Formentor: el hotel en el que Franco prohibió las palabras

Martí Gelabert

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Cuando Borges decía que “Mallorca es un lugar parecido a la felicidad” (1926), otro poeta argentino, el millonario Adam Diehl, hacía todo lo posible por adquirir un trocito de esta isla. No debe ser casualidad que ambos, como tantos otros artistas, se enamoraran de sus paisajes, de su silencio, de su mar. Y allí, en la punta septentrional de Mallorca, abrazado por las olas y ofreciendo una pintura distinta en cada atardecer, se alzó lo que sería un refugio de autores –y celebridades– y un elogio a las letras: el hotel Formentor.

Del paraíso de los artistas al desenfreno urbanístico: la evolución turística de Mallorca e Ibiza

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La búsqueda de la felicidad de Diehl empezó con un cuadro de Anglada-Camarassa, titulado Formentor después de la tormenta. Esos colores y esa paz que inundaba la obra eran solo un preludio del sueño que Diehl haría realidad. Poeta y pintor se conocieron en París, donde Diehl viajó, primero, para juntarse con los intelectuales de la época y, segundo, para ejercer de corresponsal de la primera guerra mundial.

Nos encontramos en 1921 y las tierras de Formentor son propiedad de la familia Costa i Llobera desde hace muchos años atrás (1646). Miquel Costa i Llobera, poeta, le había dedicado también algunos versos al paisaje de ese pequeño rincón de Pollença (municipio de Mallorca). En El Pi de Formentor –posteriormente musicado por Maria del Mar Bonet– Llobera alaba el espectáculo de la naturaleza mallorquina, personificada en el pino, el árbol característico de la zona: “¡Mi corazón ama un árbol! Más viejo que el olivo / más poderoso que el roble, más verde que el naranjo, / en sus hojas persiste la eterna primavera, / y la lucha con los vientos que azotan la ribera / como un guerrero gigante”.

Pero Costa i Llobera, que heredó el privilegio de Formentor, se quiso dedicar a la vida eclesiástica. Y es por eso que Diehl, al fin, cumpliría un sueño que no había hecho más que empezar: le compró los terrenos por 520.000 pesetas, solo un año antes de la muerte del mallorquín. Junto a su mujer, Maria Elena Popolicio, Diehl quiso compartir esa ‘felicidad’ con más artistas, y por eso tuvieron la visión de construir un hotel, que se inauguró el 1929. Allí, Diehl invita a sus amigos a pasar semanas, y los artistas se juntan en ese nuevo refugio en la costa de Pollença.

Fruto de este impulso cultural, el 1931 se estrena la Semana de la Sabiduría, un encuentro de intelectuales en el que se debía tratar el difícil encaje entre Catalunya y España, con la participación de Francesc Cambó, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset. El estallido de la Segunda República los hizo borrar a última hora y esa semana prosiguió con otras personalidades, como el conde de Keyserling, Gómez de la Serna o Josep Pla. Pero esta semana no acabó de cuajar, como tampoco la visión de negocio que tenía Deihl. Él lo quiso todo, pero perdió casi todo su dinero. Solo siete años después de la inauguración del hotel, se vio obligado a venderlo todo y retomar su vida en Argentina, ya fuera del mundo de los ricos.

Y durante dos décadas, el hotel vive, pero no es el mismo. Pasa de unos bancos a otros, hasta que el 1953, un grupo de inversores, con Joan Buadas al mando, decide comprarlo. Se da la circunstancia que ese mismo año Diehl muere en Buenos Aires, a más de 10.400 kilómetros del que fuera su sueño.

Cuna de las letras arropada por Cela y prohibida por Franco

La familia Buadas fue la que se encargó de retomar la fama internacional del hotel. Un complejo que muchas personas se han atrevido a tildar de “único” en el mundo. Sea como fuere, durante los años siguientes, las celebridades estaban atraídas por ese lugar donde Borges creyó encontrar la felicidad. John Wayne, Charles Chaplin, Winston Churchill, Audrey Hepburn o, incluso, el Dalai Lama también querían conocer este enclave.

