La suspensión del tiempo en Gaza

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El concepto de tiempo Auschwitz, desarrollado por la antropóloga Paz Moreno Feliu para describir la anulación sistemática de las referencias temporales en los campos de exterminio, ofrece un marco teórico profundo para analizar la experiencia de la población gazatí durante la ofensiva militar iniciada en octubre de 2023. En Gaza se ha instaurado una suspensión del tiempo –un presente perpetuo– cuyos efectos psicosociales presentan significativos paralelismos con aquel tiempo aniquilador, particularmente en lo que respecta a la destrucción de la proyectividad vital. Este análisis se enmarca en el contraste teórico entre este tiempo suspendido y el tiempo estructural orientado al futuro que Ángel Díaz de Rada identificó en las instituciones escolares: un tiempo que, lejos de ser neutro, constituye un campo de batalla donde se libra la lucha por la dignidad humana. Mientras el tiempo estructural proyecta al individuo hacia un porvenir previsible, el tiempo Auschwitz representa la destrucción deliberada de toda referencia temporal. Según Feliu, en los campos se buscaba la anulación de casi todas las referencias temporales tenidas por objetivas para sumir al recluso en un presente continuo y desesperanzado, donde la supresión de las expectativas traslada la relación con el tiempo hacia el presente y lo que reste de pasado. Este marco, aplicado a Gaza, ilumina una dimensión a menudo invisibilizada de la violencia. Allí donde el tiempo se suspende, también se suspende la posibilidad misma de vida civil: la escuela, el hospital o la casa dejan de pertenecer al mundo de lo cotidiano y pasan a ser restos de un futuro que ya no llegará.

Los informes de organismos internacionales registran el colapso sistemático de las instituciones que estructuran el tiempo social en Gaza, un proceso que se ha intensificado de forma catastrófica desde octubre de 2023. Según UNICEF, todas las escuelas han sido dañadas, destruidas o convertidas en refugios, afectando a 625.000 estudiantes y cancelando el año académico 2023-2024. El Banco Mundial reporta que el PIB de Gaza se contrajo un 86% en el último trimestre de 2023 y la tasa de desempleo supera el 90%, eliminando los ritmos laborales y toda capacidad de planificación económica. La Organización Mundial de la Salud documenta que solo 12 de los 36 hospitales funcionan de manera parcial, cronificando condiciones tratables y eliminando el acceso a cuidados regulares, incluida la salud mental. Esta aniquilación tiene una dimensión espacial inseparable. Según análisis de satélite de UNITAR, el 62% de todos los edificios en Gaza han sido dañados o destruidos, incluyendo 352 instalaciones educativas, 45 centros de salud y 45 mezquitas históricas reducidas a escombros. Esta destrucción crea no-lugares a escala masiva: espacios sin historia, sin memoria, sin futuro. Como señala el urbanista gazatí Tareq Baconi, la destrucción no es aleatoria: se enfoca precisamente en aquellos lugares que dan continuidad histórica y proyectividad futura a la sociedad palestina, reflejando la misma supresión de los anclajes externos del tiempo que Feliu identificaba en los campos de exterminio.

La devastación también alcanza las raíces agrícolas y la conexión con los ciclos naturales. La FAO reporta que más del 40% de la superficie agrícola ha sido destruida o gravemente dañada, incluyendo más del 70% de los invernaderos, el 22% de las tierras de cultivo de olivos y el 36% de los rebaños de ganado. Esta aniquilación no solo representa una catástrofe alimentaria –el 100% de la población enfrenta inseguridad alimentaria crítica–, sino que rompe lo que el antropólogo Eduardo Archetti denominaba la temporalidad encarnada en el paisaje, eliminando un pilar fundamental de la memoria y la identidad colectiva.

