Blogs Opinión y blogs

Sobre este blog

La portada de mañana
Acceder
Cerdán impulsó la trama contra investigadores de la corrupción socialista
La tensión en la Cuba estrangulada por Trump
Opinión - Las conspiraciones y la sopa de ajo, por Enric González

En la grieta, la luz

0

Nadie sabe con exactitud quién echó la llave por primera vez. Las prohibiciones casi nunca nacen con un estruendo; se instalan despacio, en silencio, como el polvo sobre los muebles de una casa deshabitada, hasta que el mundo asume que la vida siempre fue así: a oscuras y bajo llave. Las verdaderas revoluciones no avisan. No hay alfombras rojas ni cornetas en el instante exacto en que la historia cambia de rumbo. Lo que hay es una persona de carne y hueso que, empujada por un instinto ciego y vital, decide apoyar las manos sobre una puerta cerrada y, sencillamente, empujar.

Ocurrió una mañana de octubre de 1928, cuando una mujer, nacida en una de esas casas donde los destinos femeninos se heredaban intactos y se bordaban en bastidor, decidió romper el guion. Le dio por volar. Aterrizó convertida en la primera aviadora de su país, ante la mirada suspicaz de un aeroclub que la veía como a una intrusa profanando un santuario. La prensa imprimió su hazaña con esa fascinación condescendiente que se reserva para los fenómenos extraños, porque era mucho más fácil aislarla bajo la etiqueta de la rareza que admitir la verdad: bajo ese cielo de lona y madera latía la certeza de que cualquier otra mujer podía sentir el mismo vértigo. Y el vértigo contagió a quienes se desabrocharon el corsé para poder respirar a diez mil pies de altura, cruzando océanos en una inmensa y soberana soledad, abriendo un boquete irreversible en una bóveda que todos juraban inquebrantable y que aseguraban que el cielo era solo un espacio para hombres. 

La conquista de la normalidad se amasó también a ras de suelo, en la penumbra estricta de lo cotidiano, allí donde el ruido de una cucharilla contra la loza era un privilegio custodiado con recelo. Las cafeterías eran feudos prohibidos; a las mujeres se las confinaba a los salones de sus propias casas o a estancias discretas donde su brillantez no incomodara al orden natural de las cosas. Hasta que una mañana cualquiera, una mujer cruzó el umbral de un café del centro sin ir del brazo de nadie. No pidió disculpas, no agachó la cabeza ante el escrutinio de los camareros ni ante el silencio denso que congeló el local, y leyó el periódico hasta agotar la tinta. Por esa minúscula fisura se colaron después millones de palabras y confidencias que ya nunca jamás regresarían a la clandestinidad. Por esa grieta inicial nos colamos millones, a la estela de la mujer que nos abrió el paso de algo tan ridículamente prohibido. 

Esa terca costumbre de no pedir permiso las empujó también a los escenarios más oscuros, allí donde la condición humana muestra sus vísceras. Hubo quienes no esperaron un salvoconducto militar que sabían denegado de antemano, escondiéndose en buques hospital para desembarcar en el infierno de Normandía, pisando la arena ensangrentada y recogiendo heridos bajo el fuego para escribir las crónicas más brutales del siglo. Otras cambiaron la luz artificial de los estudios de moda por el barro helado, fotografiando la atrocidad de los campos de concentración. Reporteras de pulso firme que no bajaron la mirada ante el abismo y que firmaron la memoria colectiva manchándose las manos.

A otras, la historia les exigió un tributo más íntimo y amargo: el borrado de su propia identidad. Escritoras inmensas se vieron obligadas a publicar bajo seudónimos masculinos, asumiendo con lucidez dolorosa que la sociedad solo tomaría en serio su genio si creía que brotaba de un varón. Cada galardón negado por academias de rancio abolengo, cada tribunal que prohibió a una mujer pisar un estrado bajo el pretexto de proteger sus sentimientos, fue ensanchando la herida. Al igual que aquella médica que curó cuerpos camuflada bajo ropas de hombre hasta que la mesa del forense desveló su secreto, o la maestra empeñada en enseñar el abecedario a niñas descalzas en buhardillas que olían a humedad.

Fueron mujeres que se enfrentaron a un mundo diseñado milimétricamente para prohibirles existir. Lo tenían absolutamente todo en contra: la ley, la costumbre, la calle y el púlpito. Cada una en su estilo, con sus propias herramientas, plantaron cara a una época donde respirar con libertad era casi un delito de desacato. Sus gestos, que a veces cabían en una caja de cerillas, albergaban en su interior el estallido de un mundo nuevo. Se parecen a esas flores de papel japonesas que parecen secas e inertes hasta que, al rozar el agua, despliegan lentamente una hermosura voraz. No actuaron buscando el mármol de los héroes, sino impulsadas por la urgencia salvaje de quien se ahoga y necesita el aire. Y eso es precisamente lo que nos abraza y nos interpela hoy: la imagen paciente, terrenal y obstinada de tantas mujeres solas, empujando con las manos desnudas un muro que parecía infinito. Porque fue allí, exactamente en esa grieta minúscula que ellas abrieron a base de pura terquedad, donde todas nosotras encontramos, nuestro rayo de luz.