El hombre que voló una central nuclear y desapareció en bicicleta
A los 21 años, Rodney Wilkinson era el mejor esgrimista de Sudáfrica: campeón nacional de florete y sable, y subcampeón de espada. Había competido en Europa y Argentina. No había subido al podio olímpico porque Sudáfrica estaba excluida. El apartheid sudafricano le había arrebatado eso, junto con todo lo demás que le quitó a todo el mundo.
Una tarde de agosto de 1971, Wilkinson se encontraba en el gimnasio de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo, con el florete en la mano. Se enfrentaba a su entrenador, Vincent Bonfil, un inglés de 25 años que había representado a Reino Unido como reserva en los Juegos Olímpicos de México de 1968 y que ahora se encontraba en Johannesburgo terminando su tesis de máster en metalurgia. Estaban practicando una técnica en la que ambos tiradores se lanzaban al ataque al mismo tiempo, y el que lograba anticipar el movimiento del otro una fracción de segundo antes se llevaba el punto. Se abalanzaron el uno sobre el otro. El florete de Wilkinson enganchó el borde de la manga de Bonfil. Se oyó un chasquido seco.
Cuando un florete se rompe, hace un ruido como el de una bombilla al romperse y entonces hay una hoja de acero en el aire que nadie controla y que se mueve rápidamente. La punta rota atravesó el pecho de Bonfil, por debajo de su brazo derecho. Se le llenó la boca de sangre. En cinco segundos estaba en el suelo. Había estudiantes de medicina en la sala, pero nadie pudo salvarlo. Murió de camino al hospital.
Un juez de Johannesburgo dictaminó que fue un accidente. La madre de Bonfil voló desde Inglaterra y le dijo a Wilkinson que ahora lo consideraba su hijo. Después, él pasó un tiempo con la familia de su entrenador en Inglaterra.
Hace poco le pregunté a Wilkinson cómo le había afectado esa tragedia.
“Mucho”, contestó. Y luego se quedó callado.
Once años después del incidente, el mismo hombre, que había aprendido lo que la física puede hacerle al cuerpo, trabajaba como ingeniero contratado en la Central Nuclear de Koeberg, a 30 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo. Estaba furioso con el régimen que lo había reclutado a la fuerza, lo había enviado a combatir en una guerra en Angola en la que no creía y había convertido a su país en un paria internacional. En un acto de locura o valentía, en diciembre de 1982 colocó cuatro bombas en la única central nuclear de Sudáfrica apenas unas semanas antes de que entrara en funcionamiento. El 17 de diciembre quitó las anillas, salió de la sala de control, se tomó una copa de despedida con sus colegas y desapareció.
La búsqueda
La mujer que regenta la pensión Hide-Away en Knysna, una pequeña localidad costera situada a seis horas en coche de Ciudad del Cabo y a tres de Port Elizabeth, asegura que conoce a todos los habitantes de la zona. Se llama Colleen Harding. Ronda los sesenta, trabajó en el sector aéreo y dirige el establecimiento con la serena autoridad de una mujer que se ha erigido en el servicio de inteligencia del barrio. Durante el desayuno me somete a un interrogatorio: qué hago en Knysna, cuánto tiempo pienso quedarme, a quién he venido a ver. Le digo que he venido a la localidad para ver a un hombre llamado Rodney Wilkinson: blanco, de 76 años, sin ingresos de jubilación, sin página web, sin aparecer en ningún sitio que ayude a alguien como Harding a ubicarlo. Nunca ha oído hablar de él, pero en cuanto pronuncio la palabra Koeberg, se le iluminan los ojos. Su vecino de al lado trabajó toda la vida en la central nuclear. Está en el grupo de WhatsApp de los antiguos alumnos. Conoce a alguien que estaba de guardia la noche en que explotaron las bombas. Harding ya está tecleando en su ordenador con WhatsApp Web abierto, como un corredor de bolsa ejecutando una operación segundos antes del cierre del mercado.
Puede ponerme en contacto con alguien de la central en dos segundos, pero nunca ha oído hablar del hombre que la bombardeó. Resulta que vive a 20 minutos de su casa. Hace décadas que vive allí. La mayoría de la gente consigue el anonimato por pasar desapercibida. Wilkinson lo consiguió siendo el saboteador más buscado de la historia de Sudáfrica y luego, durante más de 40 años, manteniendo un perfil bajo.
Contó con ayuda para pasar desapercibido. La casa en la que vive ahora en Knysna pertenece a una mujer llamada Matilda Knill, de 49 años, una fuerza de la naturaleza, y a su marido, Greg Knill, un exgestor de reservas de caza. Matilda conoció a Wilkinson hace años en un pub. Se hicieron amigos. Cuando murió la madre de ella, Wilkinson empezó a aparecer por la casa sin avisar, cargado con sopa y tranquilizantes. Cocinaba para ella, para su padre y para su hermano. Nadie se lo había pedido, y nadie le pidió que se marchara. Durante la mayor parte de esos años, Matilda no tenía ni idea de quién era Wilkinson ni de lo que había hecho. Entonces, un productor de cine lo llamó. Wilkinson le pasó el teléfono a Matilda y le dijo: “Busca en Google ”Koeberg“. El semblante de Matilda se transformó. Lo acogió en su casa de forma permanente.
