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Sobre este blog

Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Al sur de la memoria

Imagen de archivo de un coche eléctrico circulando por una calle en Katmandú, Nepal. EFE/EPA/NARENDRA SHRESTHA

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Conducía el viejo Škoda de mi padre. El coche tenía ya 26 años. Mi padre habría cumplido 65 años en 2026, y por eso hay edades que pueden contarse y otras que solo pueden imaginarse.

26 son muchos para un automóvil. No tantos para una persona. Y demasiados para un perro, si persistimos en esa costumbre absurda de convertir su tiempo en el nuestro.

Estaba detenido cerca del Puerto de la Cadena. Delante de mí, la carretera descendía hacia Murcia, o debía descender. Era imposible comprobarlo. Los coches formaban una costra de metal sobre el asfalto. Había un atasco. En los atascos aparece algo poco decoroso del ser humano: la impaciencia, el insulto, el claxon y, sobre todo, la convicción de que nuestra urgencia es más legítima que la de los demás.

Un conductor intentó cambiar de carril; otro aceleró para cerrarle el paso. Había ganado medio metro. No se sabía qué había perdido. Yo no llevaba prisa, o eso creía. Bastó que la carretera se detuviera para que recordara obligaciones inexistentes, citas que no tenía, personas que no me esperaban.

Miré el salpicadero. El plástico estaba gastado. Algunas manchas ya no se borraban. El volante conservaba el rastro de miles de kilómetros y también —quise pensar— el de las manos de mi padre. Hacía años que había muerto, pero sus manos habían estado allí, donde ahora estaban las mías.

Las huellas no siempre se ven. A veces somos nosotros quienes decidimos dónde permanecen. El Škoda llevaba arañazos, pequeños golpes, hendiduras sin importancia. Al principio miraba cada golpe. Después dejé de verlo. No había desaparecido: se había incorporado al coche. Supongo que con nosotros ocurre algo parecido. Algunas heridas dejan de parecernos heridas porque terminan formando parte de nuestra manera de estar en el mundo.

Mi padre compró el Škoda en el año 2000. Nunca supe por qué eligió aquella marca, entonces poco conocida en España. Venía de un Volkswagen Polo y era albañil, y aquel cambio debió de significar algo para él, aunque no sé qué. Nunca se lo pregunté, o no recuerdo su respuesta, que ahora viene a ser casi lo mismo. Hay preguntas que solo se nos ocurren cuando ya no queda nadie que pueda contestarlas.

Entonces el coche parecía moderno, sólido, brillante y serio. Tenía el aspecto de las cosas destinadas a durar. Mi padre conducía y yo miraba la carretera. Creía que la libertad consistía en avanzar, en dejar atrás las casas, en ver desaparecer la ciudad por la ventanilla. No sabía que también se viaja hacia lo perdido, ni que una persona inmóvil puede recorrer toda su vida.

A los 18 años, el Škoda fue el primer coche potente que conduje. Hundía el pie en el acelerador y el motor respondía. La carretera se abría delante de mí. No sabía dónde iba. Tampoco importaba. A esa edad uno confunde fácilmente el movimiento con el destino y la velocidad con la libertad.

El atasco avanzó dos metros y volvió a detenerse. Mi cuerpo permaneció allí, las manos sobre el volante y el pie sobre el embrague, pero el pensamiento se marchó.

Recordé a quienes habían ocupado esos asientos. Los amores, fugaces unos, más largos otros, temporales todos. Manos que buscaron la mía, conversaciones que parecían decisivas, besos en el coche y otros aplazados hasta encontrar dónde aparcar. Amigos que me pedían que corriera más. Familiares a quienes llevé a hospitales, bodas y funerales.

Recordé también a un muchacho que hacía autoestop. Durante veinte minutos compartimos aquel espacio reducido en el que dos desconocidos pueden contarse cosas que quizá no contarían a nadie conocido. No recuerdo su nombre. Entró en mi vida porque necesitaba llegar a algún sitio. Luego bajó del coche y no volví a verlo.

Hubo despedidas. Puertas cerradas con demasiada fuerza. Silencios durante el trayecto. Personas que bajaron del coche y se fueron de mi lado, o de cuyo lado me fui yo.

Y hubo llegadas. Estaciones, aeropuertos, portales iluminados de madrugada, abrazos entre maletas. Esa alegría de distinguir a lo lejos una figura conocida y comprobar que todavía camina hacia nosotros.

