Cuerpos sitiados

Dos meses después del último encuentro, esta narradora vuelve con una certeza incómoda: hay dolores para los que no basta ningún cuento. La historia de Noelia, los relatos antiguos, las guerras de hoy y las violencias que se administran con burocracia y silencio se entrelazan en una reflexión sobre la dignidad, el abandono y la responsabilidad colectiva.

Dos meses son demasiado tiempo en el siglo XXI. Esta vez, por primera vez, creo que me enfrento a un hecho para el que no tengo cuento. Estos días pienso mucho en Noelia. Familia sufriente, desahucio, tutela del Estado. Tres veces agredida sexualmente: por su pareja, por dos chicos en una discoteca, por otros tres cinco días antes de lanzarse desde una quinta planta.

Como mujer que no ha vivido eso, solo puedo intentar imaginar el daño moral, el derrumbe, el sentimiento de fracaso acumulado. Y después, más de un año y medio soportando la presión de quienes llegaban tarde para salvarla. Todas hemos llegado tarde para Noelia. Y no encuentro en la sabiduría ancestral el consuelo que busco, quizá porque las sociedades pequeñas no estaban preparadas para abandonar a nadie de una forma tan sofisticada.

Hay algo obsceno en convertir una decisión dificilísima en una batalla ideológica.

No sé si la tradición oral tiene cuentos sobre la eutanasia. Lo que sí sé es que está llena de relatos sobre cuerpos sitiados. Y me viene a la cabeza La doncella sin manos, índice Aarne‑Thompson‑Uther 706, que aparece por escrito en el siglo XIII, en una versión atribuida a Philippe de Rémi, poeta y trouvère francés.

Contarlo hoy no sería un capricho folclórico. Es más bien poner un espejo delante de nuestra especie. Porque la humanidad no siempre es bonhomía. La especie humana tiene una larguísima experiencia en organizarse contra la dignidad ajena, especialmente contra la dignidad de las mujeres.

En el cuento, el diablo quiere poseer a la hija de un molinero. Como ella usa las manos para rezar, el demonio no puede tocarlas y ordena al padre que se las corte. Y el padre se las corta. Más tarde, tras muchas penurias, la joven termina casada con un rey, que manda fabricar unas manos de plata para que resulte aceptable en la corte.

Siempre me impresiona esa parte. No solo la mutilación, sino la reparación falsa. La plata embellece el daño. Lo hace presentable. Lo integra en el orden social.

Y entonces pienso en las supervivientes del Patronato de Protección a la Mujer, esa institución de control y represión que sobrevivió a la dictadura. Una maquinaria nacida para doblegar mediante la humillación y el hambre, para castigar el deseo, arrebatar la maternidad y destruir la autoestima. Las antiguas internas han denunciado suicidios, torturas y robo de bebés. También ahí hay manos de plata: décadas de silencio, barnices democráticos, homenajes tardíos para una estructura que duró demasiado y que demasiada gente prefirió no mirar.

También ahí había padres, jueces, funcionarias y burócratas convencidos de saber más que las jóvenes a las que encerraban. También ahí había cuerpos sitiados.

Y luego están las guerras. Las de lejos y las de cerca. Las que ocupan la portada y las que apenas merecen una columna. Las que nos llegan convertidas en mapas, cifras, declaraciones institucionales, imágenes borrosas de humo y edificios abiertos como frutas maduras. Y desde la paz y la comodidad de nuestras casas, a salvo, hacemos lo que mejor sabemos hacer: acostumbrarnos.

Quizá lo más siniestro de esta era de la información y las redes sociales no sea solo la velocidad con la que pasamos del horror a la ternura o a la risa. Quizá lo peor sea que hemos aprendido a desayunar con bombardeos, a tomar el autobús mientras una población huye, a compartir un café después de leer que han muerto niños, cooperantes, periodistas, gente que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de la ambición geopolítica de alguien.

También de eso sabe la tradición oral: de quienes parten a la guerra, de quienes esperan, de quienes pierden la casa, el nombre, la infancia, el cuerpo. Aunque cambien las armas, los relatos siguen siendo los mismos: historias sobre el despojo, la huida y la brutal facilidad con que el poder sacrifica vidas ajenas.

Las guerras que se libran con misiles merecen cuentos. Las que se libran con discursos, con burocracias y con crueldades administradas, también.

“No mezcles los cuentos con la política”, me dicen, como si fuera posible hablar del dolor sin hablar del poder que lo organiza. No sé contar de otra manera. Seguimos llamando “controversia” a lo primero y “geopolítica” a lo segundo, como si cambiar el nombre de las violencias las volviera más decentes.

A Noelia le pasó por encima el patriarcado, y también una sociedad que no supo defenderla. Como les pasa cada día a millones de personas en el mundo frente a la violencia de los poderosos, y también de las poderosas, que no hay por qué discriminar. De eso se trata: del poder y de la fragilidad de los cuerpos.

Como narradora oral, no aspiro a la neutralidad. Aspiro a la honestidad. Y hoy hay sufrimientos que no deberían prolongarse, hay guerras que jamás deberían justificarse y hay silencios que empiezan a parecerse demasiado a la complicidad.