Como todos los hombres blancos sudafricanos de su generación, Wilkinson fue reclutado a los 18 años. Se fugó. La Fuerza de Defensa Sudafricana lo trajo de vuelta y, en 1976, lo envió a él y a muchos otros al norte, a Angola, en vehículos sin distintivos. Sudáfrica estaba librando una guerra que el régimen negaba estar librando. Los soldados morían y sus muertes se publicaban en los medios de comunicación como si se tratara de accidentes de tráfico. Los padres de todos los jóvenes soldados caídos tuvieron que vivir con esta mentida.
En Angola, Wilkinson estaba destinado en un campamento de retransmisión de radio. Su unidad recibía mensajes codificados del frente, los descodificaba, los recodificaba y los reenviaba. Wilkinson retrasaba su envío hasta que ya no tenían sentido. Llegó uno: “Hemos avistado un helicóptero plateado sin distintivos. ¿Qué hacemos?”. La respuesta fue: “Derribadlo”. Para cuando Wilkinson reenvió la orden, el helicóptero llevaba media hora fuera de radar. En una ocasión, se quedó dormido borracho al volante de un transporte de tropas requisado lleno de cajas de cerveza. El vehículo volcó. El accidente le dejó una cicatriz permanente en la frente.
Wilkinson era, para cualquiera con un mínimo de sentido común, exactamente el tipo de persona a la que habría que mantener alejada de infraestructuras sensibles. Al final, el ejército no fue más que un ensayo.
El plan
Tras su paso por el ejército, a los 29 años, Wilkinson se marchó de Johannesburgo y se trasladó a una comuna en Ciudad del Cabo, donde se ganaba la vida enseñando esgrima, es decir, no ganaba mucho. Una mujer llamada Heather Gray vivía en la misma comuna. Wilkinson, según me contó, “se metió en su cama”. Se hicieron inseparables. Fumaba mucha dagga. (Llamarla marihuana hace que parezca un problema de política pública. En cambio, bajo el nombre de dagga hace que parezca una forma de vida, que, para Wilkinson, lo era).
Años antes de conocer a Gray, antes de Angola, Wilkinson había trabajado en la central de Koeberg como delineante técnico, elaborando planos para los ingenieros cuando la central nuclear aún estaba en fase de planificación. Koeberg era la joya de la corona del programa energético del Estado del apartheid: una prueba de civilización, un símbolo de superioridad tecnológica, un monumento a la permanencia de un Estado construido sobre el trabajo forzado.
Mientras trabajaba en la oficina de la obra, Wilkinson se llevó un grueso catálogo de planos —en formato A4, de 40 mm de grosor— en el que se detallaba la distribución de toda la instalación. No se llevó los planos por su cuenta. En la oficina había un delineante negro cuyo trabajo consistía en custodiar el libro de referencia. “Tenía una buena relación laboral con él”, me contó Wilkinson, “porque no lo trataba como a un inferior”. Así que cuando Wilkinson dijo: “Voy a copiar este libro, pero no se lo digas a nadie”, el hombre entendió el mensaje. A la mañana siguiente, había 200 páginas sobre la mesa de dibujo de Wilkinson, envueltas cuidadosamente en papel de estraza. (Wilkinson no me reveló el nombre del hombre y no sabe qué fue de él).
Cuando Wilkinson le contó a Gray que tenía los planos, ella le dijo que guardara silencio hasta que decidieran qué hacer con ellos. Luego le sugirió que los llevara al Congreso Nacional Africano (ANC), el partido político de izquierda de Sudáfrica. Ni Wilkinson ni Gray habían conocido nunca a ningún miembro del ANC. No tenían formación política ni contactos. Pero decidieron que eso era lo que harían: llevarlos al ANC.
A finales de 1980, Wilkinson y Gray cogieron los planos robados y cruzaron la frontera hacia Zimbabue. El ANC llevaba dos décadas ilegalizado en Sudáfrica. Mandela llevaba dieciséis años en Robben Island. La dirección del movimiento operaba en el exilio bajo el liderazgo de Oliver Tambo, su presidente, que coordinaba la organización desde un despacho en Lusaka, la capital de Zambia. El brazo armado del ANC, Umkhonto weSizwe (Lanza de la Nación, MK), estaba disperso entre Mozambique, Angola y Zambia. El gobierno del apartheid, desde Pretoria, perseguía a los operativos del ANC allí donde lograba alcanzarlos. En esta tensa situación se adentraron Wilkinson y Gray, sin formación política y con 200 páginas de planos técnicos altamente sensibles.
