Un año de mandato de Joe Biden: por qué es uno de los presidentes más impopulares

Lauren Gambino

Washington —

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El primer año del mandato de Joe Biden termina con un momento especialmente desalentador para el presidente estadounidense que prometió competencia y normalidad.

Gran parte de su programa de política doméstica está estancado en el Capitolio, obstaculizado por miembros de su propio partido. Una vez más, el virus está fuera de control: los contagios diarios de COVID-19 se han disparado a niveles récord, con más estadounidenses hospitalizados que en cualquier otro momento de la pandemia. El mandato del Gobierno de “vacunar o testear”, dirigido a las grandes empresas, ha sido bloqueado por la mayoría conservadora en el Tribunal Supremo. La inflación está en su punto más alto de los últimos 40 años. Las conversaciones diplomáticas no han logrado que Rusia deje de estar al borde de una guerra con Ucrania.

Tras haber ganado con más votos que ningún otro candidato a presidente en la historia de Estados Unidos, Biden es hoy —tan solo 12 meses después— uno de los presidentes más impopulares del país.

Hace meses que los índices de aprobación de Biden languidecen, oscilando alrededor de una media del 42%. Una encuesta de Quinnipiac publicada la semana pasada lo situó en un pésimo 33%, lo que la Casa Blanca desestimó por considerarlo un dato atípico. Sin embargo, entre sus predecesores en la era moderna, Donald Trump ha sido el único en obtener peores resultados a estas alturas de su mandato.

El rompecabezas

Según los encuestadores y los analistas políticos, el rompecabezas de la impopularidad de Biden tiene muchas piezas. Es difícil determinar qué y cuánto está bajo su control.

Biden llegó al cargo con grandes ambiciones: prometió acabar con la amenaza del virus mortal y guiar al país hacia una nueva era de gobernanza responsable y bipartidismo en Washington. Este jueves se cumple un año de su toma de posesión, y Biden sigue enfrentándose a una pandemia que no da respiro, a una nación que permanece muy dividida y a un Partido Republicano que sigue apoyando la “gran mentira” de que Donald Trump ganó las elecciones de 2020.

“Siempre es un problema que un presidente decepcione las expectativas”, dice Bill Galston, investigador de estudios de gobernanza en el think-tank Brookings Institution. Galston también fue asesor político para la Casa Blanca durante la presidencia de Clinton.

Según Galston, el actual Gobierno “no ha hecho un buen trabajo de gestión de las expectativas” sobre la pandemia. En julio, Biden estuvo a punto de declarar la “independencia” del virus, hasta que la variante delta, con su rápida propagación, llegó para demostrar lo contrario.

Ahora, en medio de la ola causada por la variante ómicron, el presidente y su equipo están recalibrando. El doctor Anthony Fauci, el asesor del Gobierno y responsable del instituto de enfermedades infecciosas del país, dijo hace poco que ómicron “encontrará a casi todos”. Biden admitió recientemente que erradicar el virus era poco probable, pero que era posible “controlarlo”.

Es el caso de los votantes indecisos, que creyeron que Biden gobernaría como un centrista constructor de puentes en una época de profundas divisiones, añade Galston, y de los demócratas a quienes Biden prometió una ambiciosa agenda legislativa a pesar de tener márgenes muy estrechos en el Congreso.

Un momento difícil

Sarah Longwell, una estratega republicana crítica con Trump, ha observado una disminución en el apoyo al presidente entre los votantes a los que convocó durante el año pasado para ser encuestados. Cuando se les pidió que evaluaran el primer año de Biden, muchos votantes con los que habló, demócratas incluidos, lo calificaron con notas de “suficiente”, “suspenso” o “muy deficiente”.

Las calificaciones, dice Longwell, no son un reflejo de Biden, a quien muchos siguen “apoyando”, sino de un descontento común, paralelo a la pandemia que entra en su tercer año y la inflación que sigue en aumento. “Hay un elemento que no tiene nada que ver con Joe Biden”, dice. “Simplemente es un momento difícil”.

Cuando se le pregunta por los pesimistas comentarios sobre Biden, la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, ofrece una explicación similar. “La gente en todo el país está cansada. El virus afecta cómo viven, cómo trabajan. Están preocupados por sus hijos, por su capacidad de experimentar cosas alegres en la vida, como los conciertos e ir a restaurantes y ver a amigos”, dice Psaki. “Lo entendemos”.

