Del amor al odio no hay un paso
Mediación para evitar que el conflicto termine devorando la relación
Del amor al odio no hay un paso. Cuando una pareja se separa, unos hermanos se pelean, unos socios no consiguen mirarse sin desconfianza o vecinos de toda la vida terminan gritándose en el rellano, el paso que han dado todos ellos va desde el vínculo que los unía a la herida.
Y cuando una relación ha sido importante la capacidad de herir también es mayor. Las personas que se han querido no se vuelen indiferentes de un día para otro, sino que poco a poco empiezan a acumularse interpretaciones, decepciones, intereses contrapuestos, sensación de no ser escuchado o reconocido, de injusticia.
Las diferencias dejan de vivirse como diferencias y empiezan a interpretarse como ataques, desprecios o intentos de imponerse.
Y lo que ocurre es que hemos aprendido muy poco sobre cómo movernos en el desacuerdo. Sabemos enfrentarnos, argumentar, justificarnos, responder, pero no sabemos conversar cuando hay conflicto, nos sentimos expuestos.
Por eso, cuando un conflicto escala, aparecen enseguida frases como: “pues vamos a juicio”, “que decida un juez”, “nos vemos en los tribunales”. Y se dan con mucha más facilidad que otras bastante más difíciles de pronunciar, como: “no sé cómo hablar contigo, pero quiero intentarlo”.
Es ahí donde las conversaciones dejan de ser un espacio de encuentro para convertirse en un campo de defensa donde cada uno justifica su posición, pero y donde ya no se está disponible para escuchar. Y cuando la escucha desaparece, el acuerdo deja de ser una posibilidad real.
Cuando el conflicto entra en un litigio, esta dinámica se consolida todavía más. La lógica deja de ser entender qué le está pasando a otro y pasa a ser sostener una posición, defenderla y demostrar quién tiene razón.
Se habla, sí, pero ya no entre las personas en conflicto sino a través de terceros.
Los abogados preparan la defensa, aportan pruebas, afinan argumentos. Y todo eso forma parte legítima del proceso judicial. El problema es que, mientras tanto, la relación de sus defendidos, que tal vez en su momento tuviera un vínculo estrecho, queda fuera. La historia compartida, la identidad del “nosotros”, queda excluido. No es importante.
Porque un juez puede cerrar un caso. Puede dictar una resolución. Pero no necesariamente está pensando en qué ocurrirá después entre esas personas. Y, sin embargo, muchas veces van a tener que seguir viéndose. Van a seguir siendo padres de los mismos hijos, van a seguir siendo hermanos y van a seguir compartiendo espacios y decisiones.
La cuestión es cómo queda esa relación después del conflicto, independientemente del veredicto.
Y ahí es donde la mediación ayuda, porque introduce algo distinto. No porque elimine el desacuerdo ni porque garantice acuerdos perfectos. Tampoco porque convierta automáticamente las relaciones en armoniosas. Lo que hace la mediación es intentar sostener un tipo de conversación que, en muchos casos, ya no es posible sin ayuda. Una conversación donde vuelva a aparecer algo que normalmente desaparece en los conflictos intensos: la posibilidad de escucharse.
No escuchar para responder o contraargumentar, sino escuchar para intentar entender desde dónde habla el otro. Qué le preocupa. Qué teme perder. Qué necesidad está intentando defender. Y también qué necesita decir cada uno para sentirse mínimamente reconocido en medio del conflicto.
Eso no siempre resuelve todo. Hay conflictos que no terminan en acuerdo. Relaciones que no vuelven a ser lo que eran. Pero incluso en esos casos, la mediación intenta evitar algo importante: que el conflicto termine devorándolo todo y que la única forma posible de relación pase a ser la confrontación.
Porque muchas veces el problema no es solamente el desacuerdo. El problema es el daño que produce la forma en que ese desacuerdo se conversa.
Esto se ve claramente en conflictos familiares. Dos hermanos empiezan discutiendo por una herencia y terminan hablándose únicamente a través de escritos. Lo que inicialmente era una diferencia concreta acaba mezclándose con historias antiguas, comparaciones, sensación de haber sido menos querido o menos reconocido. Y, poco a poco, ya no se discute solo sobre dinero. Se discute sobre el lugar que cada uno siente haber ocupado en la familia.
En mediación, el desacuerdo sigue existiendo, pero aparece un espacio donde esas capas pueden empezar a nombrarse sin que todo derive automáticamente en ataque y defensa.
A veces eso permite encontrar acuerdos que antes parecían imposibles. Otras veces no.
Pero incluso cuando no ocurre, puede aparecer algo relevante: dejar de agravar el daño. Dejar de destruirse mientras se intenta resolver el conflicto. Y eso no es menor.
Porque hemos construido una cultura muy acostumbrada al litigio y bastante poco acostumbrada al diálogo.
Nos cuesta pedir ayuda para conversar. Nos cuesta detener la escalada antes de que el resentimiento ocupe todo el espacio.
En España, la aprobación de la Ley Orgánica 1/2025 ha vuelto a poner el foco en los Medios Adecuados de Solución de Controversias (MASC) antes de acudir a la vía judicial.
Y es posible que muchas personas piensen en la mediación solo en términos de rapidez, coste económico o descarga de trabajo para los tribunales. Pero quizá su aportación más importante esté en intentar que el conflicto no destruya completamente aquello que, en algún momento, unió a las personas que hoy están enfrentadas.
Porque el otro no va a desaparecer de nuestra vida.
Y tal vez la pregunta importante no sea solo cómo resolvemos un conflicto, sino cómo queremos seguir estando en esa relación después de haberlo atravesado.