Identidades asesinas
Procedente del laboratorio de la codicia o quizás de haberse comido un bocadillo de superioridad inhumana en mal estado con salsa de narcisismo, la manada de artiodáctilos con forma humana sigue apareciendo como otra peste porcina que afecta a algunos seres erguidos en apariencia pero con el cerebro propio de la familia de los suidos y continúa extendiéndose sin ser convenientemente perimetrada.
Ya han sido asesinadas seis mujeres al comienzo de este año y parece que el machismo identitario ha permeado y se ha normalizado en medio de una intolerable aceptación en todos los ámbitos de nuestra sociedad a causa del cómplice sigilo, fundamentalmente del género masculino plural. No solo se trata del insoportable silencio en los partidos políticos, la soledad de abandono delante de los jueces o la normalización en las calles, en las casas, en los bares. Hay una implacable omertá social que, como la peste porcina, tal vez haya salido del laboratorio humano en el que la inercia, la costumbre, el prejuicio y la tradición conforman su estructura al mezclarse con el ácido de la indecencia y el óxido de la ruindad. Y en ese contexto ocurre que casi la mitad de los hombres jóvenes considera que la violencia de género no es un problema grave en la sociedad y alrededor del 60 % dicen identificarse con posiciones machistas.
¡Identidades asesinas es un libro en el que el escritor Amin Maalouf hace una denuncia apasionada de la locura que incita a los hombres a matarse entre sí en el nombre de una etnia lengua o religión. Desde su condición de ser humano situado entre Oriente y Occidente defiende la ciudadanía frente a la tribu recordando que la identidad no se nos da de una vez por todas sino que se va construyendo a lo largo de toda nuestra existencia.
En efecto, dar prioridad a las reivindicaciones de los individuos tiene el precio de debilitar el sentido del propósito común. Vivimos en una sociedad individualista que no construye individualidades pensantes sino individuos seguidistas que cada día se anclan a identidades imaginarias. Muchas veces dejamos en la superficie de los símbolos las advertencias de su carga simbólica. Y, como afirma la filósofa Victoria Camps, poner el énfasis en lo identitario produce un efecto adverso que acaba siendo excluyente porque subrayar el valor de una identidad solo se puede hacer en detrimento de otra identidad.
A pesar de que la evolución nos ha dado las herramientas para ser más empáticos, sociables, cooperativos y solidarios, algunas veces nos esforzamos en emitir destellos de que la evolución involuciona y nos aferramos a imaginarios inmediatos y viscerales sin hacer un “examen de identidad” con la mirada puesta en nuestro mestizaje físico y mental. Y sin preguntarnos qué queremos ser, qué aspiramos a ser y cómo queremos serlo porque las preguntas calmadas suelen ser un muro de contención contra las reacciones viscerales.
Apelar constantemente a la identidad como un destino irremediable, además de falso, es peligroso. Falso, porque el ser humano es un animal en construcción que busca saber quién es. Y peligroso, porque poner cualquier identidad por encima del bien común conduce a la autocracia y a la barbarie. Si somos un conjunto de átomos más o menos desordenados, vivir es una búsqueda constante del orden que suponen la confianza, la cooperación y la convivencia. Cuando dejamos de pensar en lo común acabamos creyendo en lo propio sin darnos cuenta de que, en realidad, nada nos pertenece sino que nosotros pertenecemos a la nada. Esa sí que es una identidad incontestable que debe constituir un antídoto de vida contra las identidades asesinas.