Noventa años de un rápido golpe de Estado en Vitoria, que fue el “primer Ayuntamiento de la nueva España”
Si Eibar fue la primera ciudad en España donde se izó, el 14 de abril 1931, la bandera roja, amarilla y morada de la II República, Vitoria fue la primera capital conquistada por los sublevados tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, del que ahora se cumplen 90 años. “El primer Ayuntamiento de la nueva España”, en palabras del nuevo gobernador civil, el coronel Cándido Fernández Ichaso, según un acta que conserva el Archivo Municipal. La Falange, el que fuera partido único del franquismo que ahí comenzó, se jactó también de ello en un acto recentísimo en la ciudad, el 12 de octubre de 2025, en el que recuperó buena parte de la simbología de aquellos oscuros años.
No es que Vitoria fuese una avanzadilla de nada. El golpe de Estado iniciado el 17 de julio, ejecutado en la península el 18 de julio y completado el 19 de julio a las 17.00 horas en la Casa Consistorial de la todavía llamada plaza de la República con la designación como alcalde de Rafael Santaolalla triunfó también en la vecina Pamplona. Pero allí no fue necesario el cambio municipal porque se entendió que los anteriores gobernantes eran adecuados para los nuevos tiempos. También Sevilla o las capitales castellanas fueron conquistadas a primera hora, aunque Ramón de Carranza, el nuevo regidor sevillano impuesto por Gonzalo Queipo de Llano tardó varios días en sofocar la respuesta al golpe.
Donostia caería unas pocas semanas después, en septiembre de 1936. Bilbao resistió hasta junio de 1937 y, entre medias, dio tiempo a crear el primer Gobierno autonómico de Euzkadi. Aquellos meses tuvieron un precio muy alto, el de una durísima ofensiva que incluyó bombardeos por docenas y el decisivo apoyo que el bando franquista halló de la Alemania de Adolf Hitler y de la Italia de Benito Mussolini. Vitoria puso la alfombra roja a estas potencias extranjeras, que instalaron aquí sus respectivos estados mayores y fuerzas aéreas.
La clave del éxito de la rápida operación militar en Vitoria estuvo en la figura del teniente coronel Camilo Alonso Vega, que sólo este mismo 2026 ha perdido sus distinciones en Álava. Era el máximo mando militar de la plaza. Muy cercano al 'director' de la operación, su homólogo en Pamplona, Emilo Mola, y amigo personal de Francisco Franco, ya que ambos eran de El Ferrol, apenas tuvo dificultades para suplantar a las legítimas instituciones republicanas. Años después fue ministro de la dictadura.
Además de Santaolalla, hubo otras designaciones. De hecho, Fernández Ichaso no fue el primer gobernador civil. Su puesto era el de presidente de la Diputación de Álava. La primera máxima autoridad del Estado en la provincia fue Germán Gil Yuste, otro que solamente en 2026 ha perdido sus condecoraciones. Pero a los días fue llamado a misiones más elevadas en la sublevación. En el Gobierno militar se mantuvo a Ángel García Benítez, que traicionó a la legalidad.
Contaron los historiadores Javier Ugarte y Antonio Rivera que en la madrugada del 18 al 19 de julio dos ciclistas con instrucciones levantiscas desde Pamplona fueron interceptados por las autoridades y que se dio la orden de arresto del mando militar. Pero nadie la ejecutó. Al amanecer, el gobernador civil, Ramón Navarro Vives, que el día anterior había jurado a los periódicos que eran “falsos de toda falsedad” los rumores de una sublevación en la plaza, se rindió y se fue a Bilbao.
Desde las 7.00 horas Vitoria fue declarada en estado de guerra. Las tropas salieron a la calle, así como también carlistas y algunos menos falangistas. Los conatos de resistencia de la izquierda fueron mínimos, más allá de un intento de huelga para días posteriores que llegaba muy tarde.
Ese día ocurrieron muchas cosas. “Ayer estalló en África un movimiento militar. [...] Llamé por teléfono al Gobierno Civil [...]. Se puso al habla el secretario particular del gobernador, que me dijo que no ocurría nada. Pero en sus palabras noté algo extraño. [...] Es preciso evitar en Vitoria una catástrofe. Creo que la República termina esta noche”, escribió en su diario Tomás Alfaro Fournier, que era el legítimo alcalde en ese momento en sustitución del electo en 1931 Teodoro González de Zárate, que había sido repuesto tras el bienio del derechista Luis Ginés Ostolaza.