Con los años, el coche había dejado de ser solo un medio de transporte. Había sido comedor: bocadillos con el envoltorio sobre las rodillas, cafés apresurados. Alguna vez también me sirvió para dormitar, reclinando el asiento durante ese sueño incómodo y vigilante que permite un automóvil. Un coche termina siendo, sin que uno lo decida, una habitación provisional de la vida.

También hubo duelos. El Škoda me llevó a lugares a los que no quería ir y luego me trajo de vuelta. Guardó mi silencio y alguna lágrima en la tapicería. Nunca preguntó nada. Las cosas tienen esa ventaja: no preguntan. Un coche viejo conserva lo que nosotros vamos olvidando. Nos recuerda que hemos sido otros y que algunas personas continúan viajando con nosotros, aunque hayan muerto o ya no estén a tu lado con ese vínculo más especial, ni siquiera puedan ocupar ningún asiento.

Recordé el cólico renal. Cada bache despertaba el dolor. Aquella noche el Škoda no parecía viejo. Parecía urgente. Su motor sonaba como una respiración prestada.

Y luego estaba Aretha.

Recordé su primer viaje. La acomodé con cuidado. Al principio lo miraba todo. Después llegaron los mareos y la inquietud. Aprendí a detenerme, a llevar agua, a observar sus movimientos. Con Aretha descubrí otra forma de avanzar. Ya no se trataba de llegar antes. Se trataba de llegar juntos.

El atasco continuaba bajo el sol de la montaña y pensé en la libertad de movimiento. He dedicado muchos años a pensar la libertad como un derecho, a verla recogida en artículos, rodeada de límites, garantías y excepciones: formación profesional de jurista. Pero allí nadie podía moverse.

Éramos ciudadanos libres dentro de coches inmóviles, cada uno dueño de su destino siempre que el conductor de delante avanzara.

Recordé entonces algo elemental: para moverme necesitaba que los demás se movieran. Mi camino dependía de los caminos ajenos. Mi libertad terminaba donde comenzaba otro parachoques. Pero también comenzaba allí.

Entonces ejercí un derecho que no figura con demasiada claridad en los códigos: el derecho a la imaginación. Apagué el móvil. Dejé de mirar el reloj.

En el coche de al lado había un hombre muy alto y muy delgado. Tenía el pelo revuelto y una expresión entre distraída y divertida, como si el atasco no acabara de parecerle un contratiempo. Durante unos segundos me resultó familiar. Intenté recordar de qué o de dónde, porque a veces reconocemos a alguien antes de saber quién es.

El hombre volvió la cabeza y me miró. O eso creí. Levantó apenas una mano, un saludo mínimo, quizá dirigido a mí, quizá a nadie. Pensé que nos habíamos visto antes, aunque estaba seguro de no haberlo visto nunca.

El coche de delante avanzó. Tuve que soltar el embrague y recorrer unos metros. Cuando volví a mirar hacia el otro carril, ya no estaba a mi altura.

Había perdido de vista al Flaco.

Durante unos segundos lo busqué entre los coches. Después dejé de hacerlo. Cada vehículo detenido contenía una historia. Cada conductor llevaba consigo sus muertos, sus deseos, sus urgencias verdaderas y también las inventadas.

Durante un instante dejamos de ser enemigos. Formábamos una comunidad involuntaria, cada uno dentro de su cápsula de recuerdos y todos detenidos en el mismo presente.

El tráfico comenzó a moverse. A lo lejos apareció Murcia, bajo su nube de contaminación y el bochorno de la tarde. Acaricié el volante. El Škoda respondió con su ruido habitual. Algún día dejaría de hacerlo. Ningún coche es eterno. Mi padre tampoco lo fue. Aretha tampoco lo será. Yo tampoco. Pero el coche avanzaba.

Y conmigo viajaban mi padre y Aretha: uno ya convertido en recuerdo; la otra, todavía a mi lado en el tiempo. El Škoda cuenta con 26 años. Mi padre tendría 65. Aretha tenía los suyos. Yo tenía los míos. Unas edades podían contarse. Otras solo podían imaginarse.

Seguí conduciendo, sin prisa.

La carretera descendía de nuevo hacia Murcia. Delante de mí avanzaban los otros coches y, entre ellos, las vidas que durante un rato habían permanecido detenidas junto a la mía.

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