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El ataque de Trump a la isla iraní de Larak evidencia el intento de esconder su ineptitud

31 de agosto de 2026 21:30 h

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Seis meses después de lanzar, junto a Benjamin Netanyahu, una ilegal campaña militar para derribar al régimen iraní, y cuando ya se han cumplido los 60 días que establecía el memorándum firmado en junio entre Washington y Teherán para llegar a un acuerdo, nada indica que la paz esté próxima.

Más bien al contrario: tras un mes de intercambio de amenazas verbales acompañadas de acciones militares de muy bajo perfil, EEUU ha vuelto a golpear duramente territorio iraní, provocando la inmediata respuesta de Teherán. Ante ese escenario, lo único realmente claro es la desesperación de Donald Trump por esconder su ineptitud y su nefasta gestión para resolver un problema ante el que se le agotan las opciones y que, para colmo, le puede costar una buena parte de su capital político.

Ante la imposibilidad de lograr una victoria militar que le permita imponer sus condiciones tanto en relación con el programa nuclear iraní como con el bloqueo del estrecho de Ormuz, Trump parecía haber optado por la vía económica para doblegar la resistencia de su enemigo. Esperaba de ese modo disimular ante su propia población su impotencia para lograr una victoria militar, volviendo a la estrategia de “máxima presión” que Washington llevaba desarrollando contra Irán desde hace años. Con nuevas sanciones e insistiendo en el aislamiento diplomático de Teherán confiaba en que el tema desapareciera de los titulares mediáticos; o, lo que es lo mismo, que su fracaso no le pasara factura ante los comicios de medio mandato del próximo noviembre.

El bajo nivel de las reservas estratégicas de hidrocarburos, tanto en EEUU como en gran parte de los países occidentales, impide contar con un colchón amortiguador para capear los vaivenes de los precios internacionales de gas y petróleo

A esa apuesta económica se sumaban dos otros factores. Por un lado, el bajo nivel de las reservas estratégicas de hidrocarburos, tanto en EEUU como en gran parte de los países occidentales, impide contar con un colchón amortiguador como el que existía en febrero para capear los vaivenes de los precios internacionales de gas y petróleo, derivados de un bloqueo del estrecho de Ormuz que Washington no ha conseguido eliminar.

Por otro, el alto consumo de munición, especialmente de misiles interceptores, en la defensa de Israel, de sus aliados del Golfo y de las propias bases estadounidenses en la zona ha llevado a EEUU a una situación —con el añadido de la limitada capacidad de producción de las empresas estadounidenses de defensa— en la que peligra la capacidad de acción sobre el terreno de las fuerzas armadas si tienen que enfrentarse a un recrudecimiento de las hostilidades o si tienen que atender a otras amenazas en otros escenarios.

Sin embargo, en uno más de los giros a los que el inquilino de la Casa Blanca ya nos tiene acostumbrados, Trump ha decidido atacar objetivos en la isla de Larak, sabiendo que eso iba a ser respondido de inmediato por Teherán (en este caso contra bases e instalaciones militares estadounidenses en Jordania y Emiratos Árabes Unidos).

Es obvio que, por sí mismo, un ataque de ese tipo no va a cambiar la dinámica general del conflicto, forzando la claudicación del régimen iraní. Racionalmente, tampoco debería ser el inicio de una escalada general, aunque solo por la insuficiencia de medios de combate ya señalada. Y, asimismo, nada hace suponer que sirva como elemento de presión suficiente para que Irán cambie su actitud en la mesa de negociaciones ni en relación con su controvertido programa nuclear, ni con su programa de misiles balísticos, su apoyo a los peones regionales que mantiene activos en la región o su bloqueo de Ormuz.

El alto consumo de munición de EEUU hace peligrar la capacidad de acción sobre el terreno de sus fuerzas armadas si tienen que enfrentarse a un recrudecimiento de las hostilidades o atender a otras amenazas en otros escenarios

Todo ello hace pensar, por tanto, que estamos ante una acción políticamente ineficaz y militarmente inservible. Un acto que responde más bien a la impaciencia de Trump por lograr algo que pueda “vender” como positivo a sus simpatizantes y potenciales votantes, aunque sea yendo en contra de las recomendaciones de los altos mandos militares y dejando una imagen de desorientación absoluta sobre medios y fines de una estrategia equivocada.

Una estrategia que difícilmente va a provocar que China y Rusia dejen de alinearse con Teherán (aunque sin implicarse tampoco más allá de lo que han hecho hasta ahora), atendiendo a las necesidades energéticas del primero y al interés del segundo en respaldar a quien se atreve a desafiar a Washington. Tampoco es previsible que insistiendo en esa vía los iraníes se vayan a levantar contra el régimen, conscientes de su capacidad para reprimir cualquier muestra de crítica y desconfiados del apoyo que puedan recibir desde el exterior por parte de quienes aplican medidas que solo redundan en un agravamiento de su malestar.

Visto así, solo queda esperar algún nuevo gesto agresivo de Trump, mezclado con mensajes procedentes del mundo irreal en el que vive (sirva de ejemplo su difusión de un mensaje en el que afirma haber reducido a escombros la isla de Jarg (centro neurálgico de la capacidad iraní de exportación de hidrocarburos) cuando, en realidad, ni siquiera ha sido atacada. Gestos y mensajes que, en definitiva, alejan sine die la resolución del conflicto.