“El presidente sabe que el paso más importante que puede dar es seguir luchando por tener la pandemia bajo control y también por reducir los costes para los estadounidenses en todo el país”, añade.

El golpe de Afganistán

La popularidad de Biden empezó a decaer cuando la variante delta de la COVID-19 se expandió por todo el país y cayó bruscamente tras la caótica retirada de Estados Unidos de Afganistán, durante la cual murieron 13 miembros del Ejército de EEUU a causa de un atentado suicida en el aeropuerto de Kabul.

Aunque la mayoría de los estadounidenses estaba a favor de la retirada de las tropas de Afganistán, las escenas desoladoras en Kabul en el momento en que los talibanes tomaban el control debilitaron la imagen de Biden como experto en política exterior que recobraría la posición de Estados Unidos en el escenario mundial.

“La forma en que salimos de Afganistán infligió un golpe a la imagen de experiencia y aptitud del presidente, lo que tuvo un efecto prolongado”, dice Galston.

Elecciones legislativas

Históricamente, los votantes han tendido a castigar al partido del presidente en las primeras elecciones legislativas, las llamadas de mitad de mandato, tras la llegada al poder de una nueva Administración. Pero las derrotas tienden a ser más pronunciadas cuando un presidente es impopular. Según la encuestadora Gallup, los partidos de un presidente con índices de aprobación inferiores al 50% han perdido una media de 37 escaños en la Cámara de Representantes en las elecciones de mitad de mandato.

La inesperada fortaleza de los republicanos en las elecciones para gobernador en estados en los que Biden había ganado por un amplio margen en 2020 —como Virginia y Nueva Jersey— fue una dura advertencia para los demócratas sobre el peligroso futuro que les aguardaba.

Los resultados sugerían que se había desvanecido la pasión impulsada por la resistencia que condujo a las victorias demócratas durante la era Trump. Quizá lo más alarmante para los demócratas haya sido la sensación de profundo malestar dentro del electorado. A pesar de la campaña de vacunación masiva y los billones de dólares en dinero en ayudas, los votantes se sienten peor ahora respecto al estado de la pandemia y de la economía que a principios de la presidencia de Biden, de acuerdo con una encuesta de CBS News/YouGov.

Pocos votantes le reconocen a Biden el mérito de haber conseguido una inversión de un billón de dólares para las infraestructuras del país o de haber aprobado el Plan de Rescate Estadounidense, mediante el cual envió cheques a la mayoría de los estadounidenses y redujo los índices de pobreza.

“Es una situación irónica en la que las políticas son más populares que los políticos, lo que es muy inusual”, dice Celinda Lake, una encuestadora demócrata veteran. “Por lo general, es al revés”.

La frustración del electorado quedó plasmada en una encuesta de Gallup publicada el lunes y que muestra un cambio drástico en la preferencia partidista a lo largo del último año: de una ventaja demócrata de nueve puntos a principios de 2021 a una ventaja republicana de cinco puntos a finales de año. El cambio se ha producido tras el desplome de los índices de aprobación de la gestión de Biden.

Desencanto de jóvenes y minorías

Con su programa de gobierno en un punto muerto, los demócratas están desencantados con Biden.

Durante meses, legisladores y activistas demócratas han advertido sobre la caída del apoyo al presidente entre los sectores clave de la coalición del partido. Está perdiendo apoyo entre los votantes jóvenes, enfadados por la inacción ante el cambio climático, la cobertura de salud y la condonación de la deuda estudiantil. Los votantes hispanos ya no confían en Biden para la gestión de la pandemia y de la economía, lo que supone una señal de alarma para los demócratas dado el viraje de este segmento del electorado hacia Trump y el Partido Republicano en 2020. Y el apoyo ha ido en descenso entre los votantes negros, que fueron fundamentales para la victoria de Biden pero que se sienten decepcionados por la falta de avances en el derecho al voto y en la reforma policial.

En sus intentos recientes de reordenar la situación, Biden dio un par de discursos apasionados, en los que imploró al Senado que aprobara una ley de alcance federal por el derecho al voto y arremetió contra los republicanos —contra cualquier senador— que se interpusieran en el camino hacia estar del lado de Bull Connor y Jefferson Davis.

