Mujeres, adicciones y violencia: entre el estigma por parte de las instituciones y el consumo para “sobrevivir” tras la agresión
El consumo excesivo de sustancias y la adicción a estas es distinto entre los hombres y las mujeres. Mientras ellos consumen de forma impulsiva y en contextos de riesgo, ellas consumen de forma emocional y relacional y estas adicciones hacen que carguen con un mayor estigma social por su consumo. Sobre todo después de haber sufrido algún tipo de violencias machistas. Por ello, Iragartze Garai Landaluze, psicóloga sanitaria y coordinadora del Centro de Tratamiento Ambulatorio de la Fundación Etorkintza, aborda las adicciones desde una perspectiva de género en el monográfico Mujeres, adicciones y violencias. Un acercamiento al tratamiento de las adicciones con perspectiva de género e interseccionalidad, una de las tres nuevas publicaciones del Máster de Formación Permanente de la Universidad del País Vasco (EHU) Violencias Machistas: Intervención en Red.
“Se observan diferencias de género relevantes en la forma en que estos daños se manifiestan y en las consecuencias que implican. Estas diferencias evidencian la necesidad de abordar las adicciones desde una perspectiva de género, reconociendo que los efectos y las trayectorias del consumo no son iguales para todos, sino que están profundamente condicionados por los roles y expectativas sociales asociados a cada sexo”, reconoce la autora, que explica que en ese sentido, una mujer migrante, pobre y lesbiana no experimenta las mismas condiciones de riesgo ni de acceso a recursos que una mujer blanca, de clase media y heterosexual.
A la hora de analizar la forma de acceder al alcohol o las drogas entre mujeres y hombres, la mirada de género permite ver que las chicas y los chicos, no realizan los ritos iniciáticos de los consumos de determinadas drogas de la misma forma. Las redes sociales juegan ahí un papel fundamental. “Los cuerpos de las niñas son rápidamente sexualizados, no hay más que ver los bikinis con relleno, los push up para niñas y ropa sexy para edades preadolescentes en las tiendas. La exigencia social para estar bellas es abrumadora desde edades muy tempranas. En el espacio virtual, los skin care (cuidado facial), get ready with me (prepárate conmigo) o los trucos y consejos de maquillaje arrasan entre las niñas de 12 y 14 años en las redes sociales, que normalizan conductas adultas y sexualizadas desde muy temprana edad. Si no hay conciencia de límite y relación saludable con ello, se aprende de manera inmediata, valores e ideas que antes de la era de internet, era muy difícil que llegaran y menos, de una forma tan rápida y descontrolada. En general, la población menor está expuesta a una especie de abrumadora realidad donde la información llega a digerirse como la comida basura y los precocinados, rápido y de mala calidad. La información se recibe fragmentada y se traga sin descanso un montón de contenido poco valioso y ni siquiera contrastado, de forma habitual”, detalla Garai, quien destaca que Internet, para muchos jóvenes “se está convirtiendo en una especie de Burguer King de contenidos digitales que no nutren, sino que más bien obstaculizan el desarrollo correspondiente. y frenan la capacidad de reflexión”.
Cuando una mujer consume de forma abusiva recibe una sanción social desde el momento en que esto se percibe, lo que hace que se esmere en ocultarlo
En este contexto, ¿cómo surge el abuso de las sustancias en mujeres? Según investiga la autora, el abuso en ellas puede surgir como una respuesta al malestar, la sobrecarga emocional o la violencia. “A menudo se trata de consumos solitarios, invisibles, en contextos de culpa o vergüenza. Las mujeres suelen tender a tapar el abuso de sustancias porque en ellas se lee de una forma diferente. Cuando una mujer abusa recibe una sanción social desde el momento en que esto se percibe, lo que hace que se esmere en ocultarlo. Las mujeres tienen cuidado de salir a la calle solas o consumir sin control y abusar porque esto les expone directamente a poder recibir violencia de todo tipo. En primer lugar, a ser percibidas como alguien no deseable, lo que atenta directamente contra el primer mandato femenino de la belleza, siempre estar guapas y arregladas. En segundo lugar, porque una mujer bajo los efectos de las drogas se encuentra en peligro de ser agredida sexualmente porque este comportamiento se lee como algo descuidado en ella”, recoge el monográfico.
Cuando una mujer consume, la sociedad tiende a interpretar ese acto como una “falta de autocontrol, de responsabilidad o de decoro”. “En una agresión sexual, se considera que «ella se lo ha buscado» o que «no cuidó de sí misma». Esta mirada culpabilizadora convierte el consumo en un argumento para justificar o minimizar las agresiones sexuales. En cambio, un hombre bajo los mismos efectos raramente es responsabilizado de la violencia que pueda sufrir o generar, pudiendo llegar a ser incluso atenuante el ir bajo los efectos de sustancias al cometer actos delictivos. A los hombres se les permite o se les justifica el exceso mientras que a las mujeres se les penaliza y se las estigmatiza por salirse del mandato del autocontrol y del cuidado”, lamenta.
