Entrevista Profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres (SOAS)
Adam Hanieh, investigador: “La preparación permanente para la guerra deja un mundo atado al petróleo”
Pocos pensadores han hecho tanto en los últimos años por desplazar el centro de gravedad de la economía política crítica hacia el petróleo —y, con él, también hacia Oriente Medio— como Adam Hanieh, profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres (SOAS) y figura de referencia en el cruce entre los estudios sobre el golfo Pérsico, la crítica ecológica y el marxismo contemporáneo. Autor de una trilogía imprescindible sobre la región pérsica —Capitalism and Class in the Gulf Arab States (2011), Lineages of Revolt (2013) y Money, Markets, and Monarchies (2018)—, Hanieh se ha volcado en demostrar que esa zona del mundo es uno de los núcleos productivos y financieros más activos e innovadores del capitalismo global.
Crude Capitalism: Oil, Corporate Power, and the Making of the World Market (Capitalismo del crudo: petróleo, poder empresarial y el nacimiento del mercado global, Verso, 2024) es, en cierto modo, la culminación de su obra, una historia del desarrollo capitalista escrita desde el petróleo. No desde el petróleo como combustible o como botín geopolítico, sino desde el petróleo como sustrato material de una forma específica de vida social, la que ha hecho posible la mecanización de la producción, la aceleración del tiempo de rotación del capital, la urbanización del automóvil, la arquitectura financiera del dólar y, sobre todo, la silenciosa colonización petroquímica de los objetos cotidianos, que vuelve al crudo omnipresente y, al mismo tiempo, invisible.
Hanieh habla con elDiario.es sobre cómo esta narrativa histórica puede arrojar luz sobre un presente, el nuestro, marcado por los límites y posibilidades de la transición ecológica, la guerra contra Irán, el genocidio en Gaza o los dilemas estratégicos del internacionalismo de izquierdas.
Crude Capitalism sitúa el petróleo como la mercancía clave del capitalismo contemporáneo. ¿Por qué?
Desde mediados del siglo XX, el petróleo ha sostenido la producción industrial, ha apuntalado la supremacía militar, ha modelado los patrones de urbanización y de transporte, y ha proporcionado la materia prima para innumerables petroquímicos, plásticos, fertilizantes y bienes manufacturados. El petróleo es, además, central para la arquitectura financiera del capitalismo global. La fijación del precio del crudo en dólares, el reciclaje de los petrodólares a través de los bancos y los mercados financieros internacionales, y el papel de los ingresos petroleros en el sostenimiento tanto de los centros financieros occidentales como de los fondos soberanos del Golfo: todo ello ha vinculado profundamente el petróleo a la configuración de las finanzas modernas.
El argumento central del libro nace de la insatisfacción con cierto modo habitual de hablar del petróleo, una suerte de determinismo de la mercancía, que pretende explicar el aparente poder del petróleo sobre nosotros a partir de las propiedades físicas de la mercancía misma, en lugar de situarlo en las relaciones sociales y en el tipo de sociedad y sistema económico en el que vivimos. Lo que intento hacer en el libro es justamente lo contrario: inscribir el petróleo en nuestro sistema social y comprender de qué modo sus propiedades físicas —la densidad energética, la portabilidad y demás— se enlazan con las dinámicas internas del capitalismo: la tendencia a una acumulación en expansión permanente, la aceleración del tiempo de rotación del capital, de la producción y del consumo, la mecanización, etcétera.
Desde mediados del siglo XX, el petróleo ha sostenido la producción industrial, ha apuntalado la supremacía militar, ha modelado los patrones de urbanización y de transporte y ha proporcionado la materia prima para innumerables productos
Su libro funciona como una elocuente narrativa sobre cómo la hegemonía estadounidense promovió el tránsito del carbón al petróleo, especialmente en Europa Occidental, y cómo el petróleo, a su vez, consolidó la influencia global de EEUU. ¿Cómo llegaron a entrelazarse el petróleo y la hegemonía estadounidense? ¿Qué papel desempeña el militarismo?