Lo que Wilkinson y Gray no sabían era que alguien ya se había fijado en ellos. En Harare, la capital de Zimbabue, Jeremy Brickhill, un zimbabuense blanco que había desertado del ejército de Rodesia para unirse a la guerrilla, era director de la dirección de inteligencia de la ZIPRA, el brazo armado del propio movimiento de liberación de Zimbabue. Dirigía una red de agentes que vigilaba discretamente a los exiliados sudafricanos que inundaban el Zimbabue de la posindependencia. Una de sus informantes, una joven llamada Jackie Cahi, informó de la llegada de una pareja inusual —de aspecto hippy, sin antecedentes políticos— que afirmaba tener planos de una central nuclear que querían entregar al ANC. Cahi les dio alojamiento. Los vigiló. Informó a Brickhill durante semanas.
A principios de 1981, Brickhill organizó un encuentro. Cahi dio una fiesta en la que se presentó a Brickhill como un invitado más. Se acabó la cerveza; Brickhill se ofreció a ir a por más y se aseguró de que Wilkinson —que tenía coche— lo llevara. En el coche, Brickhill hizo su jugada. Les dijo que era un oficial de las fuerzas de liberación. Sabía que Wilkinson tenía algo valioso. Quería hacerle algunas preguntas sobre los antecedentes de Wilkinson. Este, borracho, interpretó “antecedentes” como una acusación. “¿Me estás acusando de ser un espía?”, le espetó. Se salió de la carretera, se metió en la cuneta y dirigió el coche hacia un árbol. “Si no me crees, provocaré un accidente y moriremos los dos”. El coche se detuvo a unos siete centímetros del tronco.
“Y eso rompió un poco el hielo”, me contó Brickhill, que tiene más de 70 años y vive en Harare. “Le dije algo así como: 'Bienvenido a la lucha, camarada. Ahora vamos a por una cerveza”. Pero ese fue el momento en que me convencí de que Rodney era sincero. Obviamente, estaba loco, pero también era sincero“.
El hombre invisible
Brickhill instaló a Wilkinson y Gray en un piso franco y los sometió a meses de entrenamiento básico en técnicas de espionaje: contravigilancia, comunicación secreta y resistencia al interrogatorio. Unos meses más tarde, Wilkinson finalmente entregó los planos, pasándolos por la ventana de Brickhill mientras la familia estaba fuera. “Todo era una especie de juego de intrigas y espionaje, que llevamos a cabo y luego celebramos”, contó Gray años más tarde al periodista Yunus Carrim en Attacking the Heart of Apartheid (Atacar el corazón del apartheid), una historia oral de las Operaciones Especiales del MK: “¡Hurra, ya hemos hecho nuestra parte! O eso creíamos”.
Lo que Wilkinson no sabía era que la participación de Brickhill había sido autorizada al más alto nivel. Dumiso Dabengwa, jefe de la Organización de Seguridad Nacional de la ZIPRA, había dado personalmente el visto bueno a la operación. El acto de sabotaje más trascendental de la historia de Sudáfrica se puso en marcha en las altas esferas de la inteligencia zimbabuense antes incluso de que el saboteador supiera lo que estaba pasando.
Un sábado de agosto de 1981, Brickhill pidió a Wilkinson que fuera a su casa. En el jardín había un hombre que, hasta entonces, solo había existido en los susurros de los exiliados: Mac Maharaj. Nacido en Newcastle, en la provincia de Natal, en el seno de una familia india, Maharaj se había unido a la resistencia clandestina contra el apartheid siendo muy joven y fue detenido en 1964 por sabotaje. Pasó 12 años en Robben Island junto a Mandela. Al salir de prisión en 1976, sacó clandestinamente el manuscrito de la autobiografía de Mandela, transcrito con una letra minúscula y oculto entre las tapas de un cuaderno. Cuando hablé con él por videoconferencia este año, Maharaj tenía 90 años y conservaba una presencia imponente. Le pregunté cuál era su secreto para mantenerse tan lúcido.
—Ir a la cárcel— respondió.
En su primer encuentro, Maharaj se fijó en la cicatriz de la frente de Wilkinson y le sacó toda la historia. “Todo ese trasfondo”, me dijo Maharaj, “sugería que se trataba de una persona de una comunidad privilegiada, pero de alguien con carácter para hacer las cosas a su manera, sin dejarse atar por las reglas creadas por el sistema”. Continuó: “Era fumador de dagga, un hippy, un tipo que vivía en una comuna. Y veo que es un elemento incontrolable. Pero era justo el hombre que necesitábamos. No había dejado rastro. No tenía antecedentes políticos, así que podía regresar a Sudáfrica”.
