Tres fuentes de energía limpia producidas con los desechos de la viña desde un laboratorio escolar de La Rioja
La implantación de soluciones sostenibles en el mundo rural no tiene por qué pasar por la competencia entre la agricultura y las energías renovables. Al contrario, ambos mundos pueden aliarse y retroalimentarse. Así lo han demostrado un grupo de alumnos de 4º de ESO del Colegio San Agustín de Calahorra en su proyecto ‘Ebro verde agrofotovoltaico’. Este proyecto integral de economía circular ha sido reconocido como el Proyecto Más Innovador en el Certamen Tecnológico Efigy de la Fundación Naturgy, una convocatoria de ámbito nacional dotada con 2.000 euros a la que se había presentado más de un centenar de trabajos y cuenta en el jurado con científicos del CSIC y del Ministerio de Transición Ecológica.
La profesora Ángeles Ríos Gómez destaca el enorme valor pedagógico que arrastra este certamen, que pone al alumnado en un escenario real. Tras ser seleccionado su proyecto, redactado como un paper científico, los alumnos de Calahorra fueron seleccionados entre los doce finalistas y lo presentaron en tres minutos ante el jurado sobre el escenario del Museo de las Ciencias y las Artes. Allí, también fue reconocido con una Mención de Honor otro proyecto del centro, también semifinalista. Se trata de ‘Palas Verdes’, un proyecto defendido por alumnos de 3º de ESO y tutorizado por la propia Ángeles junto al profesor Eduardo Cácedo. Esta segunda idea consistió en la reutilización de materiales procedentes de las palas viejas de los aerogeneradores combinados con restos de cartón industrial y deshechos de la poda vitivinícola para crear resinas destinadas a la fabricación de nuevas palas eólicas.
Energía limpia a partir del residuo de la uva
La idea de ‘Ebro verde agrofotovoltaico’ surgió rápido en un aula donde muchos de los alumnos tienen familiares que se dedican a la uva, trabajan en bodegas o como agricultores y, por tanto, conocen de primera mano los riesgos del cambio climático en el campo, con muchas sequías, calor y riesgo de incendio. “Nos planteamos cómo podríamos transformar un viñedo del Valle del Ebro en una infraestructura que puede producir energía, alimentos y sostenibilidad al mismo tiempo”, explica María Marín Gonzalo, una de las alumnas participantes. De hecho, fue su propio tío quien aportó los primeros residuos vegetales para dar inicio a las pruebas en el centro, mientras que otros compañeros con bodegas familiares facilitaron datos reales de producción para poder realizar las posteriores extrapolaciones a escala industrial.
Para lograr su objetivo, el equipo inició un exhaustivo trabajo de campo recogiendo residuos en una parcela de viña para su posterior análisis químico en el laboratorio del centro. Así, los alumnos consiguieron exprimir tres vías distintas de aprovechamiento a partir de los restos de la uva y de la poda. En primer lugar, mediante un proceso de pirólisis —una combustión a alta temperatura en ausencia de oxígeno—, los estudiantes lograron convertir los restos de la poda en “carbono puro” o biochar. Este compuesto, al ser devuelto a la tierra, enriquece el suelo ante posibles lluvias torrenciales, al mismo tiempo que la retirada de residuos vegetales del suelo reduce el riesgo de incendios forestales.
Al mismo tiempo, el proyecto abordó los desechos de la propia bodega fijándose en los orujos sobrantes de la primera fermentación. Utilizando levaduras, los alumnos reactivaron una nueva fermentación para obtener bioetanol de segunda generación, un combustible limpio que recibe este apellido precisamente porque procede de un residuo que habitualmente se desecha. El círculo científico se cerró con el aprovechamiento de los hollejos, las pieles de la uva, que maceraron mediante ensayos científicos en el aula para extraer las antocianinas, que son los pigmentos naturales que otorgan el color característico al fruto. Con ellos, los jóvenes elaboraron celdas fotovoltaicas especiales que absorben una longitud de onda diferente a las tradicionales de silicio, planteando estas celdas no como un sustituto de las actuales, sino como un complemento.
Nunca nos hubiésemos imaginado que de la uva podríamos sacar energía
“Todos los residuos de un viñedo y de una bodega lo convertimos en algo útil, tanto para la obtención de energía como para la propia resiliencia del medio, porque evitamos incendios, inundaciones, acumulación de residuos, es una idea muy compacta”, resume la tutora del proyecto Ángeles Ríos, con evidente orgullo por su alumnado. También María está satisfecha de la experiencia que han desarrollado, que ha transformado por completo su perspectiva de la ciencia: “Hemos visto que la ciencia no es sólo lo que aprendemos en clase o lo que nos tenemos que aprender de memoria para un examen, sino que podemos ponerlo a prueba en un laboratorio, investigar todos juntos y ver que también podemos dar soluciones para un futuro mejor desde un laboratorio del cole”.
“Nunca nos hubiésemos imaginado que de la uva podríamos sacar energía”, confiesa esta alumna. De hecho, su tío, después de ayudarles al inicio del proyecto, ya utiliza los residuos, los tritura y los utiliza para mejorar. “Lo siguiente es ver si se atreve a hacer biochar, puede que lo haga”, comentan alumna y profesora, que proponen a las bodegas unirse para procesar sus residuos de forma conjunta para mejorar la rentabilidad y poder producir energía siguiendo esta idea nacida en un laboratorio escolar de Calahorra.