Petróleo y hegemonía estadounidense se entrelazaron en torno a la Segunda Guerra Mundial y esa relación cuajó en las décadas de posguerra. Hasta entonces, el carbón había sido el combustible dominante del capitalismo industrial, sobre todo en Europa. Pero el petróleo presentaba una serie de ventajas: era más denso en términos energéticos, más fácil de transportar y especialmente apto para la guerra mecanizada, el poder naval, la aviación y, después, el uso masivo del automóvil. Estados Unidos resultó decisivo en este viraje porque emergió de la guerra como el principal productor mundial de crudo y como la potencia capitalista dominante. Disponía de la capacidad industrial y del alcance militar necesarios para reorganizar el orden de posguerra en torno al petróleo.
Esto sucedió por varias vías. Estados Unidos contribuyó a reconstruir Europa Occidental sobre un modelo de crecimiento basado en el automóvil, el transporte por carretera, la petroquímica y la industria alimentada con petróleo. Al mismo tiempo, las compañías petroleras estadounidenses se expandieron por Oriente Medio, asegurando al capital occidental el acceso a crudo barato en condiciones favorables. La fijación del precio del crudo en dólares y el reciclaje de los ingresos petroleros a través de los mercados financieros estadounidenses ataron entonces los hidrocarburos a la arquitectura más amplia del poder financiero norteamericano, sobre todo a partir de los años setenta, tras la ruptura del vínculo entre el dólar y el oro.
El militarismo atraviesa toda esta historia. El giro hacia el petróleo estuvo impulsado en buena medida por la guerra, porque el crudo se volvió esencial para las nuevas máquinas militares: tanques, aviones, buques de propulsión petrolera... Pero el militarismo también contribuyó a sostener el orden petrolero una vez establecido. Estados Unidos construyó alianzas militares, bases e infraestructuras navales para asegurar los flujos de crudo y proteger las regiones estratégicas, especialmente el golfo. El petróleo quedó así profundamente imbricado con el poder coercitivo necesario para construir y reproducir el dominio global estadounidense.
Pese a la centralidad de EEUU, su relato es, en realidad, global. ¿Cómo influyeron —y desafiaron— la Unión Soviética y los países poscoloniales en el sistema petrolero mundial?
La estructura del sistema petrolero global se conformó bajo presiones, desafíos y alternativas constantes, provenientes tanto del bloque soviético como del mundo poscolonial. La URSS resultaba importante porque se situaba, en parte, fuera del orden petrolero dominado por Occidente. Desarrolló una industria petrolera propia a gran escala, suministró energía a Estados aliados y ofreció un polo alternativo de poder industrial y militar. Esto no derribó el sistema petrolero global, pero sí significó que el control sobre el petróleo estuviese siempre entreverado con las pugnas por la influencia que la Guerra Fría libraba en Europa, Asia, África y Oriente Medio.
El giro hacia el petróleo estuvo impulsado en buena medida por la Segunda Guerra Mundial, porque el crudo se volvió esencial para las nuevas máquinas militares. Pero el militarismo también contribuyó a sostener el orden petrolero una vez establecido
Los países poscoloniales fueron igual de importantes, en particular, los grandes Estados productores de Oriente Medio y América Latina. Tras la descolonización formal de la posguerra, esos Estados plantaron cara al poder extraordinario que las grandes petroleras occidentales habían ejercido durante décadas. La fundación de la OPEP a comienzos de los años 70 y la oleada de nacionalizaciones de los recursos en los 60 y 70 cuestionaron el viejo patrón colonial según el cual las firmas extranjeras controlaban la producción y se apropiaban de la mayor parte de la renta. Estas luchas contribuyeron a desplazar una porción mayor de los ingresos petroleros hacia los Estados productores y les confirieron un mayor peso geopolítico.