Maharaj hizo una recomendación específica a los responsables del ANC de Wilkinson: Heather Gray era una influencia estabilizadora. Debían tratarla como la compañera operativa de Wilkinson. La conciencia política de Gray se había despertado a una edad temprana, a través de su hermana Diana, que participó en el movimiento contra la guerra de Vietnam y en las revueltas estudiantiles de 1968. Gray estudiaba logopedia en la Universidad de Ciudad del Cabo y se oponía a la energía nuclear mucho antes de conocer a Wilkinson. Dentro del ANC, me contó Maharaj, la valoración era que, de los dos, ella era la más sólida. Pero a Maharaj también le impresionó que, detrás de la dagga y el aspecto desaliñado, Wilkinson fuera alguien que había alcanzado la élite de la esgrima. “No es un deporte al que uno se dedique a la ligera”, me dijo. “No son solo reflejos. Exige una gran fortaleza mental”.
En los meses siguientes, los planos que Wilkinson había sustraído de Koeberg llegaron hasta Joe Slovo, jefe de Operaciones Especiales del MK, la unidad de sabotaje estratégico que dependía directamente de Tambo. Slovo los hizo autentificar por científicos nucleares de la Unión Soviética y de Reino Unido. Eran auténticos.
El ANC llevaba años intentando averiguar cómo atacar Koeberg. Una bomba dentro de la central, en las tapas de los reactores o en las salas de control, sería el golpe más simbólicamente devastador en la historia de la lucha. Ahora estaban en contacto con un hombre que había trabajado en Koeberg, que conocía el interior de la central nuclear y que podría volver a entrar sin levantar sospechas. Le pidieron a Wilkinson que llevara a cabo la misión él mismo. Que colocara las bombas.
El comandante de campo asignado a la operación era Aboobaker Ismail, nombre en clave Rashid: un licenciado en ciencias de 27 años procedente de Lenasia, un barrio segregado para población india al suroeste de Johannesburgo, callado, metódico y obsesionado con los detalles. El valor de un operativo capaz de volver a entrar en la central, con un rostro que parecía pertenecer a ese lugar, era mayor que el de cualquier comando que intentara cortar la valla desde el exterior. ¿Para qué enviar una unidad cuando ya tenían a un hombre invisible?
Wilkinson dijo que lo pensaría. “No (pensar) si era lo correcto”, me dijo, sentado en una silla en Knysna 43 años después. “Si no si tenía alguna posibilidad, o si estaba dispuesto a arriesgarme. Para entonces ya era padre… Así que fue una decisión bastante importante”.
— ¿Pensaste que te atraparían? ¿Qué te matarían? —le pregunté.
— Ambas cosas.
— ¿Pensaste que era el último día de tu vida?
— No. Pensé que era un riesgo. Un riesgo grave para la vida.
Lo dijo con la naturalidad de quien habla del tiempo. Para cuando él y Gray regresaron en coche de Zimbabue a Sudáfrica en junio de 1982, ya había dicho que sí.
El regreso
Sus amigos y familiares en Ciudad del Cabo no tenían motivos para pensar que los 18 meses en Zimbabue hubieran sido otra cosa que una aventura. Wilkinson y Gray dijeron que volvían a casa porque no podían sacar dinero de Sudáfrica. Nadie fuera de los agentes del ANC que lo habían reclutado sabía la verdad.
El 19 de julio de 1982, a Wilkinson le expidieron un pase de acceso a Koeberg para su Renault 5 amarillo. Había logrado conseguir un contrato temporal de ingeniería que duraría hasta mediados de diciembre. Faltaban unos seis meses para que la central entrara en funcionamiento; una fecha que el régimen anunció a bombo y platillo en los periódicos. La ventana de oportunidad tenía un marco muy concreto: la puesta en marcha del reactor y el vencimiento del contrato de Wilkinson convergían en la misma fecha límite.
Durante los cinco meses siguientes, Wilkinson se reunió con Rashid media docena de veces en Suazilandia, un pequeño reino enclavado entre Mozambique y Sudáfrica donde los servicios de inteligencia de ninguno de los dos bandos podían operar cómodamente. Wilkinson nunca contactó directamente con Rashid desde Sudáfrica. Cuando necesitaba comunicarse con Rashid en Mozambique, enviaba un telegrama camuflado como una apuesta de carreras de caballos. Habían asignado números a cada lugar dentro de la central, de modo que un mensaje sobre apostar por el número 3, por ejemplo, era en realidad un mensaje sobre un reactor. Lo repasaban todo: objetivos, rutas de escape o cómo estaban soportando Wilkinson y Gray la presión.
En una entrevista con Carrim, Gray describió más tarde el secretismo de la operación: “Un fin de semana, Rod les dijo a todos que nos habíamos ido, y yo me quedé literalmente solo en esa casa durante todo el fin de semana, moviéndome a escondidas con las cortinas cerradas y las luces apagadas. Así de cuidadosos éramos”.
Wilkinson estaba aterrorizado. “A menudo me asaltaban serias dudas y una debilidad y un miedo paralizantes”, me contó: “Empecé a tener alucinaciones, casi sospechando que me seguían”.
Gray era la única persona con la que podía hablar. Solo le había puesto una condición. “Jamás podría vivir con un accidente radiactivo”, le dijo. La operación tenía que llevarse a cabo antes de que el combustible de uranio se cargara en los reactores y durante un fin de semana, en las primeras horas de la madrugada, para minimizar el riesgo de que alguien resultara herido.
