La disonancia imperial

19 de abril de 2026 10:14 h

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La imagen, aunque surrealista, no es metáfora. Ocurrió en 2018 en el vasto desierto de Arizona, cuando agentes de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos detuvieron a dos hombres de la Nación Tohono O'odham para verificar su estatus migratorio. No había ningún error burocrático. Los agentes, en terreno de la reserva indígena que cruza la frontera política entre México y Estados Unidos, desconfiaban de la apariencia de aquellos ciudadanos estadounidenses, miembros de una comunidad cuyas raíces en ese paisaje se pierden siglos antes de que existiera un pasaporte o una valla. Este incidente, documentado por observadores internacionales, condensa una paradoja perfecta y desgarradora: el aparato estatal de un país colonial, diseñado para vigilar y expulsar al forastero, se aplica contra los únicos que, en sentido estricto, nunca migraron a ninguna parte. La paradoja no es un vestigio del pasado. Según un reporte de la organización Native American Rights Fund (NARF), este tipo de incidentes fronterizos que involucran a miembros de tribus cuyos territorios son divididos por la frontera continúan ocurriendo de forma regular, con al menos una docena de casos documentados solo entre 2021 y 2023. Es la lógica última de la conquista: primero te quitan la tierra, luego te declaran ilegal en ella. Como reza el lema del movimiento chicano, nosotros no cruzamos la frontera, la frontera nos cruzó a nosotros.

Este no es un caso aislado, sino el síntoma de una maquinaria cuyo combustible es una amnesia identitaria masiva. Para entenderla, hay que mirar al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE. Desde su creación en 2003, su presupuesto no ha dejado de crecer, superando los diez mil millones de dólares anuales en 2024 y disparándose hasta los 85.000 millones tras la aprobación de la One Big Beautiful Bill Act en julio de 2025. Pero su verdadero poder no radica en el dinero, sino en un mandato que ha convertido la frontera en un fantasma móvil. Bajo programas como Secure Communities, la colaboración entre policías locales y el ICE transformó una multa de tráfico en un condado de Kansas en el posible inicio de un procedimiento de deportación. La frontera ya no está solo en el Río Grande; se internalizó, haciéndose presente en cualquier interacción entre un cuerpo leído como sospechoso y la autoridad. El resultado lo cuantifica el centro TRAC de la Universidad de Syracuse: bajo la administración Trump, las detenciones de inmigrantes sin antecedentes penales aumentaron un 40%. No se perseguía un delito, sino una condición: la de ser un cuerpo fuera de lugar en el relato nacional.

Y aquí surge la primera gran disonancia. ¿Quién define ese lugar? La respuesta se teje en los pliegues olvidados de la historia estadounidense. La retórica de Make America Great Again y el movimiento MAGA se alimentan de la nostalgia por una homogeneidad blanca y anglosajona que es, ante todo, un mito. Como explica la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz, Estados Unidos fue fundado como un Estado colonial de colonos, un proyecto expansionista –el Destino Manifiesto– que requirió el exterminio de poblaciones nativas y la esclavitud masiva de africanos. La grandeza nunca fue pura; se cimentó sobre un genocidio y un sistema de castas raciales. El país de las oportunidades, sí, pero solo para algunos. Sin embargo, el mito es más fuerte que el hecho. Un estudio de la Universidad de Wisconsin-Madison encontró que los seguidores de Trump tienden a renegociar los hechos históricos para alinear el pasado con una identidad nacional positiva y sin mancha, minimizando la esclavitud o la segregación. La amnesia no es un descuido; es un requisito de pertenencia. Esta misma lógica amnésica opera en la obsesión por la blancura pura, una obsesión que no se detiene en lo simbólico, sino que desciende, con una literalidad casi clínica, hasta el cuerpo mismo. La moda del blanqueamiento anal —cuya demanda ha crecido de forma significativa en la última década, según un informe de 2022 de la Academia Americana de Dermatología— lleva esa lógica a su expresión más grotesca y reveladora: la necesidad de purificar incluso lo que no se ve, reflejo de una ansiedad identitaria que necesita borrar cualquier rastro de diferencia.