Pero aquí también había una contradicción. Estados productores clave, como Arabia Saudí, pudieron nacionalizar sus recursos petroleros, pero al mismo tiempo quedaron incorporados a las estructuras del poder estadounidense a lo largo de los años 70 y 80, sobre todo en el plano financiero. Estados Unidos garantizó la supervivencia de las monarquías del golfo a cambio de la estabilización de los mercados del crudo y de la recirculación continua de los excedentes financieros hacia los mercados estadounidenses. La nacionalización del petróleo, en otras palabras, alteró los términos en que los Estados productores participaban en la economía mundial, pero también ayudó a edificar un orden global que siguió dominado por Estados Unidos.
Dos episodios anclan la historia del petróleo en Oriente Medio a mediados del siglo XX: el golpe de Estado de 1953 contra Mohammad Mosaddeq en Irán y el ascenso y posterior disolución del movimiento 'Todo el petróleo árabe para los árabes' bajo Gamal Abdel Nasser en Egipto.
El golpe contra Mosaddeq supuso un punto de inflexión decisivo, porque demostró que cualquier intento de someter el petróleo a un control nacional pleno podía desatar la intervención imperial directa. La nacionalización por Mosaddeq de la Anglo-Iranian Oil Company representaba un desafío más amplio a las estructuras a través de las cuales las potencias occidentales habían dominado durante mucho tiempo los recursos de la región. El golpe, respaldado por Reino Unido y Estados Unidos, restauró el régimen monárquico y reafirmó la influencia extranjera sobre el sector petrolero iraní. Al hacerlo, instituyó un patrón que resonaría en las décadas siguientes: el petróleo era demasiado central para la economía mundial emergente y para el poder estratégico occidental como para dejarlo en manos de agentes verdaderamente autónomos. Irán solo se hizo con el control efectivo de sus recursos petroleros tras la revolución [islámica] de 1979.
El nacionalismo árabe, especialmente en el Egipto de los años 50 y 60, expresaba la esperanza, compartida por amplios sectores en Oriente Medio, de que el petróleo pudiera movilizarse como instrumento de soberanía, de desarrollo regional y de unidad antiimperialista. Pero ese proyecto chocó con límites políticos y estructurales considerables. La guerra de 1967 entre Israel y los principales Estados árabes constituyó una ruptura profunda: debilitó al nasserismo y asestó un duro golpe al proyecto panarabista en su conjunto, que había buscado poner el petróleo al servicio de una transformación a escala regional. Al mismo tiempo, el centro de gravedad de la economía petrolera se desplazaba hacia las monarquías conservadoras del golfo —con Arabia Saudí a la cabeza—, cuyo creciente peso en la OPEP contribuyó a alejar la política del petróleo de las ambiciones desarrollistas y panárabes de Nasser.
La nacionalización del petróleo, en otras palabras, alteró los términos en que los Estados productores participaban en la economía mundial, pero también ayudó a edificar un orden global que siguió dominado por EEUU
¿Qué papel juega el petróleo en el secuestro de Maduro por EEUU o la guerra contra Irán?
No creo que el secuestro de Maduro tuviera que ver con la captura directa del crudo venezolano, sino más bien con un intento más amplio por parte de Estados Unidos de reafirmar su autoridad en su esfera de influencia tradicional. Esto también se ha vuelto más urgente conforme China ha ampliado su presencia económica en América Latina. La presión sobre Venezuela busca, por tanto, demostrar que Washington sigue fijando los límites de lo política y económicamente posible en la región.
Irán se sitúa en el filo más afilado de este proceso. La guerra está vinculada al intento de restaurar la primacía estadounidense en Oriente Medio a través de Israel, impulsar la normalización entre Israel y las monarquías del golfo y consolidar un bloque regional alineado con el poder de EEUU. Irán obstaculiza ese proyecto. Y se ubica además en un espacio regional en el que China se ha convertido en el principal comprador del crudo del golfo y en una presencia diplomática y económica creciente, pese a que los excedentes financieros del golfo siguen profundamente enlazados con los mercados estadounidenses y con el sistema financiero centrado en el dólar.
