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ENTREVISTA Rehab Nazzal

La fotógrafa palestina que recorrió todas las carreteras de Cisjordania para retratar sus torres de vigilancia (y hacer arte)

Víctor Honorato

12 de julio de 2026 22:07 h

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Un zumbido molesto envuelve el ambiente de la sala de exposiciones. De entrada parece una interferencia en una emisión de radio, o quizás el bramido de un aparato de aire acondicionado mal regulado. Al rato se descubre que se trata de una grabación de un dron de vigilancia de los que constantemente sobrevuelan las cabezas de los palestinos en los territorios ocupados por Israel en Gaza y Cisjordania. Se trata de poner al visitante en situación.

No hay escapatoria del dron, como tampoco la hay de otro símbolo recurrente de la ocupación como son las torres de vigilancia. La fotógrafa Rehab Nazzal (Yenín, 1961) las compara con el panóptico de Jeremy Bentham, aquel ideal de prisión en los albores de la política penitenciaria moderna en el que nada escapaba del ojo del carcelero.

Un centenar de imágenes de estas torres de vigilancia son el foco de la muestra Conduciendo por Palestina, que Nazzal exhibe durante el mes de julio en Casa Árabe —el futuro de la exposición y de la institución a la vuelta del verano pende de un hilo por capricho del Ayuntamiento de Madrid— tras su exitoso paso por Canadá (país de acogida de la autora), EEUU y Europa. Comisariada por Stefan St-Laurent, profesor de Artes Visuales de la Universidad de Otawa, está organizada con el apoyo del Canada Council for the Arts, el SAW Centre de Ottawa y la Embajada de Canadá en Madrid.

Percibo este periodo como un momento fugaz de la historia, que se mueve como yo al hacer las fotos. Las cosas no terminan aquí. Los cruzados estuvieron 200 años en Palestina. Estoy convencida de que será libre

Entre 2010 y 2026, Nazzal emprendió la difícil tarea de recorrer la totalidad de la Cisjordania ocupada. Entre controles militares, carreteras segregadas y colonos virulentos fue fotografiando concienzudamente las torres que encontraba a su paso, sin apearse del vehículo. “Si te bajas, disparan”, explica en una entrevista con elDiario.es, aunque señala que la seguridad no era el único motivo: “No me bajaba de forma intencionada, porque también percibo este periodo como un momento fugaz de la historia, que se mueve como yo al hacer las fotos. Las cosas no terminan aquí. Los cruzados estuvieron 200 años en Palestina y estoy convencida de que será libre desde el río hasta el mar”.

La artista entiende que el objetivo de esta “arquitectura de la vigilancia” constante es crear el efecto psicológico de que el control sobre el territorio y las personas es total, y de que Israel tiene bien tomadas las riendas. “Es un efecto acumulativo, porque estos panópticos están por todas partes. En las ciudades, en los pueblos, en las aldeas, en los campos de refugiados, pero también en los montes, entre los olivos”, describe. “Es una arquitectura que posibilita el apartheid colonial, y ahora el genocidio”, censura. Todo como parte del proyecto colonial israelí, reflejo de otros anteriores como el francés o el británico. “Es imposible diferenciarlos”, dice.

Al fondo de la sala, perpendicular a las torres de vigilancia, una fotografía de gran tamaño a color capta la atención del espectador desde que entra en la estancia. Es un hombre con un bebé en brazos, rodeados por una pirámide grotesca de coches despedazados por las excavadoras. La autora tomó la fotografía en Yenín en 2024. “Me impresionó mucho la magnitud de destrozo de las infraestructuras. La luz, el agua, el alcantarillado”, describe sobre el momento, que coincidió con una cruenta ofensiva israelí.

“La destrucción en el norte de Cisjordania es comparable a la de Gaza”, señala Nazzal. “Pero como las atrocidades en Gaza son tan horripilantes, los medios no prestan tanta atención. Y mientras, las fuerzas de colonización de Israel destruyen tranquilamente, roban tierras y arman a los colonos”, lamenta.