Otra de las cuestiones que cambia dependiendo de si se aplica o no una mirada feminista a la hora de analizar las adicciones es la dependencia, ya que, según explica Garai, “adquiere significados diferentes según el género, la clase social, la edad o la posición cultural”.“ En las mujeres, la dependencia suele estar atravesada por historias de violencias, pérdidas, sobrecargas emocionales o desigualdades acumuladas y sobre todo trauma, mucho trauma. No siempre se trata de una búsqueda de placer, sino más bien de alivio o de escape. Muchas mujeres consumen para soportar, para aguantar, para seguir funcionando. La sociedad, sin embargo, tiende a interpretar esa dependencia como una doble falta, falta de control personal y falta de cumplimiento del rol de género (cuidadora, madre, pareja, hija responsable)”, asegura.
Además, en su análisis determina que biológicamente, las mujeres pueden desarrollar adicción más rápidamente que los hombres incluso con niveles similares de consumo, algo que ha denominado como “efecto telescopio”. “La forma en que metabolizan ciertas sustancias, junto con factores hormonales, puede intensificar los efectos tanto agradables como perjudiciales, aumentando el riesgo de dependencia y daño físico. Socialmente, la mujer enfrenta un doble desafío: la adicción y el estigma. En muchos contextos se juzga con mayor dureza a una mujer que presenta problemas de consumo, particularmente si es madre. Esto puede llevar a ocultar la situación, retrasar la búsqueda de ayuda o asumir la carga en silencio por miedo a ser criticada, discriminada o separada de sus hijos”, señala.
Los mismos síntomas que, en los hombres, suelen abordarse mediante recomendaciones de ejercicio físico o descanso, en las mujeres reciben una respuesta predominantemente farmacológica
Existen diferentes tipos de adicciones, ya sea a sustancias como drogas o alcohol, como a no sustancias, sexo, compras, internet, juego o trabajo. En este caso Garai, aunque de forma general aborda todos los tipos, se centra específicamente en el consumo de alcohol, drogas y psicofármacos. Sobre estos últimos, considera que “en Europa se observa una clara tendencia hacia la medicalización del malestar femenino”. “Los mismos síntomas que, en los hombres, suelen abordarse mediante recomendaciones de ejercicio físico, descanso o actividades recreativas, en las mujeres reciben una respuesta predominantemente farmacológica. A ellas se les diagnostica con mayor frecuencia trastornos como la depresión o la ansiedad, y suelen ser medicadas de manera rápida, sin una exploración profunda de las causas sociales, emocionales o estructurales que generan su malestar y en muchos casos estos diagnósticos se realizan directamente desde atención primaria, sin derivación a un tratamiento especializado y sin una evaluación clínica profunda”, detalla.
En el monográfico Garai evalúa las razones y las consecuencias del consumo en mujeres embarazadas y del papel que juegan las adicciones en la vida de las madres y parejas de hombres drogodependientes. En el caso de las embarazadas, la experta inssite en que desde una perspectiva de género, es fundamental aclarar que las mujeres embarazadas con trastornos por consumo de sustancias suelen enfrentar una fuerte estigmatización social y sanitaria, lo que en muchos casos les aleja de los servicios de salud o les expone a intervenciones coercitivas y punitivas. “El miedo a perder la custodia del bebé o a ser juzgadas por su consumo actúa como una barrera significativa para buscar ayuda durante el embarazo. Por ello, la atención a las mujeres embarazadas drogodependientes requiere de un enfoque integral, interdisciplinar y libre de juicios morales. Es necesario ofrecer acompañamiento desde la atención primaria y los servicios de salud mental y adicciones, con especial atención a la prevención del consumo durante el embarazo, la detección temprana del síndrome de abstinencia neonatal y el apoyo tanto al recién nacido como a la madre en el vínculo afectivo posnatal. Incorporar la perspectiva de género en la atención de estos casos implica reconocer las condiciones estructurales pobreza, exclusión, violencia, falta de redes de apoyo que atraviesan la vida de muchas de estas mujeres, y diseñar respuestas que prioricen el cuidado, la salud y la no criminalización”, apunta.