¿Cómo reconfiguran estos nuevos conflictos la demanda global de combustibles fósiles?
El efecto inmediato de la guerra sobre la demanda de combustibles fósiles ha sido contradictorio. A corto plazo, los precios más altos, las disrupciones del transporte marítimo y la desaceleración de la economía mundial han deprimido el consumo. Pero el efecto político más amplio de la guerra apunta en sentido contrario.
Conflictos como estos refuerzan la centralidad estratégica de los combustibles fósiles, porque aceleran el rearme y empujan a los Estados a anteponer la seguridad energética a los objetivos climáticos
Conflictos como estos refuerzan la centralidad estratégica de los combustibles fósiles, porque aceleran el rearme y empujan a los Estados a anteponer la seguridad energética a los objetivos climáticos. El gasto militar global ya había alcanzado los 2.887 billones de dólares en 2025 —el undécimo aumento anual consecutivo— y esta guerra está intensificando esa tendencia, sobre todo en Europa, Oriente Medio y Asia. Los ejércitos modernos son instituciones extraordinariamente intensivas en el uso del petróleo y un mundo organizado en torno a la preparación permanente para la guerra es también un mundo más firmemente atado a los hidrocarburos.
Escribe que es falsa “la imagen popular de las grandes petroleras como dinosaurios arrastrados a regañadientes hacia el inevitable final de la era fósil” y que estas empresas “están desempeñando un papel protagónico en la determinación de las opciones energéticas futuras”. ¿De qué modos están configurando ese futuro?
Lo que quería cuestionar con esa frase es la idea reconfortante de que las petroleras se limitan a ir por detrás de un viraje energético inevitable. En realidad, las petroleras están configurando activamente el aspecto que adopta esa supuesta transición. Una de las vías es orientar la inversión hacia formas de energía que preserven su poder existente. El ejemplo más claro es el gas, en particular el GNL (Gas Natural Licuado). La Agencia Internacional de la Energía señaló a finales de 2025 que las decisiones finales de inversión en nuevos proyectos de GNL se han disparado, mientras que grandes compañías como Shell o TotalEnergies siguen presentando el GNL como una línea de negocio central en términos de crecimiento. Dicho de otro modo, el futuro que se está construyendo no desplaza los combustibles fósiles, los prolonga.
Las petroleras también están moldeando el futuro mediante un control selectivo sobre los términos que toma el proceso de descarbonización. En lugar de aceptar un repliegue rápido del petróleo y el gas, las grandes firmas se han concentrado en falsas soluciones: captura de carbono, hidrógeno vinculado al gas natural, biocombustibles, compensaciones y negocios eléctricos que conviven con la expansión continua de los hidrocarburos.
Cuando uno se detiene un instante, mira a su alrededor y advierte hasta qué punto el petróleo es ubicuo. Es una paradoja: el petróleo está en todas partes, pero no podemos verlo
Un último elemento es político. Las petroleras contribuyen a definir el horizonte de lo que los gobiernos consideran realista. Hacen lobby, se asocian con los Estados y atan a las economías a sistemas infraestructurales de larga vida útil basados en los combustibles fósiles. Una dimensión muy importante en este punto es el papel de Estados ricos en petróleo no occidentales, como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, que están desempeñando un papel destacado en la dirección de la política climática actual. Lo que distingue a estos Estados es que tienen un asiento fijo en la mesa donde se elabora la política climática.
El libro otorga un peso poco habitual a la petroquímica, a la omnipresencia —y relevancia— de plásticos, cauchos, pinturas o fertilizantes, una dimensión a menudo desatendida de la supremacía del petróleo.