Fue el mayor de los hijos de Joan Buadas, Tomeu, quien conoció a Camilo Jose Cela, que estaba empeñado en recuperar un foro similar al de la Semana de la Sabiduría, pero dedicado a la poesía. El lugar para celebrarse no podía ser otro que el Hotel Formentor. De esta manera, se organizaron las Conversaciones poéticas de Formentor, que fueron también la base del Premio Formentor y del Prix international de Literature, cada uno dotado con 10.000 euros, así como del ‘Coloquio internacional de la novela’, impulsado por Carlos Barral y Jaime Salinas entre 1959 y 1962. El objetivo no era otro que dar difusión a las obras a nivel mundial.

Pero tanta sabiduría junta resultó un problema para el régimen franquista, que tenía claro que eso debía parar. En el documental que dirige Cesc Mulet sobre el hotel se reafirma esa idea: “Había demasiado talento junto para aquella España franquista”. Los premios se siguieron otorgando, pero lejos de Formentor. Así pues, los primeros galardones se hacían realidad el 1961, pero un año más tarde Franco los prohibió, también declarando persona non grata a Giulio Inaudi, otro de sus impulsores. Y es por eso que en los años siguiente se trasladaron a Corfú (Grecia), Salzburgo (Áustria), Valescure (Francia) y Gammarth (Túnez).

De hecho, la creación de estos premios y de las conocidas Conversaciones se produjo para salir de las garras del fascismo y que la literatura no tuviera fronteras. Pero fue en 1967 que se entregó el último galardón y tuvieron que pasar 44 años, hasta el 2011, para recuperarlos.

Aun así, antes hubo más cambios en el hotel. El 1973, una tragedia aérea causó la muerte de Tomeu Buadas y tuvo que ser su hermano, Miquel, quién se hizo cargo de la dirección del hotel. Más tarde, aunque la familia Buadas siguió formando parte del mecenazgo de los premios cuando se impulsaron de nuevo, la propiedad del hotel pasó a otra conocida familia de Mallorca: el grupo Barceló. De las primeras 520.000 pesetas que pago Diehl, el hotel ahora valía 36 millones de euros.

Recuperación de los premios Formentor

Con la idea de que el hotel se volviera a encajar con la cultura, el 2011 se recupera el Prix Formentor. Eso sí, con algunas trabas: el 2008 escritores de renombre y editores que participaron en un encuentro de Formentor, como Mario Muchnik, Malcon Otero Barral, Josep Maria Castellet y Ernesto Ferrara tenían claro que “conseguir la independencia que tenían entonces Camilo José Cela y Carlos Barral sería muy difícil”. “Antes creíamos que podíamos cambiar el mundo con los grandes libros, ahora sabemos que el mundo solo es maleable para algunos y que, como mucho, los libros pueden ayudar a salvarlo y a que sea un poco mejor”, manifestaron en rueda de prensa, desaconsejando la reedición de los premios.

Aún así, el 2011 se acabarían por reeditar con el mecenazgo de las familias Barceló y Buadas. El actual director de la Fundación Formentor, el escritor, editor y periodista Basilio Baltasar, fue una de las personas clave para la reedición de los premios. “Para nosotros fue una sorpresa esa oposición, pero tiramos adelante el proyecto que nació tres años después”, cuenta. 

Samuel Beckett, Jorge Luis Borges o Gisela Elsner fueron algunos de los galardonados en la primera vida que tuvieron los premios. A partir de 2011, autores como Enrique Vila–Matas, Roberto Calasso o Annie Ernaux –tuvieron que pasar 8 años para que lo ganara de nuevo una mujer– han sido otros de los autores que han recibido este honor, en el premio como segunda etapa. Una etapa en la que también se celebraban los Formentor Sunset Classics, donde han pasado artistas de música clásica de la talla de Lang Lang, Maria Joao Pires, Kiri Te Kanawa o Ainhoa Arteta, entre otros. Pero el hotel ha visto, de nuevo, cambiar el devenir de su historia.