Esta dinámica de olvido y pertenencia explica la segunda y más profunda disonancia: la de aquellos que, para encajar en el sueño blanco, tuvieron que aprender a odiar su propio reflejo. En los siglos XIX y principios del XX, oleadas de inmigrantes irlandeses, italianos, judíos ashkenazis y eslavos llegaron a Estados Unidos y no fueron recibidos como blancos. La ciencia racial de la época y los informes del Congreso, como el Informe Dillingham de 1911, los clasificaban como razas separadas e inferiores, menos aptas para la autogobierno. Su camino hacia la blancura, como detalla la historiadora Nell Irvin Painter, fue un lento y doloroso proceso de asimilación que implicó un pacto fáustico: ganar aceptación significó distanciarse activamente de los negros, adoptar la jerarquía racial anglosajona y dirigir hacia abajo el desprecio que antes recibían. Aprendieron que para ser considerados blancos, a veces hay que disparar contra el espejo de la propia historia. Esta tensión se encarna de forma irónica en la propia biografía del artífice de la retórica MAGA. La familia de Donald Trump desciende de inmigrantes alemanes; su abuelo, Frederick Trump, nació en Kallstadt, Alemania, y emigró a Estados Unidos en 1885. El apellido original era Drumpf, una germanidad que fue anglicanizada en el proceso de asimilación. El líder que hoy encarna la defensa de una América blanca y autóctona es, él mismo, producto de esa misma ola migratoria que una vez fue mirada con recelo.

Hoy, la demografía del apoyo a Trump y al MAGA está impregnada de este legado. No es el voto uniforme de una élite económica blanca, sino, como muestran los datos del Pew Research Center, el de blancos sin título universitario de zonas rurales y pequeñas ciudades, muchos de ellos descendientes de aquellos inmigrantes blanqueados. Su apoyo no se explica solo por la economía, sino por una ansiedad profunda sobre el estatus y la identidad en un país que cambia demográficamente. Para ellos, la retórica de Trump no inventó un enemigo; canalizó un miedo ancestral y les ofreció un guion heroico: ya no son los recién llegados en busca de aceptación, sino los verdaderos estadounidenses, los nativos auténticos sitiados por una nueva invasión. Es la inversión final de la historia: el colonizado internaliza tan completamente la mentalidad del conquistador que se apropia incluso del estatus de víctima originaria.

Desde la asimilación forzosa hasta el apoyo activo: el mecanismo encuentra su expresión política más retorcida en una nueva disonancia. No se trata solo de hijos de inmigrantes que votan por políticas que habrían expulsado a sus abuelos; en la coalición de Trump, este síndrome adopta formas aún más paradójicas. Un análisis del Pew Research Center de 2020 reveló que, si bien los votantes latinos en su mayoría apoyaron a Joe Biden, Trump incrementó su porcentaje de voto entre los hispanos en comparación con 2016, logrando cerca del 38% según algunas encuestas a pie de urna. Este apoyo, aunque minoritario, es significativo. Se concentra en sectores que, tras haber logrado un estatus económico o legal precario, buscan distinguirse de los recién llegados, repitiendo el viejo patrón de asimilación a través de la exclusión del otro más vulnerable. Pero la paradoja se profundiza al cruzar fronteras. 

Figuras como María Corina Machado, oposición venezolana de línea dura, encontraron en la retórica trumpista de América First y en su demonización del chavismo un aliado poderoso, a pesar de que la política migratoria de ese mismo aliado era notoriamente hostil hacia venezolanos y otros latinoamericanos en busca de asilo. El desenlace confirmó lo que la lógica ya anunciaba: Trump deportó a venezolanos a El Salvador, negoció con los aliados de Maduro cuando le convino, y dejó a Machado sin el respaldo que había convertido en eje de su estrategia. Este alineamiento nunca fue pragmatismo geopolítico. Fue la lógica del colonizado que internaliza la mentalidad del conquistador hasta el punto de justificar su propia subordinación: víctimas de un proyecto imperial anterior buscaron la protección del poder hegemónico contemporáneo, y ese poder los redujo exactamente a lo que siempre hace con sus vasallos: peones útiles mientras convienen, prescindibles en cuanto no.