La transición hacia un mundo sintético comenzó a mediados del siglo XX. Y supuso que productos naturales como la madera, el vidrio, el caucho natural o los fertilizantes se vieran desplazados sistemáticamente por derivados del petróleo: plásticos, fibras sintéticas, fertilizantes sintéticos y otros productos químicos de base petrolera. Esto hizo posible una expansión enorme de la cantidad y la diversidad de mercancías que podían producirse y consumirse, abarató la manufactura y redujo los costes laborales y aceleró el tiempo de rotación de la circulación del capital. Por supuesto, todo ello vino acompañado de consecuencias ecológicas desastrosas.
Ese momento fue fundamental para la consolidación del petróleo como principal combustible fósil del mundo, porque permitió que el crudo se convirtiera en el sustrato material de prácticamente todas las mercancías que nos rodean. Cuando uno se detiene un instante, mira a su alrededor y piensa de dónde proviene todo eso, advierte hasta qué punto el petróleo (y, cada vez más, el gas fósil) es ubicuo. Ha tejido los combustibles fósiles en nuestra vida cotidiana, pero de manera invisible. Es una paradoja: el petróleo está en todas partes, pero no podemos verlo.
Esto obliga a desplazar la conversación sobre el petróleo y sobre el origen de su aparente poder en una dirección distinta. Y también ayuda a pensar el problema de los plásticos de otro modo. La narrativa dominante sobre los plásticos sostiene que el problema radica en los residuos tóxicos y en la necesidad de mejorar el reciclaje. Es evidente que los residuos plásticos son un asunto enormemente importante, pero, cuando situamos la emergencia de la petroquímica en el cuadro más amplio de lo que aporta al capitalismo, el problema resulta ser mucho mayor. Esto ayuda asimismo a explicar por qué la demanda de petroquímicos y plásticos crece tan deprisa. Las estimaciones indican que el consumo de plásticos se triplicará para 2060.
Es evidente que los residuos plásticos son un asunto enormemente importante, pero, cuando situamos la emergencia de la petroquímica en el cuadro más amplio de lo que aporta al capitalismo, el problema resulta ser mucho mayor
A la luz del giro autoritario en EEUU y en tantos otros lugares del mundo, ¿se parecerá nuestro futuro a la situación actual de los países del golfo, con esa fusión entre sistema dictatorial, riqueza familiar y dependencia fósil? Trump no oculta su fascinación por el modelo saudí.
Hay similitudes, pero yo sería cauto con cualquier afirmación simple del tipo “Estados Unidos se está convirtiendo en Arabia Saudí”. Las monarquías del golfo descansan sobre una estructura social muy específica, con poblaciones de ciudadanos relativamente reducidas, una fuerte dependencia de la mano de obra no ciudadana temporal y sistemas políticos organizados en torno a la monarquía y a la distribución gestionada de la riqueza. Eso no es lo mismo que Estados Unidos.
Lo que sí parece comparable es la estrecha fusión entre política autoritaria, desigualdad espectacular, enriquecimiento personal y un desprecio cada vez más abierto por los procedimientos democrático-liberales. La relación de Trump con Arabia Saudí siempre ha sido reveladora a este respecto. Ha elogiado abiertamente al reino y ha profundizado los lazos empresariales con socios del golfo, incluidos importantes proyectos vinculados a Arabia Saudí. Esto no demuestra una imitación en sentido estricto, pero sí evidencia una afinidad con un modelo en el que la riqueza del Estado y la de la familia gobernante están estrechamente entrelazadas.
¿Y cuán estables son hoy los regímenes árabes del golfo Pérsico?
Ninguna de las monarquías del golfo parece estar al borde del colapso. Conservan aparatos coercitivos formidables, mantienen grandes reservas financieras y pueden absorber choques que desestabilizarían a Estados más pobres. Pero la guerra ha puesto al descubierto algunas vulnerabilidades reales. El golfo aparece ahora bastante menos seguro que la imagen pulida que se proyectaba antes de la guerra.
