La portada de mañana
Acceder
'Sánchez no está solo y su adversario ya no es Feijóo', por Esther Palomera
Axel Kicillof, gobernador de Buenos Aires: “El modelo de Milei está fracasando”
OPINIÓN | 'Un burka en Almendralejo', por Antonio Maestre

Alana S. Portero revisa y pone luz a 'Mi querida señorita': “Hay más personas intersexuales que pelirrojos”

Javier Zurro

18 de abril de 2026 21:34 h

0

Alana S. Portero era una de esas niñas cinéfilas que desde bien pronto veía películas que no correspondían a su edad. En los años 80, siendo todavía pequeña, vio por primera vez Mi querida señorita, el clásico de Jaime de Armiñán escrito junto a José Luis Borau y que se había convertido en un título de culto a la vez que en un éxito de taquilla, logrando una nominación al Oscar. La historia de Adela, descrita en la sinopsis como “una mujer solterona que no es una mujer normal” escondía dentro algo que nunca terminaba de alumbrarse.

Muchos vieron en ella una película sobre la transexualidad, con un José Luis López Vázquez que interpreta a Adela y que descubre que era un hombre que había sido criado como mujer. En aquellos momentos la palabra intersexualidad casi ni existía. Y el guion de Borau y Armiñán creó una historia milimétricamente pensada para pasar la censura franquista abordando un tema que todavía cuesta creer que fuera aprobado. 

El recuerdo de la escritora de aquel primer visionado fue de desconcierto. “No sabía lo que pasaba, no sabía lo que le pasaba a ese personaje. Ni siquiera pensé que estábamos delante de una historia trans. Yo no lo vi así y vi algo extraño. Luego, hablando con muchas personas, me di cuenta de que casi nadie sabe realmente lo que le pasa al personaje”, dice. Una película “hija de su tiempo” que también califica como “fantástica”.

La volvió a ver cuando tenía algo más de 20 años. Seguía gustándole mucho, pero seguía sin entender lo que le ocurría a Adela. “Podía hacerme alguna idea mejor, pero por mi propio conocimiento, no porque lo entendiese de la película”, añade. Por eso, cuando recibió la llamada de Javier Calvo y Javier Ambrossi para realizar una nueva versión libre que pusiera luz al tema de la intersexualidad nunca mencionada en el filme original dijo que sí. Es su primer guion cinematográfico, y aunque daba vértigo se ha sentido muy acompañada tanto por Calvo y Ambrossi, productores y motor del filme, como por Fernando González Molina, el director que se ha atrevido a tocar uno de esos clásicos conservados en una vitrina de cristales irrompibles.

Entre todos los han roto con Mi querida señorita —ya en cines y el 1 de mayo en Netflix, una mirada queer que pone el foco en esa realidad invisibilizada. “Sobre la intersexualidad hay una especie de política de sugerencias que es extrañísima y que es injusta, además porque hay muchas personas intersexuales. Más que pelirrojas”, dice Alana S. Portero citando a la divulgadora intersexual y escritora Mer Gómez que les ha ayudado en todo este camino que también, para ellos, ha sido de descubrimiento.

Cree que todavía hay “una especie de vergüenza por parte del mundo heterosexual por llamar a las cosas por su nombre”. Por ello, “a la gente intersexual se le aplican casi todas las cosas tremendas que se usan también por miedo al resto del colectivo, como la medicalización forzosa”. “Esa ambigüedad de no llamar a las cosas por su nombre y esa especie de secreto de los cuerpos, de cuerpos que son perfectamente cuerpos, en los que no hay ninguna rareza, fue la idea primigenia. Esta historia es la historia de una persona intersexual y tenemos que hablar sobre la intersexualidad”, explica del origen del proyecto.

Había, por tanto, un ánimo de “precisión” y no tiene miedo a decirlo también incluso “pedagógico y activista”. Por ello han acudido a profesionales y asociaciones intersex para contarles como nunca lo habían hecho. También en eso ha ayudado la presencia de Elisabeth Martínez, persona intersex, como protagonista que ha traído su propia experiencia al papel y la película. 

Ya está bien de contar historias que tienen que ver con el colectivo y hacerlo desde las sugerencias, eso no sirve. Eso no incorpora la narrativa intersexual a la narrativa universal

En tiempos de sutilezas, de elogio de una ambigüedad que hace que las películas sean fácilmente apropiadas por todos, Alana S. Portero recurre a lo contrario, a casi una explicitud de ideas y mensajes que dejan claro el cariño que tiene por lo que está contando. Sabe que eso puede “molestar a un público cinéfilo”, pero lo tenía claro: “Ya está bien de contar historias que tienen que ver con el colectivo y hacerlo desde las sugerencias, eso no sirve. No hace ningún bien. Eso no incorpora la narrativa intersexual a la narrativa universal. Sugerir está muy bien para hablar de otras cosas, pero cuando tienes que hablar de cuerpos a los que les hacen cosas, lo tienes que contar. No puedes sugerir la mutilación genital femenina, no la puedes sugerir, la tienes que contar como es”, dice con contundencia. 