Estamos hablando de la venta del hotel por parte del grupo Barceló al fondo de inversión Emin Capital por valor de 165 millones de euros. Con esta venta, el 2020, han surgido polémicas a raíz de su reforma, ya que grupos ecologistas han denunciado la ilegalidad en su demolición y, posteriormente, en su reconstrucción –actualmente sin licencias para levantar de nuevo el edificio–. De este modo, Emin Capital derribaba por completo ese sueño que un día tuvo Diehl, así como el pasado de los Costa y Llobera. Todo reducido a escombros para levantar un hotel de lujo nuevo, impulsado por Four Seasons. Aun así, los premios Formentor se mantuvieron con un nuevo carácter itinerante, pues el hotel ya no estaba. El 2021 fue premiado César Aira en Túnez, mientras que este año lo ha sido Liudmila Ulitskaya en las Islas Canarias.

Solo tres años después de la inauguración del hotel, el gran arquitecto francés del momento que tenía que reformarlo, Le Corbusier, dijo en unas cartas que “todo sería conmovedor si no hubiese tanto burgués haciendo el tonto con su vulgaridad, con su dinero, con su inercia… el problema es irresoluble: hacer un hotel modélico supone atraer una clientela rica. Después, todo se encadena porque el problema es el dinero”. Ahora estará por ver si, finalmente, Emin Capital, de la mano de Four Seasons, podrá poner de nuevo en marcha el hotel y si mantendrá, o no, su esencia.

Cuando Borges decía que “Mallorca es un lugar parecido a la felicidad” (1926), otro poeta argentino, el millonario Adam Diehl, hacía todo lo posible por adquirir un trocito de esta isla. No debe ser casualidad que ambos, como tantos otros artistas, se enamoraran de sus paisajes, de su silencio, de su mar. Y allí, en la punta septentrional de Mallorca, abrazado por las olas y ofreciendo una pintura distinta en cada atardecer, se alzó lo que sería un refugio de autores –y celebridades– y un elogio a las letras: el hotel Formentor.

Del paraíso de los artistas al desenfreno urbanístico: la evolución turística de Mallorca e Ibiza

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La búsqueda de la felicidad de Diehl empezó con un cuadro de Anglada-Camarassa, titulado Formentor después de la tormenta. Esos colores y esa paz que inundaba la obra eran solo un preludio del sueño que Diehl haría realidad. Poeta y pintor se conocieron en París, donde Diehl viajó, primero, para juntarse con los intelectuales de la época y, segundo, para ejercer de corresponsal de la primera guerra mundial.

Nos encontramos en 1921 y las tierras de Formentor son propiedad de la familia Costa i Llobera desde hace muchos años atrás (1646). Miquel Costa i Llobera, poeta, le había dedicado también algunos versos al paisaje de ese pequeño rincón de Pollença (municipio de Mallorca). En El Pi de Formentor –posteriormente musicado por Maria del Mar Bonet– Llobera alaba el espectáculo de la naturaleza mallorquina, personificada en el pino, el árbol característico de la zona: “¡Mi corazón ama un árbol! Más viejo que el olivo / más poderoso que el roble, más verde que el naranjo, / en sus hojas persiste la eterna primavera, / y la lucha con los vientos que azotan la ribera / como un guerrero gigante”.

Pero Costa i Llobera, que heredó el privilegio de Formentor, se quiso dedicar a la vida eclesiástica. Y es por eso que Diehl, al fin, cumpliría un sueño que no había hecho más que empezar: le compró los terrenos por 520.000 pesetas, solo un año antes de la muerte del mallorquín. Junto a su mujer, Maria Elena Popolicio, Diehl quiso compartir esa ‘felicidad’ con más artistas, y por eso tuvieron la visión de construir un hotel, que se inauguró el 1929. Allí, Diehl invita a sus amigos a pasar semanas, y los artistas se juntan en ese nuevo refugio en la costa de Pollença.