Alfaro Fournier era un republicano moderado, del partido IR, el de Manuel Azaña. En sus escritos, recuperados recientemente en un libro, temía en aquella primavera de 1936 tanto una “dictadura fascista” como una “dictadura del proletariado”. La noche del 18 al 19 la pasó en el Gobierno Civil, entonces en el parque de La Florida, y fue testigo directo de la rendición de Navarro Vives.
El diario de Alfaro Fournier coincide con otro escrito localizado en el Archivo de Vitoria: a las 17.00 horas lo depusieron como alcalde. “En uso de las facultades excepcionales de que me hallo poseído, he acordado destituir la actual Corporación Municipal de Vitoria, nombrando alcalde a don Rafael Santaolalla. Disponga lo necesario para que este señor tome posesión a las cinco de la tarde de hoy. En Vitoria, a diez y nueve de julio de mil novecientos treinta y seis. El gobernador militar”, se recibió en el Ayuntamiento.
“Estoy demasiado impresionado para relatar con detalles todos los incidentes. [...] Felizmente no ha habido hechos sangrientos. A las cinco de la tarde me llaman al Ayuntamiento. Entrego la Alcaldía a Rafael Santaolalla, que me lo requiere en nombre de la autoridad militar. ¿Qué ocurre en el resto de España? Hace un día hermoso, rutilante de sol. Miro al cielo azul. Mi vida política ha terminado. Estoy satisfecho. La República ha fracasado. Yo he trabajado honradamente pero ha sido inútil. Menos mal que Vitoria ha sido un oasis en el caos de toda España durante los últimos tiempos. Ahora... la Dictadura. Se ha tirado demasiado la cuerda y ésta se ha roto”, escribió Alfaro Fournier.
Según el historiador Santiago de Pablo, autor de la obra sobre el diario de Alfaro Fournier, hay dos versiones del traspaso de poder. Cita un informe policial que apunta que el alcalde democrático se resistió, pero también que “otras fuentes” apuntan a un cambio más “amigable”. Sea como fuere, fue el primer municipio de España controlado por los golpistas.
Unas horas después, a las cuatro de la madrugada, el alcalde fue arrestado. También lo fueron otros cargos locales, como Teodoro Olarte, diputado general e igualmente republicano. Los encarcelaron en la prisión de la calle de La Paz, ya derribada. “Mis ideales están apagados. Comprendo que el mundo no camina hoy por los senderos en que yo soñaba y que ya nada tengo que hacer”, le contaba a su mujer en una carta desde la cárcel. Alfaro Fournier salvó la vida, a diferencia de otros compañeros, que acabaron fusilados, como González de Zárate u Olarte. Se da la circunstancia de que la familia del último alcalde republicano de Vitoria, los descendientes de Heraclio Fournier, pusieron la fábrica de naipes al servicio de la sublevación. Allí se imprimieron mapas para la Italia fascista, los que se usaban para los bombardeos, o los primeros sellos de Correos con la efigie de Franco.
Santaolalla, que desde el inicio pretendió vender una imagen de normalidad absoluta en Vitoria, se encontró pronto con la falta de suministros básicos. Tuvo que buscar huevos, patatas o pescado en otras zonas afectas a la sublevación porque las comunicaciones ordinarias estaban cortadas.
Empezó también la purga de funcionarios municipales y forales desafectos a la rebelión. El gobernador militar llegó a prohibir que los transistores de hoteles, bares y otros locales sintonizaran emisoras de radio “enemigas”, bajo amenaza de multa de 5.000 pesetas. Una de las primeras medidas fue celebrar el 25 de julio, una fecha muy relevante en Vitoria, con un marcado componente religioso y nacionalista español.
Gil Yuste, de su lado, publicó un escrito en el que señalaba que los verdaderos enemigos de la sublevación no eran los “marxistas”, que estaban “engañados”. Lo eran los “separatistas”, “los que quieren hacer a España pdazos”. “Esos son unos malvados, unos hombres que no merecen tener patria, cuando poseyendo una tan grande reniegan de ella. Ellos están impidiendo que en estos momentos del resurgir de España esta noble tierra vasca, en la que nacieron españoles tan gigantes como Sebastián Elcano, Ignacio de Loyola, Oquendo, Legazpi, Urdaneta y tantos otros [...] vibre” con la creación de una nueva España, expuso.
El 4 de agosto, la fecha que en Vitoria se asocia al inicio de sus fiestas patronales, fue el de constitución formal del nuevo Ayuntamiento, con el nombramiento de los concejales que iban a acompañar a Santaolalla, ya perfectamente asentado en el cargo. Prometió el primer edil, según consta en acta, contribuir a la “salvación” de España, “teniendo siempre presente al glorioso Ejército” y la religión católica. Terminó con una “inquebrantable adhesión” a los golpistas.