En su última reunión, el último fin de semana de noviembre de 1982, Rashid le entregó a Wilkinson un mapa en el que se indicaba dónde habían escondido sus agentes las cuatro minas lapa: un buzón abandonado en el Karoo, el semidesierto que se extiende por el interior de Sudáfrica. Wilkinson memorizó la ubicación y luego se comió el mapa. Él y Gray salieron en coche antes del amanecer, localizaron los cuatro artefactos, los metieron en cajas de vino y se los llevaron a casa. Temían que hubiera un control de carretera en el camino de vuelta. No lo había. Wilkinson montó las bombas y las volvió a enterrar, las cuatro juntas, en Melkbos, la playa al sur de Koeberg, y marcó el escondite con una tira de plástico amarillo.
Unas semanas antes de la operación, Gray se puso en contacto con Brickhill a través del canal seguro que habían establecido en Harare. Estaba asustada. Wilkinson bebía en exceso, se comportaba de forma errática y hablaba sin tapujos. Brickhill preguntó al ANC si había refuerzos disponibles. No los había. “El único refuerzo que tenía era Heather”, me dijo Maharaj. Aconsejó a Gray que se fuera al extranjero. No tenía sentido quedarse para que la capturaran si no podía influir sobre Wilkinson. Ella regresó a Zimbabue y se sentó con Brickhill a esperar.
El salpicadero
La mina lapa tiene aproximadamente el tamaño de una botella de whisky. Tiene una placa magnética en un lado, por lo que se adhiere a cualquier superficie metálica a la que se la pegue. Dentro de la carcasa hay una mecha temporizada: cuando se retira el pasador, un mecanismo inicia una lenta cuenta atrás hasta la detonación. No hay forma de detenerla una vez que se activa. Si el mecanismo falla, falla rápido. A Wilkinson le habían dado las mechas más largas disponibles: 24 horas. Si se retira el pasador un viernes por la tarde, la mina detona el sábado por la tarde, si todo funciona. Si algo sale mal, sale mal mientras aún estás dentro del edificio.
Rashid había abierto los dispositivos suministrados por los soviéticos y había introducido termita en las carcasas, junto con el explosivo ya presente. La termita es una mezcla incendiaria de polvo de aluminio y óxido de hierro que arde a unos 2200 grados, temperatura suficiente para cortar el acero. Una vez que la termita se enciende, el agua hace que arda a mayor temperatura. Convertiría cada mina de una bomba que explotaba en una bomba que explotaba y luego ardía. De este modo, el fuego, a diferencia de una explosión, se propagaría por el cableado. Se extiende.
La disposición de Koeberg jugaba a favor de Wilkinson. Dos reactores, cada uno en su propio edificio de contención, con dos salas de control conectadas entre sí mediante el mismo cableado. La lógica de Rashid era sencilla: si se atacaba solo un reactor, el régimen podría utilizar piezas del otro y volver a ponerlo en funcionamiento. Si se atacaba todo, el daño sería en cadena. A Wilkinson se le ordenó colocar una mina en cada una de las dos cabezas de los reactores y meter otra mina en el cableado bajo cada una de las dos salas de control.
El problema era que tres niveles de seguridad se interponían entre Wilkinson y el reactor 1. Primero, un registro de vehículos en la puerta. Luego, un control peatonal con un guardia y un perro. Por último, un vestuario antes de la zona limpia de la isla nuclear, donde todo el mundo tenía que desnudarse y ponerse un mono de papel. Para los otros tres objetivos, solo tenía que superar los dos primeros.
En el caso del reactor 1, se enfrentaba a otro reto. Un túnel conectaba la zona sucia con la zona limpia, con dos tuberías que discurrían a lo largo de la pared. Un panel de madera contrachapada impedía que el polvo entrara en la zona limpia, pero se había cortado para dejar pasar las tuberías, y entre estas había un hueco lo suficientemente ancho como para una mina lapa. No podía llevarse el artefacto consigo a través del vestuario, así que tendría que pasarlo por el hueco, atravesar el vestuario y recogerlo al otro lado.
La oficina de Wilkinson se encontraba entre la entrada de vehículos y la planta. Entró con una mina lapa escondida en un hueco detrás del salpicadero del Renault el sábado 11 de diciembre, y volvió a hacerlo el lunes 13 y el martes 14. El miércoles 15 perdió los nervios y dejó la cuarta en casa. El jueves 16, el Día del Voto —una festividad nacionalista afrikáner, con el personal reducido al mínimo—, introdujo el último dispositivo. En todas las ocasiones, en el aparcamiento, trasladaba la mina lapa del hueco del salpicadero a una bolsa de hombro. Guardaba la bolsa bajo llave en el cajón de acero de su escritorio.
