La indignación requiere compromiso
Ya solamente quedan unas pocas horas para que se cierre la campaña electoral y para que la ciudadanía acuda a depositar su confianza en un proyecto político en forma de voto. Las campañas para las elecciones europeas siempre son algo diferentes y esta no ha sido una excepción. El desconocimiento más o menos generalizado del funcionamiento de la Unión Europea y, sobre todo de las funciones del Parlamento Europeo, convierte a estas elecciones en una cita sin el más mínimo interés para el votante, por lo que hay que aderezar la campaña con temas locales, que despiertan y movilizan de forma más efectiva al electorado.
En estas elecciones europeas me ha tocado estar a pie de calle y la sensación que me transmite la gente es de hartazgo y desconfianza generalizada hacia los partidos políticos en general. Y lo triste es que se mete a todas las formaciones en el mismo saco, tanto a las que siempre han estado ahí desde la llegada de la democracia y que por tanto son responsables directos de la situación en la que nos encontramos, como a los nuevos partidos o a aquellos que nunca han tenido responsabilidades de gobierno importantes. “Todos los políticos son iguales y por eso no voy a votar” es seguramente la frase más escuchada durante estos días. Y en un sistema donde impera el clientelismo y el fenómeno fan, en lugar del análisis crítico de las diferentes propuestas a la hora de apoyar un determinado proyecto político, esto solamente puede significar que, a pesar de la indignación generalizada, todo siga más o menos igual a partir del próximo lunes.
Las políticas de austeridad y recortes inspiradas por la Troika que han impuesto primero los socialistas y después los populares y, en menor medida ya que el margen era mayor, el PNV en Euskadi, están afectando a las capas más desfavorecidas de nuestra sociedad y arrastran a una exclusión creciente de una parte de la misma. Y esto indigna a mucha gente, pero la indignación no se materializa en un compromiso activo por cambiar esta situación apostando por opciones diferentes a las que ya hemos visto fracasar en construir una sociedad justa e igualitaria. Parece que el cambio asusta y produce inacción, por lo que todo sigue igual y la indignación queda relegada a las conversaciones con amigos y familiares y, si acaso, al apoyo a alguna movilización puntual sobre algún tema que nos afecta directamente.
Esta actitud es especialmente preocupante en relación a unas elecciones en las que tanto nos jugamos como sociedad. Las políticas provenientes de Bruselas condicionan de manera determinante el modelo social y económico de todo el espacio europeo y resulta irresponsable desentenderse y dejar las decisiones en manos de otros, de los grandes partidos que sustentan el bipartidismo imperante también en Europa y cuyos objetivos reales son similares debido a los compromisos adquiridos con los poderosos lobbies que rondan por Bruselas. Estos lobbies defienden los intereses de la banca y de las grandes empresas multinacionales que buscan perpetuar hasta donde sea posible un modelo social, económico y medioambientalmente insostenible a medio plazo.
Por eso es el momento de superar la indiferencia y apostar por cambiar las cosas. Es tiempo de analizar con espíritu crítico, no los lemas y los programas de las diferentes formaciones, sino las actuaciones de los partidos y sus representantes en las instituciones. Y ser consecuente a la hora de introducir el voto en la urna el próximo domingo. Es hora de preguntarnos qué Europa queremos dejar a nuestros hijos y actuar en consecuencia. Si queremos seguir por un camino que nos lleva al desastre económico y medioambiental, a una sociedad dual de unos pocos muy ricos y una mayoría pobre y con derechos cada vez más limitados, a una Europa dominada por la extrema derecha xenófoba y autoritaria, en definitiva, al fin de la Europa social y del bienestar, no hay duda: lo mejor es no ir a votar y dejar que otros decidan por uno mismo, como ya lo están haciendo con los resultados que todos podemos ver.