Según desarrolla en el monográfico, Garai determina que no se puede obviar que un alto porcentaje de mujeres drogodependientes ha sufrido experiencias de trauma como abusos sexuales o agresiones, abandono o negligencia. Lo que hace que estén expuestas a sufrir estrés postraumático e incluso desarrollar trastornos mentales fruto del trauma. “Si tomamos como ejemplo la vida de una mujer en situación de calle, suele estar marcada por una cadena de violencias que se acumula hasta convertirse en una maraña difícil de romper. Para muchas, la calle no fue un destino elegido, sino la última etapa de un camino atravesado por el abandono, la pobreza y, con frecuencia, la violencia. Antes de llegar allí, muchas ya habían vivido agresiones físicas, psicológicas o sexuales, situaciones que dejan cicatrices profundas y que condicionan la forma en que sobreviven. En ese contexto, el consumo de drogas aparece a menudo como una herramienta de resistencia más que como un vicio. Para algunas mujeres, las sustancias se convierten en un mecanismo para calmar la ansiedad, dormir en medio del miedo, soportar el frío o, simplemente, desconectar del dolor. Con el tiempo, esa forma de alivio puede transformarse en dependencia, atrapándolas en un ciclo que se alimenta de sus propias carencias”, aclara.
Las mujeres que consumen sustancias se enfrentan a un trato paternalista y moralizador. Sus decisiones son cuestionadas y su capacidad para participar activamente en su propio proceso de salud es subestimada
Otro de los perfiles más vulnerables en relación con las adicciones, según destaca ,son las mujeres migrantes. “Esto ocurre debido a la confluencia de múltiples factores de riesgo relacionados con la migración, el género y la exclusión social. Los procesos migratorios implican con frecuencia duelos múltiples por la tierra, la lengua, la familia, la cultura, el estatus social o las redes de apoyo que pueden generar un profundo malestar emocional. En este contexto, el consumo de sustancias puede aparecer como una forma de aliviar la ansiedad, la soledad o el dolor derivados de la adaptación a un entorno nuevo y muchas veces hostil”, indica.
Además del estigma social y de la violencia machista o intrafamiliar que muchas de estas mujeres han llegado a sufrir a lo largo de su vida, una vez detectan el problema, se suelen enfrentar a violencia institucional, policial y hasta jurídica. “Las mujeres que consumen sustancias se enfrentan a un trato paternalista y moralizador. Sus decisiones son cuestionadas y su capacidad para participar activamente en su propio proceso de salud es subestimada. Actitudes como la infantilización, la culpabilización o el trato despectivo provocan que muchas de ellas eviten volver a los servicios sanitarios, retrasando diagnósticos y aumentando riesgos para su salud. También se observa violencia atencional cuando se vulnera su derecho a la confidencialidad, compartiendo información sensible con otras instituciones sin un verdadero consentimiento informado, o cuando se condiciona la atención sanitaria a la abstinencia, negando cuidados necesarios bajo la idea de que 'primero debe dejar las drogas'. Esta lógica de 'merecimiento' niega el enfoque de reducción de daños y refuerza la discriminación estructural. Por último, la falta de formación en trauma y perspectiva de género puede llevar a una incorrecta interpretación de las reacciones traumáticas: miedo, llanto, confusión o irritabilidad son catalogados erróneamente como manipulación o 'mala actitud'. Ello produce diagnósticos inadecuados, sobremedicalización o abandono terapéutico”, sostiene la autora.
Por su parte, la violencia policial se basa en acciones erróneas cuando la mujer toma la decisión de interponer una denuncia contra su maltratador. Entre esas acciones erróneas se encuentran “la minimización o desestimación del relato, la negativa a registrar la denuncia o la tendencia a responsabilizar a la mujer por los hechos ocurridos”. “Del mismo modo, dudar sistemáticamente de su testimonio, exigir detalles innecesarios o adoptar un tono incriminatorio configura un trato hostil que genera miedo y refuerza el silencio. Otra forma de violencia institucional ocurre cuando los agentes presionan a la víctima para tomar decisiones que no está preparada para asumir o, por el contrario, desaconsejan denunciar alegando la complejidad del proceso y porque además es consumidora. También son frecuentes la falta de privacidad, la exposición pública de la situación o la ausencia de medidas de protección, aun cuando el riesgo es evidente. En su expresión más grave, pueden aparecer burlas, amenazas o incluso violencia física y sexual por parte de quienes deberían brindar amparo. *Estas prácticas se agravan cuando la víctima es una mujer con consumo problemático de sustancias: el estigma asociado al consumo afecta la credibilidad de su palabra, legitima un trato discriminatorio y condiciona su acceso a la justicia. De este modo, la institución policial puede transformarse en un nuevo escenario de daño, en lugar de actuar como garante de derechos y protección frente a la violencia de género”, lamenta la autora, que en el monográfico ennumera una serie de pautas para que las distintas instituciones sepan atender a estas mujeres, que se basan en explicar, desde el respeto sus derechos, dar credibilidad a la víctima, evitar el paternalismo y, sobre todo, la capacitación continua del personal, ya sea policial como judicial y asistencial.