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Tócala, Rúper

José Ignacio Foronda

31 de mayo de 2025 09:41 h

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A veces necesitamos distancia para ver las cosas. Es una mierda, ya, no tener ese don, esa chispa para descubrir que eso que sucede en ese preciso instante es algo definitivo, revelador; que ese tipo que te mira te va a cambiar la vida. A veces necesitamos del tiempo y del espacio (del antes o de allá) para saber la importancia de las personas. Porque después solo nos queda la memoria. Con un poco de suerte una foto. Con un poco más de suerte un verso, una canción.

Una nota de voz de Amalia Molina en el wasap me da “la mala noticia de que Rúper ha fallecido”. Leo en la esquela que Roberto Gil Valgañón tenía 71 años y sonrío al ver que ha recibido los santos sacramentos. La sonrisa es mueca al instante.

A la tristeza de su partida se suma la rabia de la desmemoria. Toqué con Rúper en Obras Públikas. No sé ni cómo ni por qué se sumó al proyecto: nosotros éramos unos chavales que queríamos ser artistas en el Logroño de los 80 y él era un músico de una generación mayor, una generación que creció contra la Ley de Peligrosidad Social y a favor de la música. Amante de La Monte Young o los Gong, del soul y la música californiana, la música le llevó a formar parte de bandas logroñesas como Casablanca y la Orquesta Candela. No sé si en Obras Públikas nos miraba desde el final de un camino cuyo final nosotros no sabíamos ver. Pero ahí estaba, con su figura espigada, su media barba, sus gafas o su mirada miope, sus ojos chiquititos y su sonrisa. Venía al local, ensayaba y soplaba en su saxo grande y dorado cualquier canción que le pedíamos, desde “A message to you, Rudy”, de The Specials, a “Walk on the wild side”, de Lou Reed, pasando por el “Je t’aime”, de Serge Gainsbourg.

Sumó. Creo que ese es el mejor verbo que un músico puede aplicar a otro cuando comparten proyecto. Sumó, ayudó, corrigió, enseñó, apoyó. Sopló (y aspiró) y sonrió. Fuimos un grupo distinto cuando nos dejó, pero no podíamos haber sido lo que fuimos sin él. Su saxo tenor dio vida a nuestro ska titulado “(Es tremenda es terrible esta sequía en) Etiopía”. Su saxo tenor deliró en “La locura del doctor muro” (la versión espídica de la canción de Vertical Dadá). Su saxo tenor jugó al escondite en “Nuestra encomiable labor social”. Su saxo tenor empujó como un demonio “El que no corre, vuela”, la canción del Cosculluela. Y su saxo tenor hizo inolvidable “No metas a la tabla en esto”. Siempre, pero más hoy, Rúper es para mí esa canción.

Desde la distancia hablo con viejos amigos de Rúper mientras les comunico su muerte. La rabia permite que se cuelen palabras de cariño. Que era un buen tío y que era un buen músico son las que más se repiten. Ser bueno, la noble aspiración de Antonio Machado. 

Y desde la distancia hablo conmigo mismo mientras escupo contra la muerte. Recuerdo que Rúper montó el primer bar underground de Logroño: el Merlín. Rúper nos abrió un espacio en la ciudad por el que los chicos y las chicas de ayer fuimos pasando a otro mundo. Solo por eso ya se merece la memoria agradecida de unos pocos. 

Que la tierra te sea leve, Rúper, que el recuerdo es firme, como firmes fueron las notas que tocaste.