A última hora de la mañana, los guardias del acceso peatonal entraban en la última hora de somnolencia antes del cambio de turno del mediodía. Esa era la oportunidad. Wilkinson sacaba la mina de su cajón, se la ajustaba al cinturón bajo la camisa, recorría el pasillo y atravesaba el control con las manos en los bolsillos. El perro nunca se movía. El guardia nunca miraba dos veces.
El último día
Viernes, 17 de diciembre de 1982. Su último día de trabajo. Entre las 10:30 y las 11:30 de la mañana, Wilkinson llevó las cuatro bombas lapa, una por una, desde el cajón de su escritorio hasta sus posiciones finales previstas: una en cada una de las dos cabezas del reactor, otra metida entre el cableado debajo de cada una de las dos salas de control. Superó el último control de seguridad, recogió el dispositivo que había pasado por el panel a principios de semana y se dirigió hacia la entrada. Un guardia lo observaba. El reactor estaba a punto de entrar en funcionamiento. No había ninguna razón legítima para que nadie estuviera allí. La mirada del guardia se prolongó demasiado. Wilkinson se quedó paralizado. Se dio la vuelta. Le dijo al guardia que volvería en media hora. Salió. Nunca regresó. En su lugar, colocó ese dispositivo en el reactor 2.
Nadie más lo detuvo. Nadie le preguntó nada. Volvió a su escritorio y esperó a la hora de comer.
Sacar los pasadores fue la tarea de aquella tarde. Al sacar el pasador de una espoleta de 24 horas, podían ocurrir dos cosas. O bien un mecanismo de corte de plomo iniciaba una cuenta atrás lenta y silenciosa dentro de la carcasa —sin tictac, sin clic, sin ninguna señal externa de que algo hubiera cambiado— o bien el mecanismo fallaba y la mina detonaba en la mano. No había término medio. No había forma de saber cuál de las dos opciones te tocaría hasta tirar del pasador.
Hizo lo primero. Esperó. Seguía vivo.
Se acercó a la segunda. Tiró. Vivo.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cuatro veces se colocó junto a un explosivo activo con termita en la carcasa, tiró de la anilla, le dio la espalda y salió de la sala, y cuatro veces el mecanismo aguantó.
Cerca de las 5 de la tarde, tomó unas copas de despedida con sus colegas. Les había dicho que iba a ver a su novia a Londres (esa parte era cierta: Inglaterra era su destino final, aunque Gray se encontraba en realidad en Zimbabue en ese momento). Todos le desearon lo mejor a Wilkinson. Se quedó allí de pie con una copa en la mano, despidiéndose de unos compañeros que estaban de pie sobre cuatro bombas de relojería, y ninguno de ellos tenía la más mínima idea, porque el terrorista se parecía a ellos, hablaba como ellos y jugaba al squash con su jefe.
La llamada
Wilkinson se subió a su bicicleta y salió de Koeberg. Su amiga Shauna Westcott lo llevó al aeropuerto internacional de Ciudad del Cabo, con la bicicleta en la parte trasera del coche. Él le entregó sus botas de trabajo y su mono. Las botas habían dejado huellas en el polvo cerca de los artefactos. Le pidió que se deshiciera de ellas. Ella no hizo preguntas.
Tomó un vuelo al aeropuerto de Johannesburgo, donde su hermana Cathy fue a recogerlo. Se subió a su coche. Ella lo miró y empezó a llorar. Ninguno de los dos se movió.
—¿Qué has hecho?“— le preguntó.
—No puedo decírtelo— contestó él.
—¿Has matado a alguien?
—No lo creo.
—¿Es algo político o criminal?
—Es político.
Esa respuesta la tranquilizó un poco. Puso el coche en marcha y se dirigieron hacia la frontera con Suazilandia. Wilkinson no conseguía encontrar el paso fronterizo. Al final, un pastorcillo le indicó una valla de alambre de púas en mal estado. Esa era la frontera internacional entre la Sudáfrica del apartheid y Suazilandia.
Al otro lado, Wilkinson encontró un arroyo y se tumbó en él con toda la ropa puesta. La gente que pasaba se reía del hombre blanco en el agua, y él les devolvía la risa. Entonces se desató el cielo: una granizada tan violenta que tuvo que arrastrarse bajo un árbol. Se sintió liberado.
Al día siguiente, sábado 18 de diciembre, tomó un autobús a Manzini, la segunda ciudad más grande de Suazilandia y su centro comercial, y luego siguió hasta el Wimpy Bar en Mbabane, la capital, donde Rashid le había dicho que alguien vendría a buscarlo. Tenía que mirar la hora cada hora. No sabía quién llegaría. No sabía qué aspecto tendría.
No vino nadie. “Vaya si esperé. Estaba cabreado”, me contó Wilkinson.
Así que probó el plan B: un número de teléfono de Rashid en Maputo, Mozambique. Se puso a la cola de la cabina telefónica. Veinte minutos. Cuando llegó al principio, marcó el número de Rashid y oyó lo que parecía un tono de ocupado. Colgó y se fue al final de la cola. Veinte minutos más. Marcó. Ocupado. Colgó. Al final de la cola.
