ENTREVISTA

Deseo, VIH y autodestrucción en tiempos de Grindr con Marcos Augusto: “El amor necesita su dosis de mentira”

Marcos Augusto (Palma) se ríe nervioso antes de empezar la entrevista. “Estoy nervioso de verdad”, admite al teléfono mientras intenta quitar hierro a la situación y pelea con el cordón de una bota que no deja de soltarse mientras camina. Después de años dedicado a la gestión cultural y a la política institucional —fue director general de Promoción y Difusión Cultural del Ayuntamiento de Palma entre 2019 y 2023—, el escritor mallorquín encara ahora otro tipo de exposición, si cabe, todavía mayor: la de publicar su primera novela. 

Hasta el momento había transitado el territorio de la poesía con títulos como Barriga (Cántico, 2020), Suceden tardes (Sloper, 2021) o Palmer (2023), junto al pintor Tomás Pizá, pero Te hice dios (Random House) supone un salto bien distinto: una historia atravesada por el deseo, la enfermedad, la mentira y la autodestrucción que parte de una premisa radical —un joven quiere infectarse de VIH y otro promete contagiárselo— para explorar las formas contemporáneas del amor y de la intimidad queer. 

Augusto presentará la novela en la Fira del Llibre de Palma junto al crítico Nadal Suau el próximo 6 de junio y posteriormente en la Feria del Libro de Madrid, donde ya tiene agendadas diferentes firmas y presentaciones. Lo hará mientras empieza a enfrentarse a algo bien distinto a lo conocido hasta ahora: el lanzamiento de una primera novela que incomoda, atraviesa ciertos consensos sobre el deseo y el amor contemporáneo y que se adentra en algunos de los márgenes menos transitados de la experiencia LGTBI+.

La novela parte de una premisa muy extrema: alguien quiere infectarse de VIH y otra persona promete contagiárselo. Pero da la sensación de que el verdadero tema del libro es otro mucho más profundo: la necesidad de amar incluso cuando eso implica entregarse al deseo de muerte. ¿Era esa la idea?

Sí, totalmente. Lo llamativo puede parecer la historia en su sentido más literal, pero evidentemente hay muchísimas capas. Está la pulsión de muerte, el deseo, la mentira… La idea de la mentira es un elemento que pivota en toda la narración y resulta muy importante.

Para mí, todas las historias consisten en traducir universales a partir de particulares. Entonces, desde su propia singularidad, la novela habla de la autodestrucción, del amor, de qué estamos dispuestos a hacer por amor o hasta qué punto es lícito mentir. Son diferentes líneas que constituyen el núcleo del libro. Sé que lo más llamativo puede ser la historia de los bugchasers -personas que practican el riesgo de buscar activamente contraer una infección de transmisión sexual- u otras prácticas, pero la novela habla efectivamente de otra cosa.

Sé que lo más llamativo puede ser la historia de los bugchasers -personas que practican el riesgo de buscar activamente contraer una infección de transmisión sexual- u otras prácticas, pero la novela habla efectivamente de otra cosa

En la literatura y el cine queer existe, a veces, una necesidad de representar deseos “correctos”, relaciones sanas o identidades muy legibles. Esta novela, en cambio, se sitúa casi en el lugar opuesto. ¿Interesaba incomodar ciertos consensos dentro del propio ámbito LGTBI?

Sí, claro. Dentro de la producción LGTBI ha habido un momento en el que se buscó una visibilidad muy concreta y además en un sentido positivo. Muchas editoriales han hecho un trabajo estupendo publicando narrativa queer con una voluntad de normalización. Pero mi novela entronca más con otra tradición. Está ligada, quizá, a cierta literatura de los años setenta en el sentido de que propone una ruptura. Y eso también tiene una traducción política y activista.

Antes de que la reivindicación principal fuese el matrimonio homosexual, una parte del activismo queer planteaba directamente abolir el matrimonio. Luego esa línea dejó de ser prioritaria y pasó a imponerse una lógica más integradora. Creo que esas dos corrientes —la ruptura y la asimilación— también se pueden leer en la literatura. Existe una narrativa LGTBI más integrada y otra que reivindica espacios propios, marginales o incómodos. Pienso en ciertas películas de John Cameron Mitchell o en El desconocido del lago, que sí hablan específicamente de espacios de la comunidad queer.

Antes de que la reivindicación principal fuese el matrimonio homosexual, una parte del activismo queer planteaba directamente abolir el matrimonio. Luego esa línea dejó de ser prioritaria y pasó a imponerse una lógica más integradora

Pese a dureza la trama, el libro transmite mucha luz y empatía desde sus personajes.

Creo que eso tiene que ver con el lenguaje. Aunque la historia sea dura, la narración tiene una dimensión muy lírica y poética. Hay párrafos donde la tensión lírica es muy intensa y eso suaviza la lectura o, al menos, la desplaza hacia otro lugar emocional. Quien se quede únicamente con el resumen de la trama pensará que se trata de una novela mucho más agresiva o fría de lo que realmente es.

