La mujer que dormía en la biblioteca
Son las doce y cuarenta y cinco del medio día en la Biblioteca Pública y una mujer duerme en una silla junto a la sección de novedades. Dormir no es exactamente la palabra. Se despliega sobre la silla en un escorzo improbable, como si su cuerpo hubiera decidido practicar geometría aplicada en mitad de la literatura contemporánea. Traza una diagonal entre el respaldo y la tarima que recorre el suelo. Si un arquitecto pasara por allí quizá lo llamaría ‘tensión estructural’. Si pasara un médico diría ‘contractura segura’. Pero la mujer duerme.
Duerme profundamente, con esa concentración que solo alcanzan los bebés, los gatos y las personas agotadas. Viste mallas negras, una sudadera gris con capucha bajo un anorak negro y unas zapatillas New Balance. Es el uniforme universal del cansancio moderno. Cómodo, discreto y preparado para salir corriendo, que es como vivimos casi todos.
Quizá esté agotada. Quizá duerme diez minutos antes de recoger a los niños del colegio, ese momento del día en que el reloj se vuelve un entrenador personal gritándote que no aflojes. Quizá los días son demasiado largos y en casa resulta imposible descansar porque las casas modernas -sobre todo si hay niños- funcionan como aeropuertos pequeños, siempre hay algo aterrizando o despegando. Quizá reposa después de una jornada aplastante de trabajo; quizá en horario nocturno y sin tregua para abordar el resto del día. Y así una vez y otra.
O quizá huye. No necesariamente de algo dramático. A veces uno huye simplemente del ruido del mundo, que últimamente parece un programa de tertulia permanente. Y la biblioteca, con su silencio disciplinado, se convierte en un refugio tan lógico como un paraguas cuando empieza a llover.
La mujer duerme al lado de la sección de novedades, lo cual tiene algo de ironía involuntaria. Mientras las últimas publicaciones intentan conquistar lectores con portadas llamativas, ella conquista algo mucho más difícil, quince minutos de paz.
Quizá elige la biblioteca para dormir porque las historias que habitan en los libros se filtran en sus sueños. Tal vez en este momento esté abordando un galeón pirata, negociando una traición palaciega o besando a alguien bajo un farol decimonónico. Quizá viaja al centro de la Tierra o atraviesa una galaxia desconocida mientras su cuerpo permanece ligeramente torcido sobre una silla.
Puede que incluso esté resolviendo un caso de asesinato con Sam Spade o caminando por una calle oscura de Los Ángeles junto a Philip Marlowe. Dormir en una biblioteca tiene la ventaja de que el subconsciente dispone de una biblioteca de guiones infinitos para soñar.
A su lado, un hombre lee el periódico con la concentración de quien todavía cree que entender la actualidad es posible. Un poco más allá, en el interior de la zona de cómic, un joven ojea Maus, de Art Spiegelman, ese libro que demuestra que incluso el horror puede convertirse en memoria dibujada. Volverá a pasar.
La biblioteca funciona así, cada uno vive una historia distinta desde el mismo silencio. Fuera, imagino, la ciudad corre. Coches, semáforos, recados, trabajos, conversaciones que empiezan con “voy fatal de tiempo”. Dentro, en cambio, una mujer duerme en una silla incómoda como si hubiera encontrado el único lugar del mundo donde nadie le exige nada.
Hay algo profundamente hermoso en esa escena. Las bibliotecas guardan libros, pero a veces también resguardan personas durante un rato. Un lugar donde alguien puede dormir quince minutos sin que nadie le pregunte por qué. Servicio público.