Muchos demócratas celebraron el cambio en la retórica de Biden, pero algunos líderes de los derechos civiles y defensores del derecho al voto boicotearon el discurso en Atlanta para expresar su desaprobación ante lo que consideran un impulso tardío de una cuestión que es primordial para sus comunidades y para el funcionamiento de la democracia misma. En un comunicado, el presidente de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), Derrick Johnson, dijo que ya era hora de que el Gobierno “acompañara sus palabras con hechos”.

Dos días después, los esfuerzos de Biden por impulsar la protección del derecho al voto en el Congreso fracasaron en medio de la oposición demócrata a la eliminación del “filibusterismo”.

Aunque no todas las variables están bajo el control de Biden, Lake dice que todavía hay mucho tiempo —y oportunidades— para que el presidente mejore su posición antes de las elecciones de mitad de mandato, en noviembre. Dice que el nuevo tono más agresivo del presidente es un buen comienzo que ayudará a “animar” a los demócratas, a la vez que es una señal de “fuerza” para los independientes recelosos.

“Ahora está en modo liderazgo”, dice.

Lorella Praeli, copresidenta del grupo progresista Community Change Action, dice que los votantes necesitan ver a Biden luchando en su nombre.

Instó al presidente a implementar todas las herramientas ejecutivas a su disposición para aliviar las presiones financieras a las que se enfrentan millones de estadounidenses, como la condonación de la deuda estudiantil, mientras sigue ejerciendo presión para avanzar en la iniciativa Build Back Better, el derecho al voto y la reforma migratoria.

Parte del reto para Biden, dice, es convencer a un público desmoralizado de que “el futuro aún está en juego”.

“Luchar por la gente, cumplir con la gente y después asegurarse de que los votantes saben lo que ha sucedido”, dice. “Es así de simple”.

Traducción de Julián Cnochaert.

El primer año del mandato de Joe Biden termina con un momento especialmente desalentador para el presidente estadounidense que prometió competencia y normalidad.

Gran parte de su programa de política doméstica está estancado en el Capitolio, obstaculizado por miembros de su propio partido. Una vez más, el virus está fuera de control: los contagios diarios de COVID-19 se han disparado a niveles récord, con más estadounidenses hospitalizados que en cualquier otro momento de la pandemia. El mandato del Gobierno de “vacunar o testear”, dirigido a las grandes empresas, ha sido bloqueado por la mayoría conservadora en el Tribunal Supremo. La inflación está en su punto más alto de los últimos 40 años. Las conversaciones diplomáticas no han logrado que Rusia deje de estar al borde de una guerra con Ucrania.

Tras haber ganado con más votos que ningún otro candidato a presidente en la historia de Estados Unidos, Biden es hoy —tan solo 12 meses después— uno de los presidentes más impopulares del país.

Hace meses que los índices de aprobación de Biden languidecen, oscilando alrededor de una media del 42%. Una encuesta de Quinnipiac publicada la semana pasada lo situó en un pésimo 33%, lo que la Casa Blanca desestimó por considerarlo un dato atípico. Sin embargo, entre sus predecesores en la era moderna, Donald Trump ha sido el único en obtener peores resultados a estas alturas de su mandato.

El rompecabezas

Según los encuestadores y los analistas políticos, el rompecabezas de la impopularidad de Biden tiene muchas piezas. Es difícil determinar qué y cuánto está bajo su control.

Biden llegó al cargo con grandes ambiciones: prometió acabar con la amenaza del virus mortal y guiar al país hacia una nueva era de gobernanza responsable y bipartidismo en Washington. Este jueves se cumple un año de su toma de posesión, y Biden sigue enfrentándose a una pandemia que no da respiro, a una nación que permanece muy dividida y a un Partido Republicano que sigue apoyando la “gran mentira” de que Donald Trump ganó las elecciones de 2020.

“Siempre es un problema que un presidente decepcione las expectativas”, dice Bill Galston, investigador de estudios de gobernanza en el think-tank Brookings Institution. Galston también fue asesor político para la Casa Blanca durante la presidencia de Clinton.

Según Galston, el actual Gobierno “no ha hecho un buen trabajo de gestión de las expectativas” sobre la pandemia. En julio, Biden estuvo a punto de declarar la “independencia” del virus, hasta que la variante delta, con su rápida propagación, llegó para demostrar lo contrario.