Fruto de este impulso cultural, el 1931 se estrena la Semana de la Sabiduría, un encuentro de intelectuales en el que se debía tratar el difícil encaje entre Catalunya y España, con la participación de Francesc Cambó, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset. El estallido de la Segunda República los hizo borrar a última hora y esa semana prosiguió con otras personalidades, como el conde de Keyserling, Gómez de la Serna o Josep Pla. Pero esta semana no acabó de cuajar, como tampoco la visión de negocio que tenía Deihl. Él lo quiso todo, pero perdió casi todo su dinero. Solo siete años después de la inauguración del hotel, se vio obligado a venderlo todo y retomar su vida en Argentina, ya fuera del mundo de los ricos.

Y durante dos décadas, el hotel vive, pero no es el mismo. Pasa de unos bancos a otros, hasta que el 1953, un grupo de inversores, con Joan Buadas al mando, decide comprarlo. Se da la circunstancia que ese mismo año Diehl muere en Buenos Aires, a más de 10.400 kilómetros del que fuera su sueño.

Cuna de las letras arropada por Cela y prohibida por Franco

La familia Buadas fue la que se encargó de retomar la fama internacional del hotel. Un complejo que muchas personas se han atrevido a tildar de “único” en el mundo. Sea como fuere, durante los años siguientes, las celebridades estaban atraídas por ese lugar donde Borges creyó encontrar la felicidad. John Wayne, Charles Chaplin, Winston Churchill, Audrey Hepburn o, incluso, el Dalai Lama también querían conocer este enclave.

Fue el mayor de los hijos de Joan Buadas, Tomeu, quien conoció a Camilo Jose Cela, que estaba empeñado en recuperar un foro similar al de la Semana de la Sabiduría, pero dedicado a la poesía. El lugar para celebrarse no podía ser otro que el Hotel Formentor. De esta manera, se organizaron las Conversaciones poéticas de Formentor, que fueron también la base del Premio Formentor y del Prix international de Literature, cada uno dotado con 10.000 euros, así como del ‘Coloquio internacional de la novela’, impulsado por Carlos Barral y Jaime Salinas entre 1959 y 1962. El objetivo no era otro que dar difusión a las obras a nivel mundial.

Pero tanta sabiduría junta resultó un problema para el régimen franquista, que tenía claro que eso debía parar. En el documental que dirige Cesc Mulet sobre el hotel se reafirma esa idea: “Había demasiado talento junto para aquella España franquista”. Los premios se siguieron otorgando, pero lejos de Formentor. Así pues, los primeros galardones se hacían realidad el 1961, pero un año más tarde Franco los prohibió, también declarando persona non grata a Giulio Inaudi, otro de sus impulsores. Y es por eso que en los años siguiente se trasladaron a Corfú (Grecia), Salzburgo (Áustria), Valescure (Francia) y Gammarth (Túnez).

De hecho, la creación de estos premios y de las conocidas Conversaciones se produjo para salir de las garras del fascismo y que la literatura no tuviera fronteras. Pero fue en 1967 que se entregó el último galardón y tuvieron que pasar 44 años, hasta el 2011, para recuperarlos.

Aun así, antes hubo más cambios en el hotel. El 1973, una tragedia aérea causó la muerte de Tomeu Buadas y tuvo que ser su hermano, Miquel, quién se hizo cargo de la dirección del hotel. Más tarde, aunque la familia Buadas siguió formando parte del mecenazgo de los premios cuando se impulsaron de nuevo, la propiedad del hotel pasó a otra conocida familia de Mallorca: el grupo Barceló. De las primeras 520.000 pesetas que pago Diehl, el hotel ahora valía 36 millones de euros.

Recuperación de los premios Formentor

Con la idea de que el hotel se volviera a encajar con la cultura, el 2011 se recupera el Prix Formentor. Eso sí, con algunas trabas: el 2008 escritores de renombre y editores que participaron en un encuentro de Formentor, como Mario Muchnik, Malcon Otero Barral, Josep Maria Castellet y Ernesto Ferrara tenían claro que “conseguir la independencia que tenían entonces Camilo José Cela y Carlos Barral sería muy difícil”. “Antes creíamos que podíamos cambiar el mundo con los grandes libros, ahora sabemos que el mundo solo es maleable para algunos y que, como mucho, los libros pueden ayudar a salvarlo y a que sea un poco mejor”, manifestaron en rueda de prensa, desaconsejando la reedición de los premios.

