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Dentro de la comuna siria donde los hombres están prohibidos: “Fuera, la vida es más hostil”

Matteo Trevisan y Harriet Barber

24 de agosto de 2026 22:17 h

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Una mujer con un rifle al hombro y un walkie-talkie en la mano monta guardia a la entrada de Jinwar, una comuna exclusivamente para mujeres en Siria. Tras la puerta, una treintena de casas de adobe salpican el paisaje desértico, rodeadas de jardines donde crecen flores, hortalizas y árboles frutales.

La aldea, situada a las afueras de Qamishli, una ciudad de mayoría kurda en el noreste de Siria, es un estallido de color en medio de un paisaje polvoriento. Inaugurada en 2018, Jinwar se ha convertido en un refugio para mujeres de toda la región, entre ellas kurdas, árabes y yazidíes. Algunas llegaron a la comunidad tras perder a sus maridos a manos del Estado Islámico (EI); otras dejaron atrás matrimonios abusivos en busca de seguridad e independencia. La propia comunidad se define como “un lugar para mujeres que anhelan vivir libremente junto a otras mujeres y niños; mujeres que no quieren casarse; mujeres que perdieron a sus maridos en la guerra o que sufrían violencia intrafamiliar”.

En la comuna viven unas 25 mujeres, junto con sus hijos y sus animales, entre los que se cuentan vacas, ovejas, gallinas y pavos reales. Gestionan su propia escuela, han construido muchas de sus viviendas con ladrillos de tierra, agua y paja, y cultivan gran parte de sus propios alimentos, como berenjenas, tomates, pimientos, pepinos, cebollas y ajo. Los hombres pueden ir de visita, pero no vivir en la comuna o pernoctar.

Jinwar se construyó durante la guerra civil siria como respuesta a la violencia, la discriminación y los numerosos desafíos a los que se enfrentaban las mujeres de la región. Su nombre combina las palabras kurdas jin (mujer) y war (hogar, tierra o lugar) y puede traducirse como el “espacio de las mujeres”.

Welat

Welat, de 55 años, llegó a Jinwar hace poco más de un año en busca de refugio tras separarse de su marido. “La vida no me iba bien”, explica. “Apenas podía mantenerme a flote”.

Cuando supo de la existencia de una comuna solo para mujeres, decidió visitarla. “Me he encontrado a mí misma, a mi verdadero yo”, afirma.

Welat dedica ahora las mañanas a asistir a clases de kurdo y después se turna con otras mujeres para montar guardia a la entrada de la aldea. Las residentes comparten las tareas de gestión de la comuna, mientras el constante ir y venir de visitantes genera actividad, intercambios y nuevas conversaciones. “Recibimos a muchos visitantes. Hay mucho intercambio y actividad”, explica.

Las madres trabajan codo con codo. Las relaciones entre las mujeres son maravillosas. El ambiente es muy positivo y todas mantenemos el ánimo alto

Welat explica que se respira un clima de solidaridad y apoyo: “Las madres trabajan codo con codo. Las relaciones entre las mujeres son maravillosas. El ambiente es muy positivo y todas mantenemos el ánimo alto”.

Por encima de todo, Jinwar ofrece a Welat algo que no ha encontrado en ningún otro lugar de Siria: seguridad y tranquilidad. “Fuera, la vida es más hostil”, explica. “Aquí todo es diferente. Puedo ser yo misma. Tengo una buena vida”.

Espera que el ejemplo de la aldea traspase sus muros. “Me gustaría que todas las madres del mundo fueran conscientes de su propia fuerza”, afirma. “Si tienen fuerza, tienen libertad”, concluye.

Nujîn

Nujîn Mihemed, de 57 años, llegó a Jinwar hace cuatro años y medio, tras la muerte de su marido. Vivía sola en un pueblo cercano a al-Dirbasiyah y padecía problemas de salud, por lo que sus amigos la animaron a trasladarse a la comuna.

“Sufrí mucho. Pasé por muchas penurias. Tanto por la llamada 'moralidad' como por la sociedad”, explica. “Nuestra sociedad no tiene piedad. Incluso dentro de mi propia familia: no mi madre ni mi padre, sino mis hermanos y hermanas; ellos me oprimían”, lamenta.

Hoy Mihemed colabora en todas las tareas necesarias, desde hornear pan hasta participar en los turnos de guardia. La comuna dispone de una panadería, un pequeño colmado, un centro de salud y una escuela.

“Cada una de nosotras es única, pero somos como una sola familia”, afirma. “Sea cual sea el trabajo que haya, lo hacemos juntas”, reitera.

Describe una vida cotidiana basada en la compañía y el apoyo mutuo: “Las madres nos juntamos, pasamos tiempo juntas, hablamos. Es una buena vida”.

En Jinwar, cuenta, ha encontrado por fin la paz y la independencia. “Tengo un fuerte vínculo con este lugar. Mi vida aquí es mejor que todo lo que había conocido hasta ahora”, afirma.

Jasmin

Jasmin, de 28 años, llegó a Jinwar desde Alepo hace cinco años, tras separarse. Por aquel entonces, se disponía a dejar Siria y marchar a Europa. “Estaba a punto de irme a Alemania”, cuenta. “Pero entonces descubrí este pueblo y todo cambió”.

Jasmin explica que en la comuna ha encontrado un sentimiento de pertenencia junto a mujeres de distintos orígenes étnicos y religiosos. “Conviven mujeres de todas las religiones y pueblos y se respetan todas las creencias. Para mí, esta aldea es un ejemplo de revolución y paz para el mundo”, afirma. “Los lazos que se crean entre las mujeres son únicos”.