Mi querida señorita de 2026 actúa, entonces, como contrapunto y hasta otro lado del espejo del filme de Armiñán, que “sugería y hablaba de las sombras y de los silencios”. “Eso está muy bien, pero eso no cuenta lo que queremos contar. Como película funciona maravillosamente, pero si hacemos lo mismo en 2026 es hacer un pan con unas hostias. Y además, el efecto hombre con peluca es una cosa terrorífica que ahora mismo no solo no funciona, sino que sería ridículo. En su momento funcionó porque él lo hace maravillosamente, pero ahora sería ridículo. La única manera de contar las cosas es directamente y decir los nombres de las cosas”, añade.

La actualización de Portero no se queda solo en el personaje central, sino en todos los que poblaban la historia original. Isabelita pasa de ser la criada a una masajista; y el cura se reinventa en un párroco homosexual que ejerce, de alguna forma, de mentor y con el que la escritora ahonda en una idea que defiende, y es que la religión y lo espiritual no son patrimonio de nadie (o no deberían serlo). “No puede ser que la espiritualidad sea patrimonio de la gente de derechas o de ultraderecha. Eso no es justo porque no es verdad. Y el problema que tenemos en España con eso es que se confunde el catolicismo con la versión que hubo aquí en España, que es el nacionalcatolicismo, que es una manipulación ideológica del catolicismo”, afirma.

Un nacionalcatolicismo que ejerció “una violencia terrible durante los años de la dictadura”. “Pero también hubo aquí curas rojos, también hubo la teología de la liberación. Fue una cosa que tuvo mucha fuerza. Entonces por qué no imaginar un cura gay orgulloso de serlo, que recuerda su vida perfectamente, que de alguna manera la sigue viviendo y está en paz con Dios y está en paz con su cultura. ¿Y por qué no puede ser eso lo que debería ser un cura para las personas que sean católicas, un guía espiritual que comprende los aspectos más complejos de tu vida? A mí esta cuestión de ceder también la espiritualidad a las personas más reaccionarias del mundo me parece una pérdida injusta y yo, desde luego, se lo voy a combatir siempre. No quiero que me quiten ni la libertad ni la espiritualidad ni la calle ni un montón de cosas”, zanja.

En Mi querida señorita se muestra el Madrid que se convirtió, para muchos miembros del colectivo, en un refugio de libertad. Lo hace en lo que Alana S. Portero define como una “nostalgia política” que pretende demostrar, en un momento en donde Madrid es cada vez más hostil, que una ciudad puede y debe ser otra cosa para sus ciudadanos: “Ya lo intenté con La mala costumbre y creo que no lo dejaré de hacer casi nunca porque ese Madrid existió. Yo no digo que fuese perfecto y había muchos problemas y había nazis por la calle que pegaban palizas a la gente. Pero sí había algo, había una explosión o una necesidad y unas ganas de estar en la calle. El espacio público no estaba tan privatizado, aún era público y eso lo cambiaba todo. Se podía estar en la calle y se podía buscar a tus semejantes en la calle, ocupar tu lugar”. 

Ese Madrid existió. Yo no digo que fuese perfecto. Había muchos problemas y había nazis por la calle que pegaban palizas a la gente. Pero había una explosión y unas ganas de estar en la calle

Una ciudad que “ayudó a mucha gente” y que es opuesta a la actual. Portero entiende “que la narrativa ahora sea extractiva”. “Es el agujero negro que vacía España y donde además la gente ni siquiera puede vivir ya. Eso es cierto. La película es una propuesta de demostrar a los espectadores que ese Madrid podría volver a ser, que podríamos ocupar las calles otra vez, que podríamos vivir nuestras vidas de otra manera”, asevera.

Por supuesto, y sin hacer spoilers, en una revisión queer del clásico no podía tener cabida las narrativas clásicas donde el personaje LGTBI acaba “en tragedia o en soledad”. Alana S. Portero tuvo claro que había que “romper” eso y subraya que esta era una película “sobre el amor”. “Si vamos a hacer otra vez una historia de cliché de alguien que tiene una particularidad física malentendida por el resto del mundo y la vamos a condenar a la soledad, eso ya está contado y no tendría sentido haberlo hecho”.

Todo porque aunque puede que la ficción no cambie el mundo, pero sí que provoca cambios. Quizás muchas personas no conozcan a alguien intersexual, pero después de ver esta nueva versión de Mi querida señorita “ya no la miren con lástima” y entiendan que “la vida es múltiple y maravillosa”. Así lo ha querido Alana S. Portero, que no descarta escribir más guiones, pero que antes se compromete a entregar y publicar pronto su segunda novela.