Aún así, el 2011 se acabarían por reeditar con el mecenazgo de las familias Barceló y Buadas. El actual director de la Fundación Formentor, el escritor, editor y periodista Basilio Baltasar, fue una de las personas clave para la reedición de los premios. “Para nosotros fue una sorpresa esa oposición, pero tiramos adelante el proyecto que nació tres años después”, cuenta. 

Samuel Beckett, Jorge Luis Borges o Gisela Elsner fueron algunos de los galardonados en la primera vida que tuvieron los premios. A partir de 2011, autores como Enrique Vila–Matas, Roberto Calasso o Annie Ernaux –tuvieron que pasar 8 años para que lo ganara de nuevo una mujer– han sido otros de los autores que han recibido este honor, en el premio como segunda etapa. Una etapa en la que también se celebraban los Formentor Sunset Classics, donde han pasado artistas de música clásica de la talla de Lang Lang, Maria Joao Pires, Kiri Te Kanawa o Ainhoa Arteta, entre otros. Pero el hotel ha visto, de nuevo, cambiar el devenir de su historia.

Estamos hablando de la venta del hotel por parte del grupo Barceló al fondo de inversión Emin Capital por valor de 165 millones de euros. Con esta venta, el 2020, han surgido polémicas a raíz de su reforma, ya que grupos ecologistas han denunciado la ilegalidad en su demolición y, posteriormente, en su reconstrucción –actualmente sin licencias para levantar de nuevo el edificio–. De este modo, Emin Capital derribaba por completo ese sueño que un día tuvo Diehl, así como el pasado de los Costa y Llobera. Todo reducido a escombros para levantar un hotel de lujo nuevo, impulsado por Four Seasons. Aun así, los premios Formentor se mantuvieron con un nuevo carácter itinerante, pues el hotel ya no estaba. El 2021 fue premiado César Aira en Túnez, mientras que este año lo ha sido Liudmila Ulitskaya en las Islas Canarias.

Solo tres años después de la inauguración del hotel, el gran arquitecto francés del momento que tenía que reformarlo, Le Corbusier, dijo en unas cartas que “todo sería conmovedor si no hubiese tanto burgués haciendo el tonto con su vulgaridad, con su dinero, con su inercia… el problema es irresoluble: hacer un hotel modélico supone atraer una clientela rica. Después, todo se encadena porque el problema es el dinero”. Ahora estará por ver si, finalmente, Emin Capital, de la mano de Four Seasons, podrá poner de nuevo en marcha el hotel y si mantendrá, o no, su esencia.

Cuando Borges decía que “Mallorca es un lugar parecido a la felicidad” (1926), otro poeta argentino, el millonario Adam Diehl, hacía todo lo posible por adquirir un trocito de esta isla. No debe ser casualidad que ambos, como tantos otros artistas, se enamoraran de sus paisajes, de su silencio, de su mar. Y allí, en la punta septentrional de Mallorca, abrazado por las olas y ofreciendo una pintura distinta en cada atardecer, se alzó lo que sería un refugio de autores –y celebridades– y un elogio a las letras: el hotel Formentor.

Del paraíso de los artistas al desenfreno urbanístico: la evolución turística de Mallorca e Ibiza

Más

La búsqueda de la felicidad de Diehl empezó con un cuadro de Anglada-Camarassa, titulado Formentor después de la tormenta. Esos colores y esa paz que inundaba la obra eran solo un preludio del sueño que Diehl haría realidad. Poeta y pintor se conocieron en París, donde Diehl viajó, primero, para juntarse con los intelectuales de la época y, segundo, para ejercer de corresponsal de la primera guerra mundial.