Concienciación sobre el ruido

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Basta detenerse un instante para percibir que el mundo humano está lleno de abusos y absurdos. Quizá siempre fue así, pero ahora el estrépito ha alcanzado una categoría superior y parece haber triunfado. La globalización neocapitalista, con su prisa y su codicia, ha puesto la desagradable banda sonora. En la España de ahora —pongamos por caso— apenas el 20% de las personas viven en el medio rural, mientras el 80% restante respiramos al ritmo sonoro de las ciudades.

Y absurdamente, al mismo tiempo que los paisajes rurales se están quedando sin sus sonidos naturales, en las urbes —que ya los perdieron casi al completo— el ruido ha crecido hasta niveles ensordecedores, por mucho que la UE pretenda, ahora, renaturalizarnos. Dicho de otro modo: en el campo vamos acallando las voces que nos dan vida (incluida la del ser humano), mientras que en la ciudad toleramos todo tipo de estruendos desagradables.

El ruido urbano es una de las injusticias más cotidianas y evidentes: unos lo producen y otros lo sufren. Y hasta la fecha ninguna mayoría corporativa municipal ha querido —o sabido— ponerle freno, amparándose en que crea empleo. Al contrario. Coches, motos, furgonetas del comercio electrónico, camiones, autobuses, el martilleo de las obras y las terrazas y bares nocturnos disfrutan de una obscena impunidad. En pocas décadas hemos sido capaces de construir motores más potentes que reducen al mínimo el consumo de combustible, pero el ruido que emiten sigue siendo enorme. Tal vez porque muchos lo consideran una molestia menor, e incluso les gusta.

Sin embargo, el cuerpo humano no está diseñado para vivir permanentemente con esta desafinadísima melodía urbanícola. La OMS lleva años advirtiéndonos de que el ruido metropolitano es dañino por encima de los 65 decibelios, y que la exposición prolongada provoca estrés, ansiedad, trastornos del sueño, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, pérdida auditiva crónica, deterioro cognitivo y, en los más jóvenes, problemas de aprendizaje. Lo saben bien los sufridos vecinos de las zonas de ocio o de tráfico constante.

Señores alcaldes, señores fabricantes de las máquinas, señores hosteleros: el ruido es un asesino silencioso que acorta la vida del ciudadano y, aunque no se vea, tiene efectos graves y permanentes sobre la salud física y mental, comparables a la contaminación del aire. Los más vulnerables son los niños y los ancianos. Y los más estúpidos los del acelerón chirriante, los del claxon airado, los moteros del estruendo por capricho, los ediles que firman ordenanzas que no hacen cumplir, las policías locales que miran (o escuchan) hacia otro lado, los hosteleros que reclaman derechos para molestar y los gamberros que se divierten a costa de no dejar dormir en paz.

Resulta insufrible que las ciudades actuales acaben pareciéndose tanto en este aspecto. Aunque sus monumentos sean diferentes, todas ofrecen lo mismo. Las corporaciones locales se han rendido al turismo, a que sus habitantes soporten el ruido o se muden al extrarradio si pueden. A lo fácil. En lugar de generar tejido social, nuevos modelos productivos y condiciones favorables para el pequeño comercio —que es el que menos ruido genera y más ciudad construye—, se promueven grandes superficies y un turismo desmedido.

Al mismo tiempo, las estrategias municipales “venden” a su ciudad como abierta, acogedora, paraíso del buen vivir y del buen comer, escenario perfecto para cine y televisión, sede de eventos multitudinarios, paradigma de la sostenibilidad y protectora de sus vecinos y su medio ambiente. Pero la realidad es otra: las ciudades cada vez están peor administradas para garantizar una vida saludable para sus ciudadanos. Solo piensan en atraer visitantes e inversores externos. Y ese éxito marketiniano termina por erosionar la convivencia y la habitabilidad.

Lo ha dejado escrito Pedro Bravo en su último libro: la vida urbana se está convirtiendo en un espectáculo para disfrute de unos públicos que asisten a él como clientes y no como habitantes. Me da lo mismo Nueva York, Ámsterdam, Barcelona, Londres o Logroño: todas ofrecen a sus vecinos la misma masificación, hábitos de usar y tirar y sonidos abusivos.

Mientras tanto, el campo sufre la incongruencia de estar quedándose mudo. Investigaciones recientes nos ha revelado un secreto a voces: en Europa, casi el 80% de las aves de los medios agrarios ha reducido su presencia en apenas una década; España está entre las regiones más afectadas. El uso excesivo de pesticidas y fertilizantes agrícolas, la eliminación de linderos, setos y barbechos, el cambio climático y los monocultivos son las principales responsables de esta pérdida tan abusiva como absurda.

Los cantos de las aves, los de los saltamontes y grillos, siguen desapareciendo sin apenas hacer ruido social, mientras que en las ciudades se abusa de los cláxones y altavoces. Tal vez por ello convendría recordar que, desde 1996, cada último miércoles de abril se celebra El Día Internacional de Concienciación sobre el Ruido. Una efeméride demasiado silenciosa.