptarnos a dichos cambios. Es una cuestión física que deja poco espacio al debate. Dentro de ese pequeño margen de debate cabe la posibilidad de discutir en qué porcentaje las actividades humanas industriales e intensivas han influido en el cambio climático, en la deconstrucción del holoceno. Lo que no es discutible es que somos responsables de ello en mayor o menor medida y a su vez tenemos posibilidades de reducir los impactos de estos cambios.

Al igual que el planeta, hoy vivimos en una sociedad desequilibrada. La sociedad global es profundamente injusta y desigual. Los ejes norte-sur y sus dinámicas provocadoras de desigualdades son hechos incontestables. Desde el norte global explotamos y esquilmamos el sur global desde hace más de 500 años ininterrumpidamente. Materias primas, agua, tierra, seres humanos,… a base de guerras y genocidios, presión financiera, esclavitud, imposición de dictaduras,… Esta relación desigual no ha cambiado nada estructuralmente. Los códigos éticos europeos siempre han sido usados puertas adentro (asumiendo acrobáticamente unas contradicciones enormes en lo que respecta a las desigualdades entre clases). En el exterior, en las zonas de expolio y esquilme, estos códigos éticos nunca se han implementado. Lo máximo que hemos conseguido ha sido otorgar a los esquilmados una limosna a través de la ayuda internacional en sus diversas modalidades. Es como si alguien te roba (legal o ilegalmente) las 100 manzanas que tienes en la despensa y para resarcirte te devuelve una.

Podríamos fácilmente realizar un ejercicio de cambio de escala geográfica y encontrar territorios expoliados y esquilmados dentro de cada Estado, dentro de cada comunidad autónoma, de cada provincia, de cada ayuntamiento, de cada barrio,… En cada una de estas escalas hay centros de poder (esquilmadores) y periferias (esquilmados). De Europa a África/América/Asia, de Madrid a España, de Barcelona a Cataluña, de Bilbao a Euskadi, de la calle Velázquez a Carabanchel, del centro de cualquier ciudad a sus barrios obreros,... Fíjense en que los esquilmadores son siempre mucho menores en número y ocupan menos superficie, ¿curioso verdad? Lo habitual es que los esquilmadores mantengan alejados a sus esquilmados, no gusta ver las consecuencias de sus actos, es incómodo. Respecto al eje norte-sur global en su momento se encontró una solución estética: maquillar el expolio mediante una buena campaña publicitaria de rostros pálidos nutridos ayudando a cuerpos indígenas hambrientos. Llegados a este punto, la historia nos cuenta que toda comunidad humana entra en declive y decadencia cuando la estética eclipsa la ética. Y así andamos, cegados por el eclipse.

Ahora que vemos las consecuencias del aumento de temperatura media global, influido por el consumo desmedido del norte global y su inasumible volumen de emisiones, nos damos cuenta que necesitamos reducir esta inercia del crecimiento infinito. Si ya hemos sobrepasado 7 de los 9 límites biofísicos del planeta parece razonable pensar en ralentizar. Y ralentizar implica decrecer. Decrecimiento. ¿Que no les gusta la palabra? ¿Que suena a empobrecimiento? Ya, lo sé. Suena contraproducente hablar de decrecimiento cuando nuestras sociedades están acostumbradas a relacionar compulsivamente crecimiento con desarrollo y desarrollo con crecimiento. Bueno, cada era tiene sus propios mitos. Luego el tiempo y la física se encargan de desmontarlos.

Cuando escucho a alguien comparar decrecimiento con empobrecimiento lo primero que pienso es que ya nos estamos empobreciendo hace tiempo. Desde la misma entrada en el € empezamos a empobrecernos, de un día a otro nuestro dinero valía menos. Desde entonces no hemos parado de ver cómo cubrir las necesidades básicas cuesta cada vez más tiempo de trabajo y cómo cada € ganado a base de tiempo de trabajo podía comprar cada vez menos productos y servicios básicos. Y así hemos ido tirando hasta llegar al punto de encontrarnos en una realidad socioeconómica absolutamente absurda llena de trabajadores pobres. Trabajadores que no se pueden permitir alquilar un pisito de 30m2 y alimentarse adecuadamente a la vez. Estamos volviendo a los años 50 del siglo XX español en los que la clase media era prácticamente inexistente, 15% de población acomodada o hiperacomodada y 85% de la población viviendo con lo justo o menos. Me resulta curioso cómo hay personas que cada vez que se habla de decrecimiento entienden que la propuesta es volver a las cavernas. Pregúntenle a las personas mayores de nuestra sociedad, que aún hay muchas y con muy buena memoria, lo que era vivir en la España de los años 50-60. A ver si eso no es volver a las cavernas.

Pero, entonces, ¿hay diferencia entre decrecimiento y empobrecimiento? La respuesta es más sencilla de lo que parece. Empobrecimiento es volver a la España de los años 50 del siglo XX: 15% de población acomodada y 85% de población pobre. Decrecimiento es generar un modelo socioeconómico que equilibre la situación anterior (a nivel de consumo energético lo sitúo en los años 70-80) y se encargue de cubrir primero las necesidades básicas de toda la población: agua, alimentación nutritiva, vivienda digna que resguarde del frío y del calor, sanidad universal, educación pública y, a poder ser, por pedir que no quede, posibilidades de desarrollo en base a méritos y no a apellidos o rentas heredadas. ¿Demasiado idealismo? Probablemente. Pero claro, para llegar lejos hay que visualizar el horizonte, no la vuelta de la esquina.

El decrecimiento llega a estas conclusiones porque muchas corrientes de pensamiento (dentro de las ciencias sociológicas, económicas, antropológicas, biológicas y tantas otras) han concluido que una sociedad equilibrada y cohesionada está mucho más capacitada para afrontar eventos potencialmente peligrosos. ¿Será perfecta dicha sociedad? No. ¿Es necesario implementarla? Más que nunca. Si no paramos de crecer indefinidamente en un planeta finito terminaremos luchando a muerte por los recursos vitales necesarios pues no habrá para todos. Si seguimos ayudando a desequilibrar los patrones climáticos y seguimos ayudando a desequilibrar las sociedades humanas vamos a dejar un escenario horroroso a las generaciones venideras. Y si piensa usted que ya es muy mayor y que no le va a durar la vida para ver tal horror, abra los ojos, ya está sucediendo. Dejemos de mirar para otro lado. La infancia no se merece el mundo que le estamos dejando.

El decrecimiento trata sobre reducir nuestros excesos.

Gracias por su atención.