Ahora, en medio de la ola causada por la variante ómicron, el presidente y su equipo están recalibrando. El doctor Anthony Fauci, el asesor del Gobierno y responsable del instituto de enfermedades infecciosas del país, dijo hace poco que ómicron “encontrará a casi todos”. Biden admitió recientemente que erradicar el virus era poco probable, pero que era posible “controlarlo”.

Es el caso de los votantes indecisos, que creyeron que Biden gobernaría como un centrista constructor de puentes en una época de profundas divisiones, añade Galston, y de los demócratas a quienes Biden prometió una ambiciosa agenda legislativa a pesar de tener márgenes muy estrechos en el Congreso.

Un momento difícil

Sarah Longwell, una estratega republicana crítica con Trump, ha observado una disminución en el apoyo al presidente entre los votantes a los que convocó durante el año pasado para ser encuestados. Cuando se les pidió que evaluaran el primer año de Biden, muchos votantes con los que habló, demócratas incluidos, lo calificaron con notas de “suficiente”, “suspenso” o “muy deficiente”.

Las calificaciones, dice Longwell, no son un reflejo de Biden, a quien muchos siguen “apoyando”, sino de un descontento común, paralelo a la pandemia que entra en su tercer año y la inflación que sigue en aumento. “Hay un elemento que no tiene nada que ver con Joe Biden”, dice. “Simplemente es un momento difícil”.

Cuando se le pregunta por los pesimistas comentarios sobre Biden, la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, ofrece una explicación similar. “La gente en todo el país está cansada. El virus afecta cómo viven, cómo trabajan. Están preocupados por sus hijos, por su capacidad de experimentar cosas alegres en la vida, como los conciertos e ir a restaurantes y ver a amigos”, dice Psaki. “Lo entendemos”.

“El presidente sabe que el paso más importante que puede dar es seguir luchando por tener la pandemia bajo control y también por reducir los costes para los estadounidenses en todo el país”, añade.

El golpe de Afganistán

La popularidad de Biden empezó a decaer cuando la variante delta de la COVID-19 se expandió por todo el país y cayó bruscamente tras la caótica retirada de Estados Unidos de Afganistán, durante la cual murieron 13 miembros del Ejército de EEUU a causa de un atentado suicida en el aeropuerto de Kabul.

Aunque la mayoría de los estadounidenses estaba a favor de la retirada de las tropas de Afganistán, las escenas desoladoras en Kabul en el momento en que los talibanes tomaban el control debilitaron la imagen de Biden como experto en política exterior que recobraría la posición de Estados Unidos en el escenario mundial.

“La forma en que salimos de Afganistán infligió un golpe a la imagen de experiencia y aptitud del presidente, lo que tuvo un efecto prolongado”, dice Galston.

Elecciones legislativas

Históricamente, los votantes han tendido a castigar al partido del presidente en las primeras elecciones legislativas, las llamadas de mitad de mandato, tras la llegada al poder de una nueva Administración. Pero las derrotas tienden a ser más pronunciadas cuando un presidente es impopular. Según la encuestadora Gallup, los partidos de un presidente con índices de aprobación inferiores al 50% han perdido una media de 37 escaños en la Cámara de Representantes en las elecciones de mitad de mandato.

La inesperada fortaleza de los republicanos en las elecciones para gobernador en estados en los que Biden había ganado por un amplio margen en 2020 —como Virginia y Nueva Jersey— fue una dura advertencia para los demócratas sobre el peligroso futuro que les aguardaba.

Los resultados sugerían que se había desvanecido la pasión impulsada por la resistencia que condujo a las victorias demócratas durante la era Trump. Quizá lo más alarmante para los demócratas haya sido la sensación de profundo malestar dentro del electorado. A pesar de la campaña de vacunación masiva y los billones de dólares en dinero en ayudas, los votantes se sienten peor ahora respecto al estado de la pandemia y de la economía que a principios de la presidencia de Biden, de acuerdo con una encuesta de CBS News/YouGov.

Pocos votantes le reconocen a Biden el mérito de haber conseguido una inversión de un billón de dólares para las infraestructuras del país o de haber aprobado el Plan de Rescate Estadounidense, mediante el cual envió cheques a la mayoría de los estadounidenses y redujo los índices de pobreza.