Entre otras medidas simbólicas, Santaolalla empezó a cambiar nombres de calles establecidos en el período republicano. Se acabó la Constitución y volvió a ser Fundadora de las Siervas de Jesús, la Magdalena pasó a ser Ramiro de Maeztu, Ali recuperó el nombre de Beato Tomás de Zumárraga, Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, recuperó el nombre de Prado, Pi i Margall pasó a Marqués de Urquijo, García Hernández se convirtió en Rioja nuevamente, Fermín Galán se quedó “como siempre” en San Francisco y Portal del Rey y Sabino Arana se dejó simplemente en Arana.
También se intervino sobre la plaza del Ayuntamiento, tradicional “Plaza Nueva” en contraposición con la “Plaza Vieja”, la de la Virgen Blanca. Fue Plaza de la Constitución, por la de 1812, durante un siglo, de Alfonso XIII después, de la República entre 1931 y 1936 y Santaolalla quiso que fuera Plaza de España. “Nuestra tradicional Plaza Nueva se encuentra en la actualidad sin nombre alguno, debido a la simbólica desaparición del que vino ostentando hasta el día doce del actual [agosto de 1936]. Ha de buscarse un título para nuestra Plaza que sea al mismo tiempo de homenaje a nuestra España tan ultrajada, viva representación de las aspiraciones del verdadero pueblo español”, se planteaba en un escrito hecho llegar al nuevo alcalde, que acabó condecorado por la Italia de Mussolini por sus servicios al fascismo.
Santaolalla siempre se atribuyó como gran mérito haber convencido a Franco, ya como líder de la sublevación y autoproclamado “generalísimo”, de que recuperara como himno la denominada 'Marcha Real' o 'Marcha Granadera', que sigue siendo el actual de España, el que sonará en la final de la Copa del Mundo. Su propuesta fue en noviembre de 1936. En 1937, Santaolalla contaba: “Poco a poco se van restituyendo a la nueva España, que es la antigua y tradicional, sus atributos, costumbres y tradiciones que forman todas ellas y contribuyen al espíritu nacional de la raza Hispana. Nuestro ilustre Caudillo Generalísimo Franco, fiel intérprete como primero de los españoles de las ansias y deseos de sus subordinados, ha devuelto a los españoles la esencia y vida que constituían el alma española. Primeramente acordó el que la Bandera Nacional fuese la gloriosa enseña roja y gualda, la que nuestros generales llevaron en días de gloria y de triunfo y la que fue mortaja de héroes y de santos. Después confirmó como religión nacional a la religión católica, la de todos los españoles. Últimamente ha decretado que el Himno Nacional sea la antigua Marcha Granadera, más conocida vulgarmente por la Marcha Real. Marcha que en días no lejanos rindió honores a los Monarcas y Jefes de Estado de la Tierra y al Rey de los Cielos a su paso por las calles. Cabe el alto honor al Ayuntamiento de Vitoria de haber sido el primero que recabase de sus colegas el apoyo para que fuese declarado por el Generalísimo como himno oficial. Por primera vez los acordes de este himno sonaron en un acto oficial en la plaza de Salamanca al ejercer sus funciones de soberano del Estado el General Franco en la entrada solemne de las cartas credenciales del embajador de la nación amiga de Italia”.
Tras el golpe de Estado, Vitoria se quedó sin periódicos durante unos días. El 18 de julio sí se editaron y 'La Libertad', de línea editorial republicana, ya avisaba de movimientos de tropas en África. Curiosamente, los ejemplares de aquella jornada anunciaban para ese día, sábado como en 2026, el “estreno” de una película llamada 'La Bandera' en el Teatro Príncipe de la calle de San Prudencio, estrenado diez años atrás. Versa sobre extranjeros enrolados como legionarios españoles en el protectorado de Marruecos. Estaba protagonizada por Julien Duvivier y luego fue promocionada, por razones obvias, por la propaganda franquista.
Cuatro días después, el papel volvió a los quioscos. El carlista 'Pensamiento Alavés' prontó celebró los cambios, pero 'La Libertad', todavía a finales de julio, tuvo el valor de publicar un editorial junto al sello de la censura ya imperante en el que defendía la democracia: “Terminamos estas líneas, escritas con nerviosismo y la incertidumbre que nos domina, expresando nuestro más ferviente deseo de que los anhelos de la verdadera democracia española se vean colmados para bien de nuestra Patria. ¡Viva España! ¡Viva la República!”.