La narrativa de la invasión, amplificada miles de veces en medios como Fox News, sirve para sellar este pacto. Presenta al inmigrante latinoamericano, y por extensión a cualquier persona de apariencia no blanca, como una amenaza existencial para la nación. Esta lógica ignora deliberadamente que grandes extensiones del suroeste estadounidense, como el Arizona donde viven los Tohono O'odham, fueron arrancadas a México por la fuerza en el siglo XIX. En este relato, el verdadero invasor es quien cruza la línea hoy, no quien la dibujó a sangre y fuego ayer. La paradoja se resuelve entonces no con la razón, sino con la fuerza bruta. El Proyecto de Leyes de Odio del Southern Poverty Law Center documenta cómo los grupos de odio se han multiplicado bajo este clima, muchos abrazando la teoría conspirativa del gran reemplazo. La violencia es el corolario inevitable. El tiroteo masivo de El Paso en 2019, donde el asesino viajó cientos de kilómetros para atacar a mexicoamericanos citando la invasión hispana, no fue un acto de locura aislada, sino la ejecución lógica de un discurso político que deshumaniza. Los crímenes de odio motivados por prejuicios contra la etnia hispana o latina alcanzaron en 2023 los 812 incidentes registrados por el FBI, un 42,7% más que en 2020 y el dato más alto desde que la agencia comenzó a recopilar estadísticas.

Esta gramática del poder, que deshumaniza para después negar, no se limita a los votantes o a las figuras extranjeras; se institucionaliza en el corazón mismo del Estado. En 2025, un año récord para la agencia, 32 personas murieron bajo custodia o a manos del ICE, entre ellas Renee Nicole Good, poeta y madre de tres hijos disparada por el agente Jonathan Ross en Mineápolis el 7 de enero de 2026 mientras actuaba como observadora ciudadana en una redada —su muerte fue el noveno tiroteo de agentes del ICE desde septiembre de 2025—. La respuesta de la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, cuando un periodista preguntó por esas 32 muertes no fue una aclaración, sino un ritual de purificación discursiva. Al tachar al periodista de activista de izquierdas por el simple hecho de nombrar los hechos, ejecutó la operación definitiva: convertir la evidencia de la violencia de Estado en un síntoma de la parcialidad de quien la menciona. La cifra deja de ser un dato verificable para convertirse en un arma ideológica. Es la amnesia activa traducida a táctica de comunicación: no se discute lo ocurrido, se descalifica el derecho a preguntar sobre ello. Así, el círculo de la disonancia se cierra sobre sí mismo. La maquinaria que produce la violencia (ICE) y la que la justifica (la narrativa oficial) se sincronizan para silenciar cualquier reflejo incómodo, incluso —o especialmente— cuando ese reflejo es el rostro de una poeta asesinada o una estadística de muertes en custodia. La ficción se defiende declarando la realidad como un acto de guerra partidista.

El votante descendiente de sicilianos que pide un muro más alto y el agente que detiene al nativo Tohono O'odham no son hipócritas inconscientes. Son los centinelas de una ficción necesaria: la blancura como identidad, que es en sí misma una construcción movediza, un club cuyas reglas de entrada exigen olvidar la propia procedencia. El nativo detenido en su tierra es el espejo que este sueño no puede quebrar. Su mera existencia, anterior a cualquier frontera, es la prueba viviente de que la América blanca es un castillo de arena construido sobre una fosa común. Por eso la violencia debe ser constante: para negar, una y otra vez, el reflejo incómodo. Y mientras esa ficción se sostenga, el último acto de la colonización seguirá repitiéndose en el vasto desierto de Arizona, en una calle nevada de Mineápolis, en cualquier lugar donde un cuerpo considerado fuera de lugar se cruce con el aparato del Estado.