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Entrevista

Alberto Lema, Premio Xerais de Novela: “La Transición española dejó intactos los acuerdos económicos del franquismo”

El escritor gallego Alberto Lema, Premio Xerais por la novela 'A boca do río'

Daniel Salgado

Santiago de Compostela —

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Un cortocircuito en el río vertebral de Galicia, el Miño, como símbolo y síntoma de una historia: la desposesión de los de abajo y la impunidad de una dictadura aliada con el capital. La construcción de la presa de Belesar (Chantada, Galicia), promovida por el industrial Barrié de la Maza, inaugurada por Franco en 1963 y en su día una de las más grandes de Europa, sirve al escritor Alberto Lema (Vimianzo, 1975) para trazar una suerte de Novecento gallego en el que pelean capital, trabajo y Estado. Poblada de personajes históricos o inspirados en ellos, A boca do río (en gallego Xerais, 2026, sin traducción al castellano) es un fresco ambicioso y realista sobre los fundamentos violentos del presente y las fuerzas sociales en colisión -Lema no esconde su admiración por las tesis del marxista húngaro Gyorgy Lukács- que le ha valido el principal galardón de narrativa en gallego, el Xerais. “La Transición española dejó intactos los acuerdos económicos del franquismo”, afirma.

La entrevista con elDiario.es transcurrió el 8 de octubre, el día en que murió Xosé Manuel Beiras, el intelectual y dirigente más importante del nacionalismo gallego desde Castelao, cuyos estudios sobre la condición dependiente -en lo económico, en lo político, en lo cultural- de Galicia marcaron a generaciones de militantes de izquierda.

Beiras y sus ensayos de economía política tienen cierta relación con esta novela.

Mucha. De hecho lo mencioné en el discurso de recepción del premio [en el Museo do Mar de Vigo el pasado 10 de octubre]. Por ejemplo, la idea de colonia interior, una interpretación que nos enseñó Beiras y que aún hoy es polémica porque no nos homologa con el resto de las naciones sin Estado del Estado español. En la novela son importantes otras categorías que usó Beiras, como la de extractivismo o una burguesía intermediaria que funciona en esa clave aunque por supuesto no lo manifieste así, sino que lo adorna con un discurso de progreso e industrialización. Pero lo que dicen 70 años de historia es que la supuesta industrialización no sucedió. También la historia política de la resistencia antifascista está ligada con Beiras, aunque en este caso el que organiza la guerrilla es el Partido Comunista.

También es el Partido Comunista el que decreta su final.

Sí, manda recoger, pero hay algunos guerrilleros como éste sobre el que escribo en la novela, O Piloto, que deciden continuar. Lo que lo convierte en una figura que, en otro contexto que no fuese Galicia, sería completamente cinematográfica. Alguien que sobrevive en la guerrilla una burrada de años en Chantada [la Guardia Civil lo asesina en la zona el 10 de marzo de 1965], que tampoco es Camboya.

La imagen de la guerrilla antifascista que despliega A boca do río es diferente de la habitual que, a derecha e izquierda, la retrata casi como un resto de la Guerra Civil, aislada... En su novela, el pueblo apoya y oculta el maquis y le permite sobrevivir 30 años.

O Piloto carece de una verdadera historia. Hay trabajos de Afonso Eiré o de Carlos Reigosa, que están bastante bien, pero está pendiente una investigación más profunda. Mi hipótesis es que contaba con una red de apoyo desde abajo muy importante, porque sino, no tiene explicación que aguante casi 30 años en la zona y con una presencia activa, no pasiva. Hay que tener en cuenta que el 10 de septiembre de 1963 inauguran la presa de Belesar. Era un lugar que fue Franco a inaugurarlo, fue Barrié, toda la plana mayor de la dictadura. O Piloto no estaba en un lugar fuera de foco, estaba en un lugar muy relevante. Lo matan un año y medio después.

Y además actuaba, no era solo supervivencia.

Hacía expropiaciones. De hecho, el día en que lo matan acababa de hacer una expropiación en nombre de la República. Debía ser hasta cierto punto gracioso que 30 años después de la República alguien expropiara en su nombre. Hay una victoria del relato de los vencedores: su figura sí acaba siendo a nivel popular asimilada a la del bandido y su parte política, completamente borrada. Es una absoluta falacia, lideró la Tercera Agrupación Guerrillera de Galicia y tenía un medio de información, El Guerrillero. Más allá de la leyenda, decían que del Tambre hasta el Miño no pasaba nada que él no supiese. Eiré afirma que tenía 2.000 casas en las que poder refugiarse. No creo que fuesen tantas, pero sin duda tenía una red de apoyo.