Otro de los espacios importantes del libro son las aplicaciones. Grindr no aparece solo como escenario, sino como una atmósfera emocional muy concreta del presente.

Claro. Las aplicaciones forman parte de esos espacios prototípicos de lo queer contemporáneo. Y además me interesaba escribir una novela sobre el VIH desde el presente. ¿Cómo se escribe hoy una novela sobre el VIH en tiempos de la PrEP, de los indetectables y de la idea de “indetectable es igual a intransmisible”? Eso cambia completamente la narrativa. Con el COVID lo vimos muy claro. Las historias que podían contarse al principio de la pandemia no son las mismas que aparecieron después, cuando llegó la vacuna o cuando empezamos a hablar del COVID persistente. Las narrativas cambian con el contexto histórico y médico.

Las aplicaciones forman parte de esos espacios prototípicos de lo queer contemporáneo

Con el VIH sucede igual. No tiene nada que ver escribir antes de los tratamientos antirretrovirales que hacerlo ahora. Por eso me interesaban autores como Hervé Guibert, Reinaldo Arenas o Pedro Lemebel, que hablan desde contextos históricos muy distintos. En ese sentido, la novela habla de Grindr porque sitúa esas relaciones en el presente.

En la historia conviven constantemente el pensamiento científico y una especie de pensamiento mágico. ¿Cree que cuando se habla del cuerpo o de la enfermedad se hace de una manera menos racionales de lo que se cree?

Sí, completamente. Esa es una de las ideas centrales del libro. El pensamiento científico convive constantemente con rituales, supersticiones o mecanismos emocionales que usamos para intentar controlar aquello que nos desborda. 

Lo vimos también durante la pandemia. Había una necesidad de creer que ciertas conductas o ciertos rituales podían protegernos. Introduzco esa dimensión del pensamiento mágico muy influido por Joan Didion y por su manera de entender cómo las metáforas o el propio lenguaje sirven para intentar sostener el dolor o el duelo. La novela está llena de elementos que remiten a esa idea.

Hay una frase en la sinopsis del libro que llama mucho la atención: “una novela sobre las mentiras sobre las que a veces se construyen las historias de amor”. ¿El amor necesita siempre algún grado de ficción o de autoengaño?

Creo que detrás de eso también hay una reivindicación de la autonomía individual. Tendemos a pensar el amor como una entrega total y absoluta. Incluso el amor romántico más clásico está atravesado por esa idea de disolución en el otro. Y sí, creo que el amor necesita cierta dosis de mentira. La cuestión es qué tipo de mentira estamos dispuestos a aceptar y hasta dónde queremos llegar con ella. Al final, incluso puedes mentirle a alguien para evitar que se haga daño a sí mismo. Ahí aparece una pregunta profundamente moral: si el fin justifica los medios. Es un planteamiento muy maquiavélico.

Tendemos a pensar el amor como una entrega total y absoluta

El propio título, ‘Te hice dios’, parece hablar también de la contemporaneidad y el afán incesante de protagonismos: convertir al otro en una deidad, idealizarlo, necesitar que salve. ¿Qué significa “hacer dios” a alguien hoy?

El título funciona en varios niveles. Por un lado está esa idea literal de convertir al otro en una deidad, de glorificar al ser amado. Pero también me interesaba la figura de Dios como dador de vida y de muerte. En la novela todo pivota constantemente entre la vida y la muerte, y el virus ocupa precisamente ese lugar ambiguo. De alguna forma, “te hice dios” también significa “te di la vida y te di la muerte”.

Más allá de la ficción y como persona del colectivo LGTBI, ¿cómo cree que debería posicionarse hoy el colectivo ante el auge de las extremas derechas?

Creo que el activismo tiene que hacer una reflexión amplia y también preguntarse quién está quedando fuera de determinados discursos. Por ejemplo, cuando hablamos de “indetectable es igual a intransmisible”, es una herramienta importantísima para combatir el estigma. Pero también me preguntaba: ¿qué pasa con quienes no tienen acceso a la medicación? ¿Qué ocurre con quienes siguen siendo transmisibles? En la novela me interesaba precisamente mirar hacia esos márgenes y preguntarme quién queda fuera de los relatos oficiales o más visibles.

En Baleares se está produciendo, además, un conflicto alrededor de la organización del Orgullo en Palma que la organización Ben Amics está criticando al Ayuntamiento. 

Desde luego, me parece terrible. Una de las reivindicaciones de Ben Amics era algo tan simbólico como colgar la bandera LGTBI en el Ayuntamiento de Palma y se les dijo que no. A cambio se propusieron opis repartidos por la ciudad, pero no es lo mismo. La bandera en la fachada del Ayuntamiento tiene un valor institucional y simbólico evidente. Era algo que llevaba haciéndose durante años y que ahora, con un PP influido por Vox, se ha eliminado. Eso demuestra muy poca voluntad política de llegar a acuerdos.