La pregunta sobre si esta aniquilación temporal constituye un cronocidio deliberado o una consecuencia catastrófica de la guerra requiere una lectura histórica estratificada. La evidencia sugiere que la suspensión del tiempo en Gaza es tanto la culminación de un asedio cronificado como la implementación de una lógica estratégica contemporánea. Antes de octubre de 2023, Gaza ya vivía bajo un bloqueo que la ONU calificaba de “castigo colectivo” desde 2007, un régimen que por sí mismo había distorsionado profundamente el tiempo social. Según informes de UNCTAD (2022), el bloqueo había creado una “trampa de des-desarrollo” donde el 53% de la población vivía en pobreza y el desempleo juvenil superaba el 70%, haciendo de la planificación a largo plazo una imposibilidad estructural. La ofensiva posterior no hizo sino llevar esta suspensión temporal a su expresión límite, acelerando y materializando en escala masiva lo que el asedio ya había normalizado como condición permanente. La destrucción selectiva de universidades, archivos históricos y centros de investigación —como la Universidad Islámica de Gaza, fundada en 1978 y severamente dañada en ataques documentados por UNESCO— sugiere, como analiza el profesor gazatí Tareq Baconi (2024), una focalización en aquellas instituciones que encarnan la continuidad histórica y la capacidad de proyectar soberanía futura. Así, el cronocidio no sería un evento singular, sino la fase más aguda de un proceso de asfixia temporal que busca anular la capacidad de un pueblo para existir como sujeto político con futuro propio.

Los testimonios recogidos por organizaciones humanitarias reflejan una experiencia temporal que resuena profundamente con el tiempo Auschwitz. La rutina se reduce a la búsqueda obsesiva de electricidad, agua, comida y combustible. Un informe de Médicos Sin Fronteras recoge la frase recurrente: vivimos hora tras hora, el mañana no existe. Un trabajador sanitario declaró a Amnistía Internacional: antes planificábamos la universidad de nuestros hijos, nuestras carreras. Ahora el futuro es una palabra vacía. Solo existe el ahora y el miedo. La Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios reporta que más del 85% de la población ha sido desplazada, a menudo múltiples veces, anulando bodas, funerales y otras ceremonias que actúan como anclajes temporales.

Esta suspensión trasciende lo físico para instalarse en lo psíquico. Psicólogos en la región reportan el surgimiento de un síndrome del presente perpetuo: la incapacidad de proyectarse más allá de las siguientes horas, lo que Feliu identificaba como la transferencia de la relación con el tiempo hacia el presente. Un trabajador de salud mental entrevistado por Save the Children explica: los niños ya no dibujan su casa del futuro, ni su profesión soñada. Dibujan tanques, aviones y la búsqueda de agua. Han perdido la capacidad de imaginar un mañana diferente. La OMS reporta que los casos de depresión y ansiedad se han triplicado, pero el 95% de las personas que necesitan atención psicológica no la reciben. El trauma no tratado se manifiesta en lo que los locales llaman tiempo circular: días que se repiten idénticos, sin progresión ni sentido.

La suspensión afecta de manera diferenciada a cada generación, creando un trauma temporal estratificado. Para los ancianos, este presente perpetuo representa la repetición de experiencias históricas; el historiador Rashid Khalidi documenta cómo la Nakba no es solo un evento del pasado, sino una condición continua. Para la generación intermedia, significa el colapso de sus proyectos de vida, con el 90% de los empleos perdidos desde octubre de 2023. Pero es entre los niños donde los efectos son más devastadores: 625.000 menores con la educación interrumpida, el 92% con signos de estrés estructural interiorizado y el 80% reportando síntomas de estrés agudo, lo que los psicólogos denominan pérdida de la ilusión de futuro, componente esencial para la formación identitaria.

Frente a esta aniquilación, emergen prácticas de resistencia que buscan reconstruir la temporalidad humana, reflejando la capacidad humana de articular sistemas de prácticas simbólicas para reclamar el tiempo, como señalaba Díaz de Rada. Maestros voluntarios organizan escuelas de resistencia entre escombros, reconstruyendo horarios y rituales básicos; jóvenes crean archivos digitales de lugares destruidos para preservar la memoria espacial y temporal; familias mantienen tradiciones culinarias y celebraciones en refugios sobrepoblados. Estas estrategias demuestran que, incluso en las condiciones más extremas, la necesidad humana de estructura temporal persiste. Como concluía Feliu, el ser humano busca anclajes temporales como mecanismo de supervivencia psíquica, creando burbujas temporales incluso cuando el tiempo externo ha sido destruido.

