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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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La memoria en verano: esa puta distinguida

Niños jugando en verano

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Conforme uno cumple años, descubre que el pulso con la realidad casi nunca se gana. No porque la vida sea peor de lo que imaginábamos cuando éramos jóvenes, sino porque es más compleja. Por eso, con el tiempo uno aprende que existen límites, que no todo depende de la voluntad y que hay preguntas para las que nunca encontraremos una respuesta definitiva.

Recuerdo el Mundial de 2010. Lo celebré bañándome en la Plaza Circular de Murcia. Era el último año de carrera y tenía la sensación de que la vida empezaba de verdad. Cambiaba de ciudad, de rutina, de amistades; terminaba una etapa y comenzaba otra. Entonces todavía pensaba que crecer consistía en elegir un camino. Hoy sospecho que crecer consiste, sobre todo, en aprender a despedirse. La mirada cambia. Y esta, de momento, es la mía.

A la mayoría de la gente le gusta el verano. Quizá porque significa vacaciones, descanso o una interrupción de la rutina. A mí, sin embargo, desde hace años me produce una sensación difícil de explicar. Regresa con una mezcla de plenitud y desasosiego, como si trajera consigo una memoria que nunca termina de ordenarse. Marsé escribió que la memoria es esa puta distinguida. No conozco una definición mejor. Conserva lo que quiere, transforma lo demás y, cuando menos lo esperamos, devuelve intactas emociones que creíamos superadas.

Las pérdidas funcionan de ese modo. No desaparecen. Solo cambian de lugar. A veces me pregunto de dónde nace esa sensación que el verano despierta en mí. Quizá comenzó cuando tenía diecisiete años. Un amigo, algunos años mayor que yo, murió en agosto al regresar de una fiesta. Hasta entonces la muerte pertenecía a los abuelos o a los enfermos. Aquella noticia me enseñó que también conoce el camino hacia los jóvenes. Sentí, sin saberlo, lo que es un duelo. Desde entonces, el verano dejó de ser completamente inocente.

Después llegaron otras despedidas: familiares, amigos y personas que todavía aparecen de vez en cuando en esa conversación silenciosa que uno mantiene consigo mismo. Pero con los años comprendí que no solo perdemos personas. También vamos dejando atrás versiones de nosotros mismos.

Cambiar rara vez consiste en añadir algo nuevo. Casi siempre exige aceptar que una parte de quien fuimos ya no puede acompañarnos. Ese tránsito no suele ser espectacular. Ocurre despacio, en silencio, mientras seguimos trabajando, enseñando, saludando a los amigos o haciendo la compra. Solo mucho después comprendemos que algo dentro de nosotros ha cambiado.

Y, empero, sería injusto reducir el verano a la pérdida. También fue la estación más feliz de mi infancia. Crecí en el barrio de San Juan, en Jumilla. Recuerdo viajar con mi abuelo en su camión, las tardes interminables en la calle, las piscinas municipales, las noches tomando la fresca mientras los vecinos convertían la acera en una prolongación de sus casas. Entonces, un barrio todavía podía parecerse a una comunidad en la que todos conocían el nombre del otro.

Recuerdo también los primeros enamoramientos, probablemente más imaginados que reales, y el descubrimiento de la literatura. Hay un instante en la vida de algunos lectores en el que comprenden que un libro no sirve únicamente para contar una historia. También puede convertirse en un refugio. El conde de Montecristo o La sombra del viento sigue habitando ese lugar de mi memoria donde permanecen las primeras emociones verdaderamente importantes.

Ahora, ya cerca de los cuarenta, las preguntas también han cambiado. Ya no me interesa tanto saber qué llegaré a ser como preguntarme si he sabido vivir hasta aquí. Si he tratado bien a quienes quiero. Si mi trabajo ha servido para aliviar, aunque sea un poco, la vida de alguien. Si la felicidad existe realmente o si, como intuía Antonio Gala, con los años dejamos de perseguirla para buscar algo más humilde y quizá más verdadero: la serenidad.

Hace unos meses salí de una clase de danza contemporánea con ganas de llorar. De hecho, lloré. No era tristeza. Tampoco alegría. Era otra cosa. Una forma de libertad que todavía hoy me cuesta explicar. Comprendí entonces que existen experiencias para las que el lenguaje siempre llega tarde: o al menos a mí me falta para explicarlo. Quizá el verano haga precisamente eso: baja el volumen del mundo y nos obliga a escuchar emociones que durante el resto del año permanecen ocultas bajo el trabajo, las obligaciones y la prisa.

A veces también me pregunto cómo terminé siendo profesor universitario. No crecí entre académicos ni entre bibliotecas. Mi familia estaba formada por albañiles, camioneros y amas de casa. Sin embargo, recibí una educación extraordinaria: la del trabajo bien hecho, la honestidad, la palabra cumplida y el cuidado de los demás. Recuerdo a un familiar que pasó varios días acompañando en el hospital a un vecino que estaba completamente solo. Nunca habló de generosidad. Para él simplemente era lo correcto.

Con el tiempo, comprendí que ese aprendizaje había llegado también a mis investigaciones. Nunca decidí conscientemente dedicarme a estudiar a las víctimas de crímenes internacionales, a las personas migrantes o a la protección del medio ambiente. Simplemente, seguí un hilo que venía de mucho antes: la intuición de que el conocimiento solo merece la pena cuando ayuda a cuidar la vida de los demás.

Quizá por eso me cuesta aceptar un tiempo en el que todo parece medirse por su utilidad. Nos han convencido de que debemos optimizarlo todo: el trabajo, el descanso, el cuerpo, las relaciones e incluso las emociones. También el tiempo ha quedado atrapado en esa lógica. Queremos que siempre produzca algo. Pero el tiempo nunca fue un instrumento. Es el lugar donde sucede la vida.

Con los años uno descubre que la libertad nunca viaja sola. Siempre lleva consigo responsabilidad. Aprende que el esfuerzo no garantiza el éxito, que las personas nunca deberían convertirse en medios para nuestros fines y que casi todo lo verdaderamente importante exige paciencia.

Quizá por eso la alegría aparece ahora en lugares mucho más modestos que antes: una pareja de ancianos que todavía se besa, un niño que da los buenos días, una flor que vuelve a abrirse después del invierno. La vida ordinaria suele contener lo esencial, aunque demasiadas veces pasemos de largo.

Tal vez esa sea la lección que el verano intenta recordarme cada año. Que no todo necesita una explicación. Que algunas heridas dejan de ser enemigas cuando aprendemos a convivir con ellas. Que vivir no consiste en escapar de la incertidumbre, del dolor o de la alegría, sino en atravesarlos sin endurecer el corazón. En caminar sin fotografiar el paisaje. En leer sin pensar en qué frase compartiremos después. Al alegrarnos sinceramente por la felicidad ajena. En intentar que el mundo sea, aunque sea un poco, menos cruel.

No sé si algún día el verano dejará de inquietarme. Quizá no deba hacerlo. Hay heridas que terminan formando parte de nuestra manera de mirar y que, lejos de empobrecernos, nos vuelven más atentos a la fragilidad de los demás.

Y sospecho que cumplir años consiste precisamente en eso: no en acumular certezas, sino en aprender a convivir con las preguntas; no en vencer al tiempo, sino en reconciliarse lentamente con él. Porque el tiempo seguirá pasando, con nosotros o sin nosotros. La única decisión que realmente nos pertenece es la forma en que elegimos atravesarlo.

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