Los personajes principales del libro se inspiran en el banquero y empresario Barrié de la Maza, en el ministro franquista Laureano López Rodó, en O Piloto. También aparece Carrero Blanco o el portugués Marcelo Caetano, ¿cómo fue el casting?

El elemento que aparece al final es López Rodó [López Font en la novela]. El primero, Belesar, el embalse y el río Miño, ubicado muy cerca de la casa familiar de mi pareja. Fue una visita al lugar la que me empujó a investigar. Inmediatamente tropiezo con la figura de Barrié [Legazpi en la novela] y al poco tiempo con la figura de O Piloto. Ya tenía la dualidad clásica de capital y trabajo, si entendemos que O Piloto representaba los intereses del trabajo -él lo pretendía y creo además que era cierto-, pero necesitaba completar la tríada con el Estado.

Los célebres tecnócratas franquistas.

La operación de construcción de la presa de Belesar la sustentan ellos, que en ese momento ya habían sustituido a Falange, derrotada en la Segunda Guerra Mundial y acabada de defenestrar. Para mi sorpresa, la figura de López Rodó estaba muy ligada a Galicia. Fue catedrático de Derecho Administrativo en Santiago y dejó una escuela con nombres importantes como Meilán Gil [alto cargo en el franquismo, después diputado en el Congreso por UCD]. Tuvo además una importante relación con Marcelo Caetano [heredero político del dictador portugués António de Oliveira Salazar]. Y fue del Opus, claro. Lo ha historiado una alemana, Ana Catharina Hofmann, en Franco. Una modernidad autoritaria. Su figura encaja con ciertas corrientes actuales de pensamiento que creen que se puede prescindir de la democracia, el ideal tecnocrático.

López Rodó le sirve para narrar la metamorfosis de la dictadura.

Los tecnócratas tienen una buena formación, con un círculo de universidades católicas, e importan las tesis de la Escuela de Friburgo, que introducen contra la política económica fracasada de la autarquía. Hay un guion que se asienta y dura más o menos hasta hoy: integración en las redes internacionales del capital, el FMI, la OCDE o el Banco Mundial -que les da los préstamos-; se le otorga un rol principal al turismo y se predica la austeridad monetaria -la moneda es el fetiche de esta escuela; se desinvierte en la empresa pública. También se cuenta con las remesas de los emigrantes. El plan de estabilización que, con una relevante ayuda americana, da lugar al famoso milagro español.

Y el factor Opus Dei.

Por supuesto. Ellos equiparaban la figura de Escrivá de Balaguer a la de Franco, era su personaje providencial, el equivalente religioso del dictador.

¿Qué es lo más complicado de poner a hablar a personajes históricos en una ficción?

En la literatura hay unos cuantos modelos, desde el más clásico, que es Guerra y paz de Tolstoi, en el que habla Napoleón, o Shakespeare, aunque es otro tiempo y otro género, hasta un escritor que no se considera político, Aldous Huxley, que en Contrapunto también maneja tramas políticas. O el propio Bertolt Brecht. Pero en A boca do río quién no habla nunca es Franco, no se le otorga la palabra. Es la única restricción la que me someto. Como nuestro idioma [el gallego] tiene la situación social que tiene, me veo obligada a inventar el lenguaje de nuestra burguesía nacional [en referencia a los Legazpi, inspirados en Barrié de la Maza], porque sabemos que no hablarían en gallego. O Piloto, sin embargo, habla un gallego popular, patrimonial. Y el resto, registros más neutros.

La novela, tal y como ha explicado, se asienta sobre un esqueleto teórico robusto. Hay ecos del mejor Vargas Llosa, o de Rafael Chirbes, pero ¿no temió que la tesis devorase la narración?

Los autores que acaba de citar, tanto Chirbes como Vargas Llosa, son para mí muy importantes. En el caso de Llosa, él hablaba de novela total, que no es un concepto cuantitativo sino cualitativo. El riesgo de A boca do río era que se convirtiese en un ensayo histórico novelado y no sé si lo he evitado. La novela me exigió muchísima documentación y la trasposición literaria de esa documentación a veces quedaba espesa. Hubo mucho trabajo de poda, alguna de sus versiones se me fue de las manos y llegó a tener el doble de páginas que la publicada [que tiene 450]. Pero intenté llevar la acción hacia los personajes en vez de hacia el tema.

Los diálogos tienen un peso determinante.

Al ser una novela en la que los personajes son hasta cierto punto portadores de ideas, de posiciones históricas, es inevitable que parte de la acción sea el diálogo, lo que ellos enuncian. Porque en parte se trata de un combate ideológico, claro.

¿La literatura alcanza territorios que no alcanza la investigación histórica?

