Imaginar el frescor: ecotopías para un futuro habitable
Cada verano parece confirmar la misma sospecha: que el futuro será una versión más dura del presente. Las olas de calor llegan antes, duran más y aprietan con mayor intensidad. Nos hemos acostumbrado a hablar de sequía, incendios, colapso climático o temperaturas extremas con una normalidad que hace unos pocos años habría resultado impensable. Y, casi sin darnos cuenta, hemos asumido también algo más profundo: que vivir peor forma ya parte del guion.
Ese es, probablemente, uno de los efectos más devastadores de la crisis climática. No solo transforma el territorio, los cuerpos o la economía; también coloniza la imaginación. Las distopías nos han enseñado a poner imágenes al colapso: ciudades abrasadas, escasez, humo, conflicto, vidas cada vez más asfixiadas. Lo que apenas sabemos imaginar, en cambio, es una sociedad que haya aprendido a llegar a tiempo: a enfriar sus calles, a reorganizar sus ritmos, a vivir de otro modo sin que esa posibilidad parezca ingenua. Nos faltan ecotopías.
Esa dificultad importa mucho más de lo que parece porque una sociedad que solo sabe imaginar su empeoramiento lo tiene más difícil para movilizarse y evitarlo. El miedo alerta, pero no basta para orientar; cuando se vuelve permanente, deja de empujar y empieza a paralizar. Si además no somos capaces de concebir soluciones, el ánimo colectivo puede oscilar entre la ansiedad, la evasión y el bloqueo. Cuando la amenaza se percibe como inmensa y no se ve cómo afrontarla, la desesperanza acaba convirtiéndose en inmovilidad o en huida mental frente al propio problema.
El discurso público sobre la transición ecológica puede agravar esta cuestión cuando nos presenta la única posibilidad de actuación como una suma de decisiones privadas: cambiar de coche, sustituir la caldera, instalar placas solares, comprar productos “verdes”. Como si la respuesta al calentamiento global dependiera, sobre todo, del poder adquisitivo de cada cual. Como si el futuro habitable fuese un lujo al que se accede por consumo. Ese relato, además de insuficiente, es profundamente excluyente. Deja a mucha gente fuera y alimenta una mezcla de impotencia, distancia y ecoansiedad.
No se trata, claro, de negar la gravedad de la situación ni de refugiarse en un optimismo vacío; los datos científicos están ahí y sería irresponsable mirar hacia otro lado. Pero una cosa es reconocer el peligro y otra aceptar que no existe más futuro posible que el colapso. La imaginación colectiva no es un adorno: es la capacidad humana que nos ayuda a definir qué consideramos posible, deseable y digno de ser perseguido.
Al fin y al cabo, todo cambio histórico importante empezó siendo una idea: alguien imaginó una ciudad sin esclavitud, alguien imaginó el voto de las mujeres, alguien imaginó que los seres humanos podrían volar. Por supuesto, imaginar no bastó; pero hizo falta. Ninguna transformación colectiva arranca solo con datos; necesita horizonte.
No es un horizonte que nazca de la nada. Se ancla y nutre de experiencias concretas: de ciudades como Medellín o París, que recuperan árboles y sombra; de cooperativas energéticas como Goiener o de comunidades solares como Ekiola; de agriculturas que regeneran el suelo o de edificios que vuelven a pensarse para refrescarse de forma pasiva. Nada de eso pertenece a la ciencia ficción: está ocurriendo ya. No es perfecto. No es tan rápido como nos gustaría, pero está ocurriendo.
Y cuando esas experiencias aparecen, cambia también la forma de contarlas. Empiezan a abrirse paso imaginarios como el hopepunk y el solarpunk, junto con las llamadas ecotopías. Estas no prometen mundos perfectos ni soluciones milagrosas, pero sí se atreven a proyectar hacia el futuro prácticas que ya existen: ciudades pensadas para las personas y no para los coches, energía compartida, tecnologías al servicio de la vida, bienestar medido de otra manera. No hablan de un planeta imposible; amplían el horizonte de lo concebible, de lo que puede llegar a ser.
Eso es importante porque no creo que la transición ecológica dependa solo de normativas, infraestructuras o avances técnicos; depende también de las imágenes que asociamos a una vida buena; de las historias que una sociedad es capaz de contarse sobre sí misma; de lo que aprende a desear.
Una de las tareas políticas y culturales de este tiempo, accesible absolutamente a cualquier ser humano, puede consistir precisamente en eso: en desarrollar la capacidad de imaginar el frescor. No como evasión, sino como proyecto. Imaginar calles con sombra, casas que respiren, ríos recuperados, barrios más amables, energía compartida, ciudades preparadas para cuidar la vida. Si solo sabemos imaginar el colapso, llegaremos a él derrotados de antemano. Imaginar ciudades, barrios y vidas más frescos, más habitables y más justos no es una frivolidad; es una condición para empezar a construirlos.