El conflicto ha agudizado, además, las tensiones internas del Consejo de Cooperación del Golfo. La decisión de Emiratos Árabes Unidos de abandonar la OPEP [el pasado abril] es un buen reflejo de estas fricciones. Por supuesto, estas divisiones no comenzaron con la guerra: ya eran visibles en los alineamientos políticos rivales y en los grupos armados respaldados por Emiratos y por Arabia Saudí en lugares como Yemen o Sudán. Pero la guerra ha vuelto esas fracturas más consecuentes.
¿Cómo se verá afectada la hegemonía estadounidense en la región por la guerra en curso?
El panorama es incierto. En cierto sentido, la guerra ha confirmado que Estados Unidos sigue siendo la única potencia exterior capaz de ofrecer protección militar a las monarquías del golfo. Arabia Saudí y Emiratos se han acercado a Washington a lo largo del conflicto. Pero la guerra también ha expuesto los límites del poder estadounidense. La asimetría militar entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán, por otro, es enorme. Y, sin embargo, Irán no necesita una paridad militar avanzada para infligir daños graves. Su capacidad para perturbar el tráfico marítimo en Ormuz –e imponer así costes mayúsculos a la economía global– muestra cómo una potencia más débil puede aún explotar las vulnerabilidades de un mundo articulado en torno al petróleo.
La capacidad de Irán para perturbar el tráfico marítimo en Ormuz –e imponer así costes mayúsculos a la economía global– muestra cómo una potencia más débil puede aún explotar las vulnerabilidades de un mundo articulado en torno al petróleo
El libro señala los diversos límites e insuficiencias de la apuesta por la bioenergía, los vehículos eléctricos y el hidrógeno verde como pilares de la transición verde, pero cuando trata de apuntar hacia una 'alternativa ecosocialista', las recetas parecen excesivamente lejanas, carentes de la acumulación de fuerzas necesaria. ¿Cómo debería la izquierda navegar la brecha entre la crítica estructural lúcida y una política capaz de jugar a la vez a corto y a largo plazo?
Creo que la izquierda tiene que rechazar la falsa disyuntiva entre lo que se siente inmediatamente realista y el replegarse a un maximalismo abstracto. La crítica estructural importa precisamente porque nos dice qué es lo que en última instancia hay que cambiar: el capitalismo. Pero esa estrategia tiene que partir de donde la gente realmente está. Eso significa construir demandas que mejoren la vida en el presente, al mismo tiempo que fortalezcan los movimientos a largo plazo. Por ejemplo: en lugar de reclamar más vehículos eléctricos como respuesta a la dependencia de los combustibles fósiles, deberíamos exigir sistemas de transporte público gratuitos y verdes y formas distintas de organizar la vida urbana.
A menudo, hay una confusión entre estrategia y táctica. Podemos sostener una estrategia anticapitalista orientada al cambio revolucionario y, al mismo tiempo, recurrir a un repertorio de tácticas modeladas por las circunstancias concretas en las que nos organizamos. Eso significa pensar en serio en cómo construir poder en el presente, sin perder de vista el horizonte más amplio de la transformación. Las tácticas variarán según los lugares y los momentos, pero la estrategia debe mantenerse clara respecto a la magnitud de la crisis y a la profundidad del cambio requerido.
Como parte de esto, la izquierda necesita ser mucho más audaz al articular tanto la visión como la posibilidad de una transformación social real. Una de las lecciones más nítidas del vaciamiento de la socialdemocracia convencional en los últimos años es que la timidez no nos protege. La política de la acomodación no ha frenado a la derecha ni ha inspirado movimientos populares duraderos. En muchos casos, no ha hecho más que ahondar en el desencanto y dejar el campo político abierto a las fuerzas autoritarias y nacionalistas.