Qué barbaridad, los periodistas hacen preguntas

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Hoy es fácil -de saldo- acusar a cualquier periodista de la tele pública de estar pagado por el Gobierno. Hay quienes suelen decirlo con la tranquilidad con la que se toman el café cada mañana. Lo formulan como si acabasen de destapar una trama internacional, cuando en realidad han tropezado con una obviedad administrativa: claro que están pagados con dinero público, igual que los bomberos, los médicos y el señor que cambia las bombillas del ayuntamiento. 

Al parecer no les gusta que los periodistas hagan preguntas y menos si esas preguntas resultan incómodas. Les exigen que formulen las preguntas como quien camina por un campo de minas en calcetines. Que sean fáciles, por favor. Eso sí, nunca critican cuando las preguntas favorecen sus propios intereses; entonces el periodista pasa de mercenario a valiente profesional.

Y ya puestos a denunciar -¡Que nadie nos detenga!- el sesgo político aparece en cualquier programa de la parrilla de TVE, incluso en los nunca hablan de política. Sospechan que detrás de las propuestas televisivas del ente público siempre hay un mensaje subliminar, como cuando decían que nos influían a beber Coca Cola con estímulos inconscientes bajo las películas que veíamos en el cine. He ido mucho al cine y nunca me ha gustado la Coca Cola, al menos sola.

No soy habitual de La Revuelta, pero en las ocasiones en que lo he visto nunca han hablado de política. A no ser que defender la Sanidad y la Educación Pública de vez en cuando sea hablar de política, cuando entiendo que es -o debiera ser- una posición de mínimos democráticos. Otra cosa es que hayamos llegado a un punto en el que pedir hospitales que funcionen o escuelas dignas suene a consigna electoral. Si eso es hacer política, entonces también lo es exigir que los semáforos se pongan en verde cuando toca. Y, visto lo visto, no sería raro que alguien acusase al disco rojo de estar financiado por una dictadura extranjera.

Quizá el verdadero problema de la tele pública para algunos no sea el contenido, sino la audiencia; que TVE crezca incomoda a quienes daban por hecho que el descrédito era irreversible. 

Quizá esa periodista que ahora resulta tan molesta lleve años -desde 2021- haciendo exactamente lo mismo: preguntar, insistir, no conformarse con respuestas en conserva. Tal vez lo único que ha cambiado es que ahora la ve más gente. Y eso, claro, altera los nervios de algunos. Durante mucho tiempo, el periodismo que preguntaba podía ser despachado con un encogimiento de hombros —“no la ve nadie”—, pero cuando la audiencia crece, la pregunta ya no es irrelevante, sino que se considera peligrosa. No porque sea malintencionada, sino porque se escucha.

La sospecha automática hacia quien pregunta revela además la descalificación de quienes escuchan a esa periodista -quizá, precisamente, porque hace preguntas-, como si el público, la gente, los espectadores fuesen incapaces de distinguir entre información periodística y propaganda. Tontos, que sois unos tontos. Resulta curioso que quienes desconfían tanto de los medios públicos confíen tan poco en la inteligencia de la gente que los consume. Sólo ellos saben la verdad. Afortunados.

La cuestión de fondo es sencilla: ¿la gente ve a esa periodista porque está pagada por el Gobierno o porque hace las preguntas que muchos creen que deben hacerse? Pensar lo primero es cómodo; aceptar lo segundo exige admitir que el periodismo, cuando cumple su función, no está para agradar sino para incomodar. Y eso, en tiempos de mensajes perfectamente empaquetados, es casi un acto de rebeldía.

La democracia no necesita periodistas obedientes; necesita periodistas curiosos, insistentes, a veces impertinentes. Porque la impertinencia, bien entendida, no es mala educación: es negarse a tratar al poder como si fuese porcelana fina. Al fin y al cabo, si una pregunta puede poner en aprietos a un dirigente, quizá el problema no sea la pregunta.

Las preguntas incómodas son a la política lo que el VAR al fútbol: nadie las quiere cuando pitan en contra, pero todos las exigen cuando creen tener razón. Lo fascinante es la rapidez con la que algunos pasan de reclamar transparencia a considerar ofensiva cualquier cuestión que no venga barnizada de halago. 

Si lo que desean es comunicar sin interferencias, tienen opciones perfectamente dignas: la nota de prensa, por ejemplo, ese género donde todo sucede según lo previsto y nadie formula preguntas inoportunas. También existen las comparecencias sin preguntas, ese formato que, como las fotos retocadas, dice más por lo que oculta que por lo que muestra. Nadie les obliga a exponerse al escrutinio. Pero no se puede convocar a la prensa o aceptar una entrevista y luego sorprenderse de que haya periodistas en la sala. Es como meterse en una piscina y quejarse de que el agua moja.