El eje literario Extremadura-Córdoba que la historia olvidó: mujeres, tertulias y resistencia poética

La historia oficial de la literatura suele escribirse con nombres masculinos y grandes centros urbanos. Sin embargo, al descorrer las cortinas de la posguerra española, aparece un mapa de complicidades que une la luz de Córdoba con la dehesa extremeña. En este tejido, la conexión con el grupo Cántico no fue solo una afinidad de Manuel Pacheco o Jesús Delgado Valhondo; fue también el fruto de una labor silenciosa y tenaz de figuras femeninas que actuaron como puentes, espejos y estandartes.

Si Badajoz se convirtió en un foco de vanguardia bajo la dictadura, gran parte del mérito recae en Esperanza Segura. Su tertulia, conocida como Los Sabáticos, fue mucho más que una reunión literaria; fue un “ventanal de aire fresco” en un tiempo de balcones cerrados.

En el salón de Esperanza, autores como Manuel Pacheco, Delgado Valhondo y Luis Álvarez Lencero no solo leían a los clásicos, sino que se atrevían con la contracultura de la generación beat, Kerouac, Ginsberg o Burroughs, cuyos libros llegaban a veces por circuitos clandestinos. Segura no solo fomentó la cultura y el progreso, sino que creó el espacio de libertad necesario para que el “panxeísmo” de Pacheco y la “poesía total” de Valhondo pudieran germinar.

Este clima de libertad conectaba de manera natural con el espíritu del grupo Cántico, que desde Córdoba defendía una poesía independiente, sensorial y ajena al oficialismo. La crítica ha señalado que Cántico fue “una isla estética en la España de posguerra”, y ese mismo impulso de resistencia estética encontraba eco en las tertulias extremeñas.

Concha Lagos: El puente cordobés que unió dos mundos

Aunque la conexión estética con Córdoba es evidente, la conexión logística tiene un nombre propio: Concha Lagos. Nacida en Córdoba en 1907, Lagos fue una “agente cultural” y editora pionera que, desde la Gran Vía madrileña, lideró la red literaria Ágora.

A través de su revista Cuadernos de Ágora y su editorial, Lagos estableció un flujo constante de intercambio con Extremadura. Fue ella quien permitió que las voces de la periferia llegaran a los círculos nacionales e internacionales, incluyendo a los poetas exiliados y a las jóvenes autoras que buscaban un lugar en la lírica. Su labor fue el motor que conectó la sensibilidad barroca y luminosa de Cántico con la realidad de los poetas del Guadiana, demostrando que la gestión cultural femenina fue fundamental en la infraestructura de la poesía de posguerra.

Además, Lagos mantuvo relación epistolar y colaboraciones con varios miembros de Cántico, especialmente con Ricardo Molina y Pablo García Baena, lo que refuerza su papel como nexo real entre Córdoba y otros territorios literarios.

De Eladia Morillo-Velarde a Pureza Canelo: La voz propia

La influencia de este eje Córdoba–Extremadura se materializó en poetas de una calidad excepcional. Eladia Morillo-Velarde, nacida en Badajoz en 1935, es el ejemplo perfecto de esta simbiosis. Formada en las tertulias de Esperanza Segura y apadrinada por el “trío” de Badajoz (Pacheco, Lencero y Valhondo), su poesía evolucionó desde un neorromanticismo inicial hacia una espiritualidad sutil y una búsqueda de evasión de la triste realidad. Morillo-Velarde terminaría vinculada al grupo sevillano Ángaro, cerrando así un triángulo geográfico de luz y palabra.

Años más tarde, este camino de excelencia culminaría en figuras como Pureza Canelo, quien en 1970 obtendría el prestigioso Premio Adonáis por Lugar común, consolidando la presencia extremeña en la primera línea de la lírica nacional. El Premio Adonáis, por cierto, había sido un referente también para los poetas de Cántico: la revista Cántico nació en 1947 tras la decepción de no obtener ese mismo galardón, lo que establece un vínculo simbólico y generacional entre ambas tradiciones.

Gévora y el estandarte de Carolina Coronado

Incluso en los proyectos editoriales liderados por hombres, como la revista Gévora (editada por Manuel Monterrey y Luis Álvarez Lencero), la presencia femenina fue fundacional. Los directores eligieron a la romántica Carolina Coronado como su estandarte simbólico, reivindicándola no solo como una referencia del paisaje regional (las riberas del río Gévora), sino como una defensora de la dignidad femenina en una época de marginación sexista.

Bajo este amparo simbólico, la revista dio cabida a numerosas mujeres que enriquecieron la historia literaria de la región, como Amantina Cobos —quien ya había tenido vínculos con la Generación del 27—, Eva Cervantes, Jean Aristeguieta o Manola Pérez y Pérez del Villar.

La presencia de Cobos es especialmente significativa: su relación con poetas del 27 la sitúa en una tradición que Cántico reivindicó explícitamente, reforzando así el puente estético entre Córdoba y Extremadura.

Un legado de agua y cielos

Hoy, el monumento Los Tres Poetas en Badajoz recuerda a Pacheco, Valhondo y Lencero, con versos que hablan del Guadiana como una mujer o un espejo del cielo. Sin embargo, detrás de esas figuras de bronce se ciñe el recuerdo de las mujeres que, como Esperanza Segura o Concha Lagos, permitieron que esos versos no se los llevara el río.

La conexión entre Extremadura y el grupo Cántico no fue solo un asunto de estética y “luz del sur”; fue una red humana de resistencia donde la mujer extremeña dejó de ser solo musa para convertirse en la arquitecta de una Extremadura más universal y libre. Más literaria, más humana.

A ello se suma un último vínculo: la afinidad estética. Tanto Cántico como poetas de Extremadura de posguerra compartieron el gusto por la imagen poderosa, el barroquismo luminoso y la defensa de la libertad poética frente al realismo impuesto. Esa coincidencia no fue casual: formaba parte de un clima común de renovación, una corriente subterránea que unió a Córdoba y Extremadura en una misma apuesta por la belleza y la independencia creadora.