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Análisis

Trump no encuentra una salida digna de Irán y Netanyahu no le ayudará a encontrarla

9 de junio de 2026 21:41 h

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A primera vista podría parecer que lo ocurrido el pasado día 7, cuando se registró el lanzamiento de una veintena de misiles iraníes contra territorio de Israel, es parte de la rutina bélica en la que ambos países, sin olvidar la evidente implicación estadounidense, están sumidos desde hace tiempo. Sin embargo, la decisión del régimen iraní supone una novedad —es la primera vez que Irán lanza misiles desde su propio territorio contra Israel como respuesta a los ataques de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) contra Hizbulá en suelo libanés— y puede provocar cambios sustanciales en la dinámica negociación-escalada que se viene desarrollando desde la supuesta tregua iniciada el pasado 8 de abril.

El hecho de que Irán haya optado por lanzar sus propios misiles, sin recurrir a actores interpuestos (como Hizbulá, Ansar Allah o Hamás) y sabiendo que Israel respondería, indica no solo su capacidad para seguir reaccionando ante las agresiones recibidas en su propio suelo, sino también, pasando de las palabras a los hechos, su voluntad de ligar su destino al de sus aliados regionales. Unos aliados que resultan vitales para su propósito de resistir el acoso y derribo de Washington y Tel Aviv, en la medida en que le ofrecen bazas con las que tratar de disuadir y castigar a sus enemigos.

Al mismo tiempo, ese atrevimiento iraní, exponiéndose a recibir nuevos golpes, indica que el régimen se siente en condiciones de aguantar el pulso que Donald Trump está planteando. Lejos de claudicar, Teherán ha dejado claro que su exigencia de que Israel debe detener sus ataques en Líbano no es una balandronada, sino un acto político que apunta directamente a un Trump cada vez más desesperado.

De hecho Trump ha confirmado este martes que Irán derribó el lunes por la noche un helicóptero estadounidense que patrullaba sobre el estrecho de Ormuz. “EEUU debe, necesariamente, responder a este ataque”, ha asegurado. Por su parte, el ministro de Exteriores iraní, Seyed Abbas Aragchi, le respondía:  “Para reducir el riesgo, la mejor solución es que se retiren. Preferimos el lenguaje de la diplomacia, pero también hablamos otros idiomas”

Más allá de la dificultad de “vender” un nuevo acuerdo como si fuese una victoria que ha merecido la pena, Trump se encuentra con un Benjamín Netanyahu que no está dispuesto a renunciar a su plan

Trump necesita imperiosamente algún tipo de acuerdo para frenar la sangría que sus errores de cálculo le están provocando, incluso entre sus propios simpatizantes. La urgencia es tan visible que eso le permite al régimen iraní contar con algunas bazas adicionales para resistir la embestida. El inquilino de la Casa Blanca sabe que la opción militar, salvo que su propia desesperación le lleve a plantear el uso de armas nucleares, no le garantiza un mejor resultado que el obtenido hasta ahora por vía convencional, sumando fuerzas con Tel Aviv.

Eso le deja como única vía realista una negociación en la que difícilmente podrá lograr mucho más de lo que ya había en mayo de 2018, cuando decidió romper el acuerdo nuclear logrado por Obama en 2015. Pero, más allá de la dificultad de “vender” un nuevo acuerdo como si fuese una victoria que ha merecido la pena —cuando no va a lograr ni eliminar definitivamente el programa nuclear iraní, ni sus arsenales y programas de misiles, ni el apoyo a sus peones regionales, ni recuperar la libertad del tráfico marítimo por Ormuz— se encuentra con un Benjamin Netanyahu que no está dispuesto a renunciar a su plan.

Netanyahu ha dado sobradas muestras de su desprecio al derecho internacional y de su interés por redibujar el mapa de Oriente Medio a su gusto —dejando a Israel como hegemón regional, disfrutando del monopolio nuclear y con poder suficiente para violar las fronteras de sus vecinos cuando lo desee—. Líbano es solo uno de los escenarios en los que se visibiliza tanto esa visión iluminada, como la vergonzosa pasividad de la comunidad internacional. Al mismo tiempo, es evidente que Netanyahu está haciendo todo lo que está en su mano para evitar un acuerdo entre Washington y Teherán, empeñado en seguir adelante con su estrategia de fuerza hasta la rendición definitiva de sus oponentes.

Esa actitud choca directamente con los planes de Trump. Por un lado, necesitado de que haya un alivio de la tensión para hacer posible el acuerdo con Irán, el presidente estadounidense procura frenar a Netanyahu para que no provoque una escalada hasta una guerra total. Si no lo acompaña en su aventura militarista y no le consiente saltarse todas las normas contra Irán y Líbano será acusado de abandonar a su principal aliado en la región. Pero si acepta, estará reconociendo que Tel Aviv tiene derecho de veto sobre las pretensiones estadounidenses. De ahí que, mientras iraníes e israelíes están nuevamente inmersos en un juego de acción y reacción a escala muy limitada, lo máximo que previsiblemente puede lograr Trump de su aliado israelí es que modere sus ataques en ambos frentes. Y una de las bazas que está empleando para ello es convencerlo de que su hipotética moderación podría verse recompensada con la firma por parte de varios países del Golfo de los Acuerdos de Abraham; es decir, el reconocimiento de Israel y la normalización de relaciones plenas, lo que supondría el abandono definitivo de la causa palestina. Una “zanahoria” que muy difícilmente va a convencer a Netanyahu, aunque solo sea porque esos mismos países del Golfo no parecen dispuestos a dar un paso de esa magnitud cuando están sufriendo las consecuencias de la guerra.