Lo que Wilkinson no sabía, y solo descubriría mucho más tarde, era que el tono de ocupado sudafricano sonaba idéntico al tono de llamada mozambiqueño. Cada vez que pensaba que la línea estaba ocupada, en realidad había estado sonando. Le había colgado a su propio comandante.
La tercera vez que alcanzó el principio de la cola, tras más de una hora de espera, perdió la paciencia. Fingió que la llamada se había conectado y empezó a hablar solo, con el tono distraído de un hombre ocupado. Asintió. Murmuró. Dijo “ajá”. Y entonces, de repente, para sorpresa de Wilkinson, Rashid le contestó.
Wilkinson mantuvo un tono coloquial. Tenía tres cosas que comunicar: necesitaba un medio de transporte para ir de Mbabane a Maputo; la valla entre los dos países era demasiado alta para saltarla, y no tenía sello de entrada en su pasaporte porque había entrado por la valla de una granja. Supuso que los sudafricanos estaban escuchando todas las llamadas que cruzaban las líneas de Suazilandia, pero se las arregló para transmitir sus mensajes en clave. Rashid lo organizó todo.
La tarde siguiente, el domingo 19 de diciembre, Wilkinson tomó el vuelo de las 17:00 de Mbabane a Maputo. Rashid lo recibió con whisky y pescado soviético. Fue allí, en Maputo, donde Wilkinson se enteró de lo que había pasado. Las cuatro minas habían detonado. Nadie había resultado herido. Wilkinson bebió y celebró. Estaba vivo.
La primera mina había detonado a las 15:23 del sábado 18 de diciembre. La segunda, a las 20:40. La tercera, a las 23:24. La cuarta, a las 02:53 de la madrugada del domingo. Cuatro explosiones en apenas doce horas. Pero la central seguía en obras y en fase de puesta en marcha, no operativa: entre una detonación y otra, las distintas secciones estaban prácticamente vacías. Nadie resultó herido.
En Harare, Brickhill y Gray se habían refugiado con un pequeño grupo de compañeros en la casa de Howard Barrell, un periodista que colaboraba discretamente con los servicios de inteligencia del ANC, bebiendo whisky y escuchando el World Service de la BBC. Barrell no sabía nada de aquella operación. Cuando llegó el primer informe, en la madrugada del domingo 19 de diciembre, Brickhill le pidió —sin decirle por qué— que llamara a sus contactos en la redacción y averiguara lo que pudiera. A la mañana siguiente, la noticia estaba en la portada del The New York Times bajo el titular “Bombas dañan las instalaciones de una central nuclear en Sudáfrica”.
Unos días más tarde, en Maputo, llevaron a Wilkinson a conocer a Oliver Tambo, el hombre que había mantenido vivo el movimiento antiapartheid desde un escritorio en Lusaka mientras Mandela estaba en prisión. Tambo miró a Wilkinson con una expresión parecida a la sorpresa. Luego lo abrazó y ambos lloraron. Lágrimas de alegría, dijo Wilkinson.
A la operación se le había asignado un nombre en clave. Joe Slovo y Rashid la habían bautizado como Operación Mac, en honor a Maharaj, cuya labor en el reclutamiento de Wilkinson había sido clave. El propio Maharaj no se enteró del nombre hasta meses después, en un pasillo de Lusaka, en el hotel, cuando Tambo y Slovo se lo contaron de pasada. Era, en otras palabras, un guiño y un acto de agradecimiento.
La desaparición
Los daños fueron enormes: 500 millones de rands —unos 500 millones de dólares de la época, equivalentes entonces a alrededor de 450 millones de euros— cuando el rand y el dólar cotizaban prácticamente a la par. El proyecto acumuló un retraso de 18 meses. Un directivo de Eskom, la empresa estatal que gestionaba la central nuclear, culpó públicamente a la banda Baader-Meinhof, los militantes de extrema izquierda de Alemania Occidental. Otros sospechaban de un sabotaje interno en Framatome, la compañía francesa que había construido la planta.
La identidad de los autores permaneció envuelta en el misterio durante trece años. Entonces, el 15 de diciembre de 1995, David Beresford publicó una portada en el Mail & Guardian —el periódico de referencia de Sudáfrica— con un titular que parecía sacado de una novela de espionaje: “Cómo volamos Koeberg (y escapamos en bicicleta)”. En el artículo identificaba a Wilkinson por su nombre.
Para Maharaj, lo importante era que, junto con el ataque del ANC en 1980 contra las refinerías de combustible de Sasol, Koeberg había demostrado la capacidad del movimiento antiapartheid para golpear la infraestructura estratégica del régimen. “No había ningún objetivo fuera de nuestro alcance”, me dijo. “No por nuestra supuesta eficiencia, sino por la naturaleza del sistema. La abrumadora mayoría de la población negra oprimida, aunque hubiera colaboradores, por puro instinto se opondría a vivir bajo la humillación que el apartheid les imponía. Y en la comunidad blanca habría jóvenes que empezaban a cuestionarse las cosas. No estábamos solos”.