“Es una situación irónica en la que las políticas son más populares que los políticos, lo que es muy inusual”, dice Celinda Lake, una encuestadora demócrata veteran. “Por lo general, es al revés”.

La frustración del electorado quedó plasmada en una encuesta de Gallup publicada el lunes y que muestra un cambio drástico en la preferencia partidista a lo largo del último año: de una ventaja demócrata de nueve puntos a principios de 2021 a una ventaja republicana de cinco puntos a finales de año. El cambio se ha producido tras el desplome de los índices de aprobación de la gestión de Biden.

Desencanto de jóvenes y minorías

Con su programa de gobierno en un punto muerto, los demócratas están desencantados con Biden.

Durante meses, legisladores y activistas demócratas han advertido sobre la caída del apoyo al presidente entre los sectores clave de la coalición del partido. Está perdiendo apoyo entre los votantes jóvenes, enfadados por la inacción ante el cambio climático, la cobertura de salud y la condonación de la deuda estudiantil. Los votantes hispanos ya no confían en Biden para la gestión de la pandemia y de la economía, lo que supone una señal de alarma para los demócratas dado el viraje de este segmento del electorado hacia Trump y el Partido Republicano en 2020. Y el apoyo ha ido en descenso entre los votantes negros, que fueron fundamentales para la victoria de Biden pero que se sienten decepcionados por la falta de avances en el derecho al voto y en la reforma policial.

En sus intentos recientes de reordenar la situación, Biden dio un par de discursos apasionados, en los que imploró al Senado que aprobara una ley de alcance federal por el derecho al voto y arremetió contra los republicanos —contra cualquier senador— que se interpusieran en el camino hacia estar del lado de Bull Connor y Jefferson Davis.

Muchos demócratas celebraron el cambio en la retórica de Biden, pero algunos líderes de los derechos civiles y defensores del derecho al voto boicotearon el discurso en Atlanta para expresar su desaprobación ante lo que consideran un impulso tardío de una cuestión que es primordial para sus comunidades y para el funcionamiento de la democracia misma. En un comunicado, el presidente de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), Derrick Johnson, dijo que ya era hora de que el Gobierno “acompañara sus palabras con hechos”.

Dos días después, los esfuerzos de Biden por impulsar la protección del derecho al voto en el Congreso fracasaron en medio de la oposición demócrata a la eliminación del “filibusterismo”.

Aunque no todas las variables están bajo el control de Biden, Lake dice que todavía hay mucho tiempo —y oportunidades— para que el presidente mejore su posición antes de las elecciones de mitad de mandato, en noviembre. Dice que el nuevo tono más agresivo del presidente es un buen comienzo que ayudará a “animar” a los demócratas, a la vez que es una señal de “fuerza” para los independientes recelosos.

“Ahora está en modo liderazgo”, dice.

Lorella Praeli, copresidenta del grupo progresista Community Change Action, dice que los votantes necesitan ver a Biden luchando en su nombre.

Instó al presidente a implementar todas las herramientas ejecutivas a su disposición para aliviar las presiones financieras a las que se enfrentan millones de estadounidenses, como la condonación de la deuda estudiantil, mientras sigue ejerciendo presión para avanzar en la iniciativa Build Back Better, el derecho al voto y la reforma migratoria.

Parte del reto para Biden, dice, es convencer a un público desmoralizado de que “el futuro aún está en juego”.

“Luchar por la gente, cumplir con la gente y después asegurarse de que los votantes saben lo que ha sucedido”, dice. “Es así de simple”.

Traducción de Julián Cnochaert.

El primer año del mandato de Joe Biden termina con un momento especialmente desalentador para el presidente estadounidense que prometió competencia y normalidad.

Gran parte de su programa de política doméstica está estancado en el Capitolio, obstaculizado por miembros de su propio partido. Una vez más, el virus está fuera de control: los contagios diarios de COVID-19 se han disparado a niveles récord, con más estadounidenses hospitalizados que en cualquier otro momento de la pandemia. El mandato del Gobierno de “vacunar o testear”, dirigido a las grandes empresas, ha sido bloqueado por la mayoría conservadora en el Tribunal Supremo. La inflación está en su punto más alto de los últimos 40 años. Las conversaciones diplomáticas no han logrado que Rusia deje de estar al borde de una guerra con Ucrania.