Jasmin también afirma que ha desarrollado un profundo vínculo con la tierra: “Ahora me cuesta imaginarme viviendo en una ciudad”.

Sus aspiraciones trascienden los límites de Jinwar. Confía en que cada vez más mujeres desempeñen un papel activo en la vida pública, desde la política y la educación hasta el liderazgo comunitario. “Queremos que todas las mujeres reivindiquen sus derechos y participen en todos los ámbitos”, afirma. “Cuando las mujeres avanzan, todo cambia”.

Nehrîman

La aldea cercana de Jarudi no está integrada exclusivamente por mujeres, pero, al igual que Jinwar, se organiza a través de estructuras comunitarias de base y cooperativas, en las que los residentes —hombres y mujeres— comparten la responsabilidad de la agricultura, los servicios locales y la vida cotidiana. Es una de las varias aldeas rurales del noreste de Siria que, ante la guerra y los limitados recursos estatales, han optado por la autogestión y la autosuficiencia ecológica, con las mujeres desempeñando un papel clave en el liderazgo.

En 2013, los residentes decidieron crear un huerto comunitario en el centro del asentamiento como respuesta a la destrucción generalizada. En la actualidad, sigue siendo el corazón de la vida del pueblo. Los productos cultivados se venden en los mercados cercanos y los beneficios se reparten entre todos.

Nehrîman es copresidenta de la comuna de Jarudi y comparte el huerto de su casa con otros miembros de la familia.

Nesrin

Nesrin Boza, de 28 años, llegó a Jarudi hace un año, después de conocer la aldea mientras trabajaba con organizaciones de mujeres en Kobani. Actualmente, forma parte del consejo que gestiona la comunidad y trabaja en un centro local dedicado a la formación de las mujeres y la organización comunitaria. “Este es mi hogar”, afirma.

La aldea cercana de Jarudi no está integrada exclusivamente por mujeres, pero, al igual que Jinwar, se organiza a través de estructuras comunitarias de base y cooperativas, en las que los residentes —hombres y mujeres— comparten la responsabilidad de la agricultura, los servicios locales y la vida cotidiana

Vivir y trabajar en comunidad, explica Boza, ha transformado su manera de ver la vida. “Desde que llegué, siento menos ira y tengo más que ofrecer a los demás”.

Describe la aldea como un lugar donde las personas están conectadas no solo entre sí, sino también con el paisaje que las rodea. “Todas tenemos un vínculo y también lo tenemos con la naturaleza”, afirma. “Lo siento en mi interior”.

Boza afirma que la fortaleza de los vínculos entre las residentes es lo que la ha convencido de quedarse. “Todas estamos al mismo nivel”, explica. “Hay un gran sentimiento de unión”.

Remziye, Niismiye y Wadhen

Remziye Mihemmed İsmail, Niismiye Eemsedin y Wadhen Husseyn Sexmus forman parte del HPC-Jin, un comité femenino de defensa civil de Qamishli encargado de proteger a la población civil, vigilar los espacios públicos y fortalecer la cohesión social en periodos de conflicto e inestabilidad. El grupo opera en una región marcada por años de guerra, entre ellos los enfrentamientos contra el Estado Islámico.

Para estas mujeres, la participación es un deber cívico y una forma de compromiso político. “Acudo a las conmemoraciones, vigilo las calles, la ciudad, a la gente y los funerales”, explica Mihemmed İsmail. “Como madre, no quiero la guerra, sino la paz”.

Eemsedin explica que la protección de la comunidad constituye el eje central de su labor. “En 2013 trabajaba en el campo, pero en 2023 decidí implicarme en la autodefensa, porque creo que es esencial, especialmente para las mujeres, y que debe nacer de nosotras mismas”. “Para mí es importante proteger los valores de la revolución. Todas las mujeres de la comunidad son mis hijas. No nos importa si nos falta agua y comida; somos mujeres, acostumbradas a las penurias, dispuestas a luchar”.

Es importante proteger los valores de la revolución. Todas las mujeres de la comunidad son mis hijas. No nos importa si nos falta agua y comida; somos mujeres, acostumbradas a las penurias, dispuestas a luchar

Husseyn Sexmus cuenta con décadas de experiencia en los movimientos políticos kurdos y en la lucha armada. “Me uní al movimiento en 1987, antes de la revolución, y pasé 40 años trabajando como mensajera para la guerrilla. Mi hermano es un mártir. En 2016, participé en la revolución de Rojava. Mi marido también murió”, cuenta.

Ahora supervisa cuatro barrios, aproximadamente la mitad de la ciudad. “Me hice responsable en mi comuna de la autodefensa y del grupo de los mártires”, explica. “No nos detendremos hasta [alcanzar] la libertad”.

Rovend

Rovend Ebdo, de 32 años, dirige el departamento de ecología de la región de Jazira, en el noreste de Siria. Intenta encontrar soluciones sostenibles tras el daño medioambiental a largo plazo causado por las políticas estatales, la guerra y los embargos comerciales.

“El régimen… atacó la naturaleza. Trajo la destrucción y taló todos los árboles”, afirma Ebdo.

También critica el impacto de las sanciones y los embargos, que limitan el acceso a la tecnología y a las infraestructuras. “Si te pasas las 24 horas del día pensando en cómo conseguir agua y energía, ¿cómo puede tu mente estar libre?”.

Ebdo afirma que su trabajo forma parte de un proyecto a largo plazo para reconstruir Siria.

Su objetivo es restablecer el equilibrio entre las personas y la tierra. “¿Con qué sueño para el futuro? Quiero paz para todo el mundo”.