Los destinos de la tradición
En diciembre de 1829 se prohibió el sati, la antigua tradición hindú de quemar a la viuda en la pira funeraria de su marido. Esta cruel tradición no fue una exclusividad oriental y algunos como Giordano Bruno, tal vez el más original de los pensadores renacentistas, lo pudo comprobar el 17 de febrero de 1600 cuando moría en la hoguera desnudo, atado a un palo y con la lengua sujeta por un trozo de madera para que no pudiera hablar tras haber desafiado a la Iglesia católica afirmando que la tierra no era el centro del universo.
El canibalismo, la guerra, la lapidación, la muerte en la hoguera, la esclavitud, el machismo, son tradiciones execrables, más execrables cuanto más tradicionales. Y sin embargo “La tradición es la tradición” o “No se puede romper una tradición” fueron los principales argumentos esgrimidos por varios cofrades de Sagunto para justificar su rechazo a que las mujeres puedan procesionar con ellos en la Semana Santa. La votación celebrada en una ermita en la que participaron solo hombres, arrojó el resultado de 267 votos en contra y 114 a favor de modificar un artículo de los estatutos para cambiar la palabra “varones” por la de “personas”. Al parecer hay 267 varones (28 cofrades más que hace cuatro años) que no se sienten personas o que necesitan sentirse varones para hacer impersonales a otras personas llamadas mujeres. Resulta curioso porque la palabra varón proviene del latín y originalmente significaba “hombre esforzado o valiente”. Sin embargo, no parece que el esfuerzo intelectual de estos varones ni su valentía moral sea acorde al sustantivo por ellos votado desde otro sustantivo masculino denominado machismo.
Ninguna herida es un destino si tenemos la cura que pueda cauterizarla y nos alejamos de la parálisis que la tradición parece haber puesto en nuestro devenir. Ninguna tradición es un destino y menos cuando es un desatino. Hay tradiciones estúpidas, tradiciones trágicas, tradiciones asesinas, tradiciones respetables y tradiciones muy traicioneras. Puesto que la palabra tradición y la palabra traición tienen la misma raíz latina aprovechémosla para recordar que debemos traicionar las tradiciones que atentan contra la igualdad. Y que, asimismo, deberíamos no traicionar el hecho de que esa misma igualdad debe pesar más en la identidad de una sociedad que el conjunto de todas sus tradiciones. No podemos seguir haciendo lo mismo cuando nada es lo mismo porque la transformación de nuestros hábitos es algo que forma parte de nuestro modo de ser tan modificado y tan modificable en el largo transcurrir de la especie humana.
Decía el filósofo Ortega y Gasset que las revoluciones se hacen contra los usos, no contra los abusos porque, si son únicamente contra los abusos, se quedan en meras revueltas que arreglan muy poco debido a que se mantienen los usos habituales en el país que ocurren. Y hay usos que debemos poner en desuso por los abusos que conllevan. Por encima de las tradiciones están los derechos y muchos de esos jóvenes que ahora enarbolan su ignorancia en forma de costumbre han podido estudiar gracias a que se pudo romper la vieja tradición de que solo unos pocos podían acceder a la educación. Ellos también se enfrentan cada día a muchas tradiciones que cercenan su forma de relacionarse esgrimiendo que forman parte de otra generación y que viven en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa.
“Hay cuatro obstáculos para alcanzar la verdad que acechan a todos los hombres, pese a su erudición, y que raramente permiten a nadie acceder con títulos claros al conocimiento; a saber: la sumisión a una autoridad indigna y culpable, la influencia de la costumbre, el prejuicio popular y el ocultamiento de nuestra propia ignorancia acompañado por el despliegue ostentoso de nuestro conocimiento”. Lo dijo el filósofo y escolástico inglés Roger Bacon allá por el siglo XIII, pero aún conserva intacta su vigencia para este tiempo y para este lugar. Algunas veces ir contra la tradición es hacer una enmienda a la “tontalidad” de quien más que cofrade es “con fraude” de ley, como sentenció en un caso similar el Tribunal Constitucional en aplicación, entre otros, del principio de igualdad establecido en el artículo 14 de la Constitución que pone en su sitio a la tradición. Y, mientras tanto, el arzobispado de Valencia, siguiendo la tradición, guarda un sepulcral y blanqueado silencio, algo extraño con lo aficionada que es la jerarquía de la Iglesia católica a opinar de lo divino y de lo humano. Quizás espere a la Procesión del Silencio para que alguna mujer lo rompa a ritmo de saeta: “¿Dónde vas, paloma blanca,/ con ese vuelo tan sereno? /Voy a quitarle los clavos/a Jesús, el Nazareno”. Urge desclavar las tradiciones enclavadas en la dureza de las tablas que permanecen fuera de la ley.