Hay un modelo que me ha impresionado mucho, el de Antonio Scurati, el de M. [un ciclo de cinco novelas documentales sobre Mussolini publicado entre 2018 y 2025]. La operación que él realiza es muy arriesgada, porque es de escala 1:1 respecto a la biografía. Lleva el realismo a uno de sus límites inferiores: todo puede ser un documento. Ofusca aquella parte que tiene que ver con la inventiva, con la ficción. Y lo literaturiza con la fuerza e intensidad del lenguaje. Mi novela, desde luego, se permite muchas más licencias. La parte de O Piloto es casi toda inventada, no hay tanta documentación. La parte relacionada con su pasado agrario o con su participación en el pronunciamiento de Ourense [cuando una huelga de trabajadores de la construcción del ferrocarril desemboca en la proclamación de la República gallega en 1931] es completamente inventada.

En todo caso ¿la literatura permite verdades que no permiten otros modos de escritura?

Es una tesis que ya no se lleva, pero yo creo que la poesía, como decían los clásicos, crea más verdad que la historia. Tienes la posibilidad de encarnarla, de cosificarla, y eso tiene una potencia que la historia, que juega con un compromiso de verdad, no tiene. Hay una libertad mayor, una capacidad más fuerte para transportar la realidad a los sueños de quien lee.

A boca do río comparte con su anterior novela, Pazo de Inverno (Galaxia, 2023) -inspirada en su experiencia como concejal nacionalista de izquierdas en la Marea Atlántica de A Coruña- la preocupación por el poder. ¿Qué le atrae de él al escritor Alberto Lema?

Por cómo acabó cristalizando el género por excelencia de la izquierda, el realismo, tendemos a hacer en nuestra literatura algo así como historia social, historia de los de abajo, historia de los perdedores. Eso deja a los vencedores muy cómodos en una situación de silencio. El pacto de silencio que tantas veces denunció [el periodista] Gregorio Morán respecto de la Transición y que tiene que ver con que aquí no se habla de los vencedores. Hubo vencidos pero no hubo vencedores, no sabemos quién ganó ni quién era ni por qué ganó. Yo creo que hay que romper el pacto de silencio respecto a quién ganó y por qué ganó. La superación de lo que fue el socialrealismo está en escribir, desde la izquierda, la historia no solo de los vencidos sino también la historia del otro lado, de los vencedores.

Lo que, de nuevo, enlaza con la escritura de Chirbes.

Efectivamente. Creo que Chirbes es absolutamente magistral como referente de lo que es la lengua de los malos. También me sorprende que hay quien piensa que tenemos más capacidad realista representando a las víctimas que a los opresores. El contrato realista dice que cualquiera puede escribir sobre el señor que no llega a final de mes pero no tanto sobre el banquero que lo echa de su casa.

La suya es sin duda una novela del Novecento. ¿El siglo XX todavía explica el presente?

Completamente. La Transición española dejó intactos los acuerdos económicos del franquismo. Hubo una ley de memoria histórica que afectó a las víctimas y a cuestiones de tipo simbólico, pero nunca se cancelaron los contratos de los embalses, por ejemplo, firmados con una legitimidad imposible. De esto se encarga precisamente el Opus, dar una cobertura jurídica a aquella operación. Pero carecían de legitimidad democrática y eso nunca se tocó. Hoy sigue habiendo una empresa que los explota y sus accionistas, Naturgy, sacan beneficios de una expropiación franquista hecha con mucha violencia. El tiempo no ha transcurrido.

A boca do río difiere de los usos hegemónicos en la literatura actual, por ejemplo en comparación con anteriores premios Xerais. ¿Cómo cree que va a ser recibida la novela?

Hacia los 20 años encontré la teoría de la novela de Lukács y también con su filosofía. Su concepto de totalidad, que no es una suma de partes, sino la relación entre ellas. No es decir todo lo que sucede, sino describir la relación entre sus elementos más importantes, lo que no deja de remitir a Hegel. Esa visión es la que conservo: sigo pensando que existe una sociedad donde hay un Estado, hay un capital, y hay un pueblo que son, esquemáticamente, los protagonistas de esta novela, y que el escritor puede o debe de algún modo plasmar las luchas de su tiempo. Hay variaciones, evidentemente, escribí novelas que fueron un poco más pop y de las que no me siento particularmente orgulloso.

No es la óptica dominante en la narrativa contemporánea.

Me interesa mucho la novela que se escribe en mi tiempo pero no me interesa ser análogo a ella. Sé que no es mi liga y no pasa nada. Hasta cierto punto una de mis preocupaciones teóricas es saber si vivimos en un momento histórico en el que la modernidad puede ser reaccionaria. Lo que decía Jameson sobre la posmodernidad es cierto: la estética dominante es regresiva en el sentido político. Asimilarme a ella no entra dentro de mis propósitos.

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