Wilkinson había dado por hecho que sus compañeros en la central nuclear lo señalarían como el autor del atentado. Al fin y al cabo, había criticado abiertamente la energía nuclear en el bar reservado a los blancos de la obra. Pero ni siquiera lo mencionaron. Él trabajaba para los contratistas civiles; los operadores que manejaban las salas de control nunca se habrían cruzado en su camino. Dave Thomas, que había empezado a trabajar en la sala de control de Koeberg ese año, me dijo: “Nunca estuvo en nuestro radar como posible autor. El aparato de seguridad más paranoico del continente había construido, sin pretenderlo, la tapadera perfecta para el hombre que iba a volarlo por los aires.
El ANC envió a Wilkinson a Inglaterra. Gray se reunió con él y se casaron en diciembre de 1983. Se instalaron en Woodbridge, Suffolk, sirviendo pintas en el pub Mariner’s Arms mientras él esperaba tener un permiso de trabajo.
El consejo de Maharaj fue que aceptara la bonificación de 1.500 libras —unos 2.200 euros al cambio actual de entonces— que el ANC ofrecía a sus agentes y desapareciera. Wilkinson hizo una contraoferta: se quedaría con 150 libras y seguiría trabajando para ellos. Maharaj le dijo que era un error, pero Wilkinson no quería convertirse en un hombre invisible y tener que pasar el resto de su vida escondido.
La siguiente idea de Wilkinson fue un camión turístico con un alijo de armas oculto bajo los asientos de los pasajeros. Los mochileros desprevenidos que cruzaban a Sudáfrica servirían de tapadera. El ANC, a través de una empresa pantalla con sede en Londres llamada Africa Hinterland, dirigida por Mannie Brown —un exiliado del ANC y veterano comunista— financió el proyecto, asumió su propiedad y reclutó conductores vinculados a los partidos comunistas británico y holandés.
Wilkinson diseñó el camión, un Bedford, y ayudó a construirlo en un taller a las afueras de Ipswich en 1986. Nunca realizó un solo viaje. Africa Hinterland cruzó la frontera unas cuarenta veces entre 1986 y 1993 sin ser descubierta jamás.
Wilkinson y Gray regresaron a Sudáfrica en abril de 1991, un año después de la liberación de Mandela, y se instalaron en Knysna, la ciudad costera donde Wilkinson acabaría pasando sus últimos años en el anonimato. Wilkinson seguía siendo un agente del ANC. Con Mandela libre y el movimiento legalizado por primera vez en tres décadas, el ANC estaba abriendo oficinas por todo el país. En Knysna, se le pidió a Wilkinson que dirigiera tanto la oficina local del ANC como una oficina del Partido Comunista, el tipo de doble cargo que se asignaba a exagentes de confianza.
El final del anonimato
Tiempo después, ese mismo año, Raymond Mhlaba, que había pasado 25 años en prisión junto a Mandela y había sido liberado en octubre de 1989, iba a pronunciar un discurso en un mitin político en la ciudad. El ANC imprimió un folleto anunciando el mitin e incluyó el número de teléfono de la casa de los Wilkinson como contacto. El teléfono estaba a nombre de Gray. Poco después, apareció una nota bajo la puerta: “Objetivo número 33: Heather Wilkinson”.
Estaba firmada por un escuadrón de la muerte de extrema derecha. Grupos de motociclistas comenzaron a pasar frente a la casa con escopetas cruzadas a la espalda. Las dos hijas pequeñas de la pareja estaban dentro, protegidas solo por una pared de madera. Gray acudió a su padre, un hombre al que Wilkinson describe sin amargura como “papá multimillonario”. El padre le pidió a su hija que volviera al hogar familiar, con las nietas. No invitó a Wilkinson. Era la decisión sensata. Wilkinson lo sabía. Simplemente, él no había sido tenido en cuenta.
Wilkinson tiene 76 años. Sus pulmones están marcados por la tuberculosis. En algún lugar de la casa donde vive hay una flauta que le envié desde una tienda de Johannesburgo, porque no pude encontrar ninguna en Knysna. Wilkinson aprendió a tocarla de niño. El instrumento pertenecía a los barrios negros segregados. En la década de los cincuenta, un músico negro llamado Spokes Mashiyane, que tocaba en las mismas calles de Johannesburgo donde Wilkinson creció, convirtió la música callejera kwela en el sonido más vendido de su época. Era música para el pueblo que el apartheid había oprimido. Wilkinson bombardeó una central nuclear por ese movimiento. Ahora toca kwela, un género popular nacido en los barrios segregados sudafricanos, con los pulmones marcados por la enfermedad, en una ciudad que aún no ha descubierto quién es.
Cuando cayó enfermo, Matilda Knill le dijo:
—No puedes morirte. Todavía tienes muchas cuentas pendientes.
—De acuerdo— respondió Wilkinson—. ¿Qué tengo que hacer?
Traducido por Emma Reverter