El 26S supera los días de acampada que alcanzó el 15M en Sol: lo ha movido todo, pero no sabe hasta cuándo

Lourdes Barragán

Madrid —
25 de octubre de 2026 21:21 h

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Este domingo el 26S cumple treinta días desde que la acampada de Sol puso su primera tienda. En 24 horas ya eran más de 100; y en pocos días, más de 1.000. Las comparaciones con el año 2011 y su 15M no se hicieron esperar: aquella primavera otro asentamiento de indignados ocupó esa misma plaza, una de las más turísticas de Madrid, en protesta por la situación del país. De todo movimiento amplio surge un eslogan que lo define. Si el de hace 15 años pedía un vuelco completo al sistema bajo el lema “Democracia real ya. No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, esta última acampada apuesta por algo más concreto, que todo el mundo entiende: “Ni una Maricarmen más”.

Cuando se extendió el rumor de las primeras tiendas, las conversaciones sobre la Puerta del Sol pusieron a sus acampados frente al espejo del 15M. “Es bueno que haya pasado, pero no creo que dure lo mismo”, pensaba Elena, de 34 años y, desde hace unos meses, en paro. Ella estuvo en la manifestación del 26 de septiembre, en la que miles de personas recorrieron Madrid y otros puntos de España en solidaridad con la vecina de Retiro, que falleció a los 87 años semanas después de ser desahuciada. Lo hicieron por ella, pero también por sí mismos: “Nadie tiene garantizado el poder morir en su casa”.

En su caso se sintió muy interpelada: una semana antes su casero les había notificado que tendría que dejar su domicilio en febrero. Vive en un piso compartido y en un año se cumplían los cinco mínimos para mantener medianamente estable el precio de su alquiler; pero el propietario alegó la única cláusula por la que podía esquivar la solicitud que ellos hicieron meses antes, antes de que cayera el decreto para pedir la prórroga extraordinaria de dos años en los contratos: que tenía que recuperarla como vivienda habitual porque “a él mismo le habían subido el alquiler”. “O eso decía”, duda Elena.

El precio del alquiler no para de encadenar récords y, con los años, las quejas entre afectados por la hipoteca que impregnaron el 15M se han ampliado ahora a una mayoría de inquilinos, que ni siquiera pueden vivir en la casa de otro. A Maricarmen, que ya se ha convertido en un símbolo de la actual lucha por el mercado de la vivienda, quisieron cobrarle 2.560 euros por un piso de alquiler que antes costaba 500 al mes. Todo por un contrato de hace 70 años que, al morir su madre, ella no pudo subrogar más. El día de su desahucio, ante cientos de personas que asistieron en su apoyo, salió de aquella casa en camilla rodeada de policías, manifestantes y periodistas.

A su lado había personas vestidas con el color naranja, característico del Sindicato de Inquilinas. Aunque, como en mayo de 2011, este movimiento popular crece descabezado y en manos de asambleas multitudinarias y periódicas –además de las comisiones internas, que han desarrollado una microciudad en mitad de Sol con calles delimitadas y avenidas que homenajean luchas sociales; puntos de cuidados, comida gratuita procedente de donaciones e incluso tiendas abiertas, destinadas al teletrabajo–, la visibilidad que fue ganando el Sindicato de Inquilinas con su participación en las negociaciones con Maricarmen también sumó al llamamiento.

Madrid concentra los distritos más caros del país

Este órgano sindical no nació ayer, pero apenas ha cumplido su primera década. El descenso del poder adquisitivo a la par que los salarios se volvían estancos y la vivienda multiplicaba su precio hizo que muchos se vieran donde nunca esperaron: a las puertas de la calle. Un estudio del INE (Instituto Nacional de Estadística) publicado esta misma semana volvía a dar a Madrid la guinda del pastel: 14 de los 15 distritos más caros del país están en la capital. De entre las ciudades analizadas, solo un barrio de Barcelona (Sant Gervasi) se colaba en la cima, con una media de 6.707 euros el metro cuadrado se colaba en la cima. Lidera Recoletos, que alcanza los 10.952 euros el metro cuadrado. En Retiro, donde vivía Maricarmen, ronda los 8.000.

La lucha de esta acampada en 2026 ha nacido muy focalizada en un problema de base, el de la vivienda, al que le atribuyen otros tantos derivados en el ámbito de la salud, el trabajo o la calidad de vida. El 15M fue, según quienes lo vivieron desde la misma plaza de Madrid que hoy vuelve a protagonizar una acampada crítica con el sistema, algo más difuso en cuanto a objetivos. “No es porque no se tuviera claro qué fallaba o cómo haber actuado diferente, sino que el descontento era tan amplio y por tantas cosas acumuladas que había asambleas de todo tipo, desde el principio: por la sanidad pública, por la banca, por las hipotecas, los salarios... la vivienda era entonces un punto más de la lista”, recuerda Lorena, que entonces vivía en casa de sus padres y en el mismo distrito donde Maricarmen no pudo morir.

Hoy vive las acampadas desde otra óptica, más de “observadora” y no tanto como una “parte activa” del movimiento, aunque sí comparte el sentido de la protesta. “Yo ahora vivo de alquiler con mi pareja en Legazpi y, de momento, no tenemos perspectiva de poder comprar una casa”, narra a sus 39 años. Ambos tienen trabajo estable. Aunque la de Puerta del Sol es tal vez la más visible de todas las convocatorias, ha llegado a haber concentraciones de tiendas simultáneas en decenas de ciudades de todo el país: algunas siguen activas a fecha del último recuento consultado (finales de octubre), como Barcelona, Valencia, Sevilla o Palma; otras, desde Málaga a Bilbao, han anunciado su marcha o debaten hasta cuándo mantenerse en pie.

Después de tambalear la política hasta empujar a un adelanto electoral e incluso la primera huelga general desde 2012, saber acertar en los próximos pasos ha sido una cuestión latente, tanto en la acampada como en las instituciones. La última asamblea sobre su futuro acabó casi en tablas. Sobre eso mismo reflexiona otro de los vecinos de Madrid que, en su juventud, vivió las protestas del 15M y ahora encuentra ciertas similitudes al pasear por Sol. Pero también aspectos en los que ambas divergen.

Como entonces, el movimiento en su conjunto se vertebró al tiempo en las asambleas de barrio, partiendo de asociaciones que ya existían en los distritos o empezaban a conformarse al calor de las protestas. Estas traían al debate algunos puntos a tratar y esas posiciones eran incluidas en el orden del día, casi como un mini escenario de lo que hoy puede verse en una comisión municipal al uso. Con la diferencia de que no hablan solo unos portavoces, “pese a que siempre se repitieran caras conocidas” –reseña Luis–, sino que “todo el mundo podía intervenir hasta tal punto que, al final, eso podía parecer más un micro abierto visto desde fuera”.

“Todavía es pronto para decir que esta acampada ha durado más: aunque se dijo que en 2011 