Un afán documentalista tras 25 años de exilio

Una joven Nazzal dejó Yenín en 1980 para ir a estudiar en la Universidad de Damasco. Como a tantos otros palestinos, Israel no le permitió regresar, alegando que no tenía los documentos de viaje que a la vez le negaba. Solo pudo volver en 2005, ya con la nacionalidad canadiense. El retorno hizo nacer en ella un afán archivístico irrefrenable. “Quería documentarlo todo. Cada árbol, cada calle, cada colina. La impresión al ver todo lo que había cambiado fue enorme”, recuerda.

Ese afán documentalista alcanzaba también a las fórmulas represivas israelíes. En 2016 estaba siguiendo los efectos de una nueva herramienta, un spray pestilente que provoca el vómito inmediato en las víctimas, cuando recibió un disparo en la pierna. “Un francotirador que tiró a dar”, recuerda. Hoy es peor. “Los periodistas no se ponen el chaleco porque, cuando los ven, van a por ellos”, señala.

Y con todo, no claudica. “Siempre hay un riesgo, ¿pero y qué? Si todo el mundo estuviese pensando en el peligro, no haríamos nada, no cambiaríamos nada”, razona. Y apuntar con la cámara al vigilante supone, en ese sentido, un “acto de resistencia en movimiento”.

Creo que los israelíes han perdido por completo su humanidad. No uso la palabra moralidad porque no hay nada de moral en colonizar la tierra de otro pueblo, pero han perdido la humanidad. Ahora bien, si este horror es posible es porque los permiten los países occidentales

El punto de control o checkpoint es otro de los elementos habituales del recorrido en coche por Palestina y figura en la versión completa de la exposición, reducida para la muestra madrileña por economía de espacio. Viajar de Belén a Hebrón, a 182 kilómetros, puede llevar hasta ocho horas, dependiendo del humor que tengan los guardas. “A veces simplemente se quedan de pie parados, fumando y riéndose; es una tortura, es para expresar que tienen el control. Y otras veces también disparan”, relata.

La violencia macabra siempre está al acecho, en efecto: en junio afloró un vídeo que muestra a un militar disparar a un coche que ya se había parado en un punto de control en Hebrón. El tiro mató a un bebé de siete meses. Nazzal conocía a la familia.

“Creo que los israelíes han perdido por completo su humanidad. No uso la palabra moralidad porque no hay nada de moral en colonizar la tierra de otro pueblo, pero han perdido la humanidad. Ahora bien, si este horror es posible es porque lo permiten los países occidentales”, censura.

El proyecto estriba, en última instancia, en 'afirmar el derecho a la libertad de movimiento en el propio territorio' y legar al futuro un relato de la locura contemporánea y las heridas colectivas que provoca

Esta deshumanización le hace tener una visión pesimista en el medio plazo sobre el conflicto. La solución de los dos Estados le parece inviable, el Estado único multiétnico y laico, lejano. “Es imposible mientras haya un 80% de israelíes que lo que quieren es erradicar a los palestinos, e incluso Líbano. Es culpa de la ideología sionista y de cómo la implantan en los niños desde la guardería, una locura. Pero en el futuro será la única solución; ¿el Estado palestino qué sería, si no? ¿Un queso suizo con agujeros aquí y allá?”, ironiza.

La obra de Nazzal ha llegado a Madrid tras una gira internacional con obstáculos. En Nueva York consiguieron exponer una versión disminuida. “No llevamos las fotos originales, sino que las imprimimos allí. A ver, es que el mundo del arte es cómplice del genocidio. En la lista Epstein salen muchos artistas, académicos y conservadores. Claro que hay miedo, llevo 30 años viéndolo”, denuncia. En Canadá también tuvo problemas en una exposición en 2014. “La Embajada israelí no descansaba, y me llegaron amenazas de sionistas. Pero quienes resisten las amenazas abren la puerta y animan a otros”, advierte.

El proyecto estriba, en última instancia, en “afirmar el derecho a la libertad de movimiento en el propio territorio”, resume. Eso y legar al futuro un relato de la locura contemporánea y las heridas colectivas que provoca. “No lo quiero llamar trauma, porque es un término con un sesgo occidentalizante que no corresponde a la noción que tenemos nosotros, menos individualista”, explica. “Nosotros sanamos a través de la comunidad. Fíjate, si no, en Gaza. En medio de los escombros, del desastre, la gente celebra bodas y fiestas. Estuve allí en 2021 y 2022 y me di cuenta de que la comunidad y el amor de los niños es lo que los mantiene cuerdos”.