Estas estrategias no son solo mecanismos de supervivencia psicológica, sino actos políticos de reafirmación de futuridad. Contra la noción de un tiempo totalmente aniquilado, emerge lo que la investigadora palestina Lila Abu-Lughod (2020) denomina tiempo de la sumud: una temporalidad política activa que, lejos de ser pasiva, construye futuro mediante la insistencia en la memoria y la reproducción cultural. Estudios en psicología política, como los recogidos por el Centro BADIL (2023) sobre resiliencia palestina, muestran cómo narrativas como la Nakba —entendida no solo como trauma pasado sino como marco de memoria que proyecta un imperativo de justicia— y el derecho al retorno (al-awda) funcionan como vectores temporales que conectan generaciones y desafían la clausura del futuro. Esto se materializa en prácticas documentadas: la reconstrucción de bibliotecas comunitarias entre escombros, la enseñanza clandestina de historia palestina, o la meticulosa documentación digital de crímenes de guerra para procesos futuros de justicia transicional. Como señala el antropólogo José Ciro Martínez (2023), ignorar estas formas de futuridad política sería caer en el error de ver a la población gazatí solo como víctima pasiva de un tiempo impuesto, cuando en realidad está constantemente negociando y resistiendo esa imposición a través de lo que él llama temporalidades insurgentes. La paradoja, entonces, es que el mismo poder que busca anular el tiempo futuro palestino se enfrenta a una comunidad que ha convertido la preservación del futuro en el eje mismo de su resistencia.

La experiencia temporal de las mujeres revela dimensiones adicionales. Según UN Women, las mujeres representan el 70% de las personas muertas, alterando radicalmente las estructuras familiares. Enfrentan una triple jornada de la supervivencia: cuidado de dependientes en condiciones extremas, búsqueda diaria de agua y alimentos, y gestión de la salud reproductiva sin acceso a servicios médicos. UNFPA reporta que 55.000 mujeres embarazadas enfrentan condiciones catastróficas, con 5.500 partos mensuales sin atención adecuada. Una partera gazatí describe partos en el limbo temporal. Damos a luz sin saber si nuestros hijos tendrán futuro. Esta hiper-presencialidad forzada las sitúa en la primera línea de resistencia contra la des-temporalización, al tiempo que las expone a riesgos físicos y traumas psicológicos únicos.

La reconstrucción de Gaza, cuando llegue, deberá abordar no solo la dimensión material sino también la temporal. Primero, restaurando los rituales colectivos que proporcionan anclajes temporales para reconstruir la continuidad identitaria. Segundo, priorizando la reconstrucción educativa como restauración de la proyectividad; UNESCO ya desarrolla protocolos reconociendo que la vuelta a la rutina escolar constituye una intervención psicosocial crítica en contextos de trauma masivo. Finalmente, considerando la justicia temporal como dimensión de la reparación: reconocer oficialmente el tiempo robado –años de educación perdidos, proyectos de vida interrumpidos– y desarrollar mecanismos de compensación. Como concluye Feliu, la restitución del tiempo es condición necesaria para la restitución de la dignidad. Estas intervenciones deben integrar conceptos locales como sumud (perseverancia) y al-awda (el retorno), vectores temporales cargados de significado político y existencial. Ignorar estas categorías, advierte el antropólogo José Ciro Martínez, puede conducir a intervenciones culturalmente ciegas que fracasen en restablecer un sentido de futuro auténtico.

En el fondo, suspender el tiempo es una forma de someterlo: el poder controla no solo lo que ocurre, sino cuándo puede ocurrir. El conflicto ha destruido deliberadamente el tiempo estructural orientado al futuro y ha instaurado un presente perpetuo que se asemeja al tiempo Auschwitz. Cuando el tiempo queda detenido, también lo hace la capacidad de proyectar una vida: sin un mañana posible, cada gesto se convierte en un intento frágil de sostener un presente que se deshace. La población gazatí no solo lucha por su supervivencia física, sino también por preservar su capacidad de imaginar un futuro. Como se ha señalado, a diferencia de los campos de exterminio, en Gaza persiste una futuridad política encarnada en la resistencia (sumud) y la memoria de la Nakba. El futuro, por tanto, no es solo víctima, sino también campo de batalla explícito. Una dimensión adicional es la temporalidad impuesta por la ayuda humanitaria, que siendo un salvavidas, obliga a adaptarse a ritmos burocráticos y de emergencia que pueden obstaculizar la recuperación de una temporalidad autóctona a largo plazo. No puede dejar de señalarse la paradoja ética de que este análisis se realiza desde la seguridad y proyectividad de la academia. Estudiar la suspensión del tiempo ajeno es, en sí mismo, un acto que refleja el privilegio temporal de quien esto escribe.