El aniquilamiento colonial israelí: cada vez queda menos tierra para la población palestina
La Franja de Gaza está siendo objeto de una nueva fase de genocidio algorítmico, con la población sometida a una vigilancia coercitiva constante, a desplazamientos forzados y a matanzas arbitrarias. Un nuevo informe del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU, que ha pasado bastante desapercibido, denuncia que Israel impone “a los palestinos condiciones de vida cada vez más incompatibles con su existencia continua en Gaza como grupo”.
El Ejército israelí está extendiendo de forma gradual y constante su presencia militar, impide la entrada de toda la ayuda humanitaria necesaria, obstaculiza la libertad de movimientos de la población palestina y lanza ataques que han matado a más de novecientas personas y herido a miles desde el pasado mes de octubre hasta hoy.
Desde el inicio de la guerra contra Irán, los bombardeos israelíes en la Franja han aumentado un 35%, aprovechando el desvío de la atención internacional. Las tropas del Estado israelí ya controlan el 64% del territorio, arrinconando a más de dos millones de personas en el 36% restante. Desde octubre hasta hoy han tomado un 10% más de tierra palestina en Gaza.
Hace unos días el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dijo públicamente que pretende ocupar el 70%. Eso significa que miles de personas tengan que volver a desplazarse a la fuerza y que toda la población palestina de Gaza se apiñe en solo el 30% de la Franja, un área que ya antes de esta ocupación militar era uno de los lugares del mundo con más habitantes por metro cuadrado. Cada vez queda menos tierra para los palestinos.
Israel ya ocupa el 64% de Gaza, arrinconando a más de dos millones de personas en el 36% restante, y anuncia que tomará el 70%. Cada vez queda menos tierra para los palestinos
La llamada línea amarilla, establecida por el plan de Donald Trump para dividir el territorio y asegurar la ocupación israelí, sigue avanzando y devorando terreno gazatí. Las tropas israelíes aprovechan la oscuridad de la noche para trasladar los bloques de cemento pintados de amarillo que señalizan —solo en algunos tramos— esa frontera de demarcación. Cada vez que lo hacen, obligan a población palestina a desplazarse nuevamente. A menudo se sirven de la violencia militar, disparando contra tiendas de campaña, escuelas y viviendas. Así mataron recientemente a la niña Ritaj Abdel Raouf Rihan, que asistía a clase en un campo de refugiados cercano a la línea amarilla.
Esta semana el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, anunció que su Gobierno pretende implementar un plan para que un gran número de palestinos abandonen Gaza “en el momento y de la manera adecuados”.
El periodista israelí Gideon Levy advierte de que estas dinámicas sientan las bases para “la expulsión masiva”. Solo la presión internacional podría impedirla. En un artículo reciente en el diario Haaretz, Levy denunciaba que, “ahora que Gaza ha sido destruida casi por completo”, Israel avanza hacia la siguiente fase: “Dejar a toda la población permanentemente discapacitada, herida, enferma, hambrienta, sin hogar y desempleada”, como paso previo para “la expulsión masiva”.
El área que el Ejército israelí ocupa en Gaza contiene la mayoría de las tierras agrícolas y las principales reservas de agua, dejando a la población palestina el territorio desértico e improductivo
“Ninguna sociedad puede funcionar sin maestros, médicos, trabajadores sociales, ingenieros y empleados de oficina. Y sin una sociedad funcional, es fácil expulsar a los residentes de Gaza a los cuatro rincones de la tierra”, indica el periodista israelí, una de las escasas voces críticas del país en el panorama mediático.
El área ocupada por Israel en Gaza incluye las tierras agrícolas, las zonas fronterizas, las principales reservas de agua, las instalaciones de desalinización y de tratamiento de residuos, así como los espacios destinados al desarrollo futuro a través del plan de Trump. De ese modo, la población palestina queda confinada en el territorio baldío, desértico, infértil, sin recursos. El director del grupo de investigación Forensic Architecture, Eyal Weizman, alertó de ello desde el anuncio del proyecto de Trump para Gaza. Nadie podrá decir que no se sabía.
El 'alto el fuego' nunca fue real. No es una sorpresa, el propio texto del plan de Estados Unidos dejaba claros sus objetivos y así lo advirtieron relatores de Naciones Unidas, defensores de derechos humanos y analistas. Los términos estaban definidos desde el inicio y, sin embargo, los socios europeos lo apoyaron.
Las tropas israelíes aprovechan la oscuridad de la noche para trasladar los bloques de cemento pintados de amarillo que señalizan —solo en algunos tramos— la frontera de demarcación móvil
La puntilla final se dio en noviembre, cuando el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas legitimó ese proyecto, pese a que viola de forma contundente el derecho internacional. La Junta del presidente de EEUU para Gaza está diseñada para trocear la Franja y establecer una ocupación presentada como transitoria con posibilidad de ser permanente.
Algo similar ocurrió con los Acuerdos de Oslo en los años noventa, celebrados internacionalmente como una posibilidad de paz pero que, en la práctica, contenían trampas y cláusulas provisionales que Israel ha usado para anexionarse más áreas en Cisjordania. Aquel “proceso de paz” fue presentado como la posibilidad de asegurar más territorio a los palestinos, pero sirvió para lo contrario. Los pactos por fases suscritos por Israel nunca han llegado a su etapa final.
El plan de Trump para Gaza ha operado de forma similar, solo que esta vez había muchas más pistas y precedentes para saber que no se trataba de un plan de paz real, sino de un proyecto colonial 2.0 diseñado para anular la soberanía palestina y para facilitar la ocupación de Gaza y el desplazamiento de más población palestina.
De ese modo el aniquilamiento sigue su curso, con más facilidad que antes, porque la mala conciencia occidental se siente con permiso para mirar hacia otro lado. Ahora que el proceso de destrucción es más lento –y que el plan de Trump cuenta con la aprobación de la ONU y la UE- Gaza apenas existe en el debate diario para una mayoría de medios y dirigentes europeos.
Tampoco se presta suficiente atención a Cisjordania, donde se han aprobado nuevos asentamientos que expulsarán a más población palestina, sometida a la violencia militar y de colonos. Este viernes el Ejército israelí mató a un bebé de siete meses en Hebrón.
El periodista israelí Gideon Levy advierte del preludio de “la expulsión masiva” en Gaza
Líbano
El vaciado del sur de Líbano forma parte del mismo proyecto. Israel está devastando el sur del país, sus tropas saquean tierras y viviendas, han demolido casi por completo ochenta y un pueblos y han ordenado el desplazamiento forzado de más de un millón de personas, incluidos 350.000 niños y niñas. Esto significa que el 22,6% de la población se ha visto obligada a abandonar sus hogares.
Desde marzo hasta hoy el Ejército israelí ha lanzado más de 1.840 ataques contra territorio libanés, en los que ha matado a 3.560 personas y ha herido a 10.800. Las tropas israelíes suelen actuar a través de lo que llaman el doble o incluso el triple toque (“double/triple tap”), con un primer disparo que obliga a la huida de los supervivientes, un segundo ataque dirigido contra ambulancias, equipos médicos y de rescate, disparando contra ellos —impidiéndoles hacer su trabajo— y un tercer bombardeo, con el que suelen rematar a los heridos y asesinar a más civiles. Así mataron, por ejemplo, a la periodista libanesa Amal Khalil. Este método se repite de forma habitual en el sur de Líbano, donde se concentra la población chií, con grandes bolsas de pobreza y exclusión.
“Lo que Israel está haciendo en Líbano es, inequívocamente, un acto genocida contra los chiíes”, denuncia el periodista y escritor palestino Mohammed El-Kurd. “Y es un intento inequívoco de reocupar e incluso anexar una enorme parte del país. Es exasperante que los medios occidentales sigan haciendo la vista gorda ante la expansión colonial interminable de Israel”, señala.
El Ejército israelí aplica en Líbano el método del 'triple toque', con un primer disparo que obliga a la huida, un segundo ataque contra los equipos sanitarios que acuden al rescate y un tercero con el que remata a los heridos. Así mató, por ejemplo, a la periodista Amal Khalil
Siria
En Siria, el Ejército israelí se ha expandido hasta controlar cuatrocientos kilómetros cuadrados de territorio, con incursiones, controles y puestos militares más allá de los Altos del Golán sirios, ocupados en 1967 y anexionados ilegalmente en 1981.
Desde la caída del régimen de Bashar al Assad en diciembre de 2024, Israel ha lanzado centenares de ataques contra territorio sirio. Imágenes por satélite mostraron a mediados de 2025 la presencia de al menos seis bases militares dentro de la zona ocupada por el Ejército israelí, y un informe reciente de Human Rights Watch describe abusos cometidos por las fuerzas israelíes contra la población local, incluyendo desplazamientos forzados, confiscaciones de viviendas y demoliciones.
El pasado mes de abril el Gobierno de Israel aprobó un plan de 334 millones de dólares para expandir los asentamientos israelíes en los Altos del Golán sirios ocupados. El proyecto pretende atraer a otras tres mil familias de colonos israelíes.
Israel ha ocupado más territorio sirio en el último año y medio y en abril aprobó un plan de 334 millones de dólares para expandir los asentamientos y aumentar el número de colonos en los Altos del Golán sirios ocupados.
El baile diplomático
Esta semana un medio de comunicación estadounidense, Axios, que a menudo ejerce como altavoz de mensajes que la Casa Blanca quiere difundir sin actuar como emisor directo, aseguró que Trump había abroncado a Netanyahu por teléfono y le había llamado loco. Esto ha generado muchísimos más titulares en la prensa internacional que las últimas matanzas de palestinos en Gaza o que el proyecto de vaciado de la Franja y el sur de Líbano.
Al igual que ahora Donald Trump, otros presidentes estadounidenses en el pasado declararon públicamente, en alguna ocasión, su enfado con Israel. Y, al igual que ahora, eso no significó una reducción del apoyo, protección y alianzas de Washington con el Estado israelí. A menudo esos gestos de presunta discrepancia o enfado surgen como una escenificación para consumo interno, dirigida a votantes estadounidenses desconcertados con la impunidad israelí, como es el caso de un sector MAGA en la actualidad.
El Estado israelí es concebido por Washington como una extensión de sus propios intereses en Asia Occidental. Desde 1985 es el país del mundo que más ayuda militar estadounidense recibe de forma fija y anual —3.600 millones de dólares—. A esa cantidad fija se suman grandes paquetes de ayuda adicional. No en vano, en ámbitos militares estadounidenses se denomina a Israel “el portaaviones de EEUU en Oriente Próximo”.
Los ataques contra Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano e Irán forman parte de un mismo plan, destinado a ampliar el control político y militar en la región. Israel y Estados Unidos comparten una estrategia expansionista, adversarios, intereses y objetivos en la región: Washington está dando tiempo a Netanyahu para destruir el sur de Líbano. EEUU usa a Tel Aviv como subcontratista militar y el Estado israelí recibe la protección y ayuda armamentística estadounidense que necesita para satisfacer los planes neocoloniales de EEUU en la zona, y los suyos propios.
Ejemplo de ello es el proyecto de Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa, diseñado para usar el puerto israelí de Haifa como enlace entre India, el Golfo Pérsico y Europa, con el objetivo de aislar estratégicamente a Irán y contrarrestar la Iniciativa de la Franja y la Ruta, también conocida como la Nueva Ruta de la Seda.
El baile de la diplomacia estadounidense y europea lleva décadas enmascarando la complicidad con el colonialismo israelí. Lo recordaba este mes la antropóloga Maya Wind, en esta entrevista que le hice en Madrid:
“Hay un gran teatro diplomático destinado a consolidar el dominio colonial israelí. Se ha hablado una y otra vez de un Estado palestino mientras en la práctica se avanzaba en sentido contrario. Hay un señuelo, una distracción continuada que contribuye a prolongar el statu quo, cuando lo que hay que hacer es abordar la descolonización”.
Este teatro es el escenario imprescindible para que Israel pueda seguir ejecutando su plan de destrucción y vaciado en Palestina y más allá. La complicidad es histórica.