La sequía no termina cuando vuelve la lluvia: sus efectos pueden durar más de un año
Cuando después de meses de sequía regresan las lluvias, puede parecer que el problema ha terminado. El suelo recupera parte del agua perdida, los ríos vuelven a subir de nivel y la vegetación comienza lentamente a recuperarse. Pero no es oro todo lo que reluce. Las consecuencias de una sequía pueden mantenerse durante al menos un año después de que haya pasado y contribuir además a intensificar el calentamiento global.
Así lo explica un estudio realizado a escala mundial y publicado en la revista científica Nature Communications, en el que han participado investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF). El trabajo demuestra que recuperar la humedad perdida no compensa inmediatamente los efectos provocados durante los periodos secos.
Los investigadores han detectado una importante diferencia entre lo que ocurre cuando el suelo pierde agua y cuando después la recupera. Cuando se pierde una determinada cantidad de humedad, la temperatura aumenta alrededor de 0,13°C. Sin embargo, si posteriormente el suelo recupera exactamente esa misma cantidad de agua, la temperatura disminuye únicamente 0,06°C, menos de la mitad.
Las plantas necesitan más tiempo para recuperarse
Una de las claves para entender esta diferencia la encuentramos en la vegetación. Las plantas utilizan el agua del suelo y liberan parte de ella hacia la atmósfera mediante la transpiración, un proceso que contribuye a enfriar el entorno. En cambio, durante una sequía prolongada pueden sufrir daños en sus tejidos y reducir su capacidad para realizar este proceso.
Por eso, aunque posteriormente vuelva a llover y aumente la humedad disponible en el suelo, las plantas no necesariamente recuperan inmediatamente su funcionamiento anterior. Su capacidad para transpirar y absorber dióxido de carbono puede tardar más tiempo en restablecerse, y por eso, el resultado es que la vegetación refrigera menos y también puede reducir temporalmente su capacidad para actuar como sumidero de CO₂.
El fenómeno tiene además una dimensión global. Los investigadores han encontrado este efecto prolongado de las sequías en más del 60% de la superficie terrestre analizada. Algunas de las regiones donde se muestra más claramente es en Norteamérica, el este de China, África subsahariana y el oeste de la Amazonia.
La vulnerabilidad del Amazonas
Precisamente, la selva amazónica constituye uno de los ejemplos más relevantes por su influencia sobre el clima mundial. “La Amazonia actúa como el aire acondicionado de todo el planeta gracias a la ingente cantidad de agua que transpira a la atmósfera”, explica Josep Peñuelas, investigador del CSIC en el CREAF y participante en el estudio.
Cuando una sequía extrema reduce considerablemente la humedad disponible en el oeste de la Amazonia, los árboles disminuyen esa transpiración. Las consecuencias pueden ir más allá del propio territorio afectado. Según Peñuelas, la selva “no solo deja de enfriar el mundo, sino que frena su función vital como gran sumidero de carbono, acercando el ecosistema a puntos críticos de no retorno”.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo científico examinó datos climáticos y de humedad del suelo correspondientes al periodo comprendido entre 1980 y 2024. Después combinaron esa información con 17 modelos del sistema terrestre, que simulan las interacciones entre la atmósfera, el suelo, la vegetación y otros elementos.
Los científicos analizaron específicamente qué sucede durante el año posterior a una sequía, estudiando variables como la temperatura, la humedad del suelo, la transpiración vegetal y la absorción de carbono. Los resultados muestran que los ecosistemas pueden conservar una especie de memoria de estos episodios extremos, y que el agua puede regresar al suelo mucho antes de que las plantas hayan conseguido recuperarse completamente.
Esta diferencia tiene especial relevancia en un escenario en el que las sequías extremas pueden someter repetidamente a la vegetación a situaciones de estrés. Que vuelva a llover, por tanto, no significa necesariamente que el ecosistema haya regresado inmediatamente al punto en el que se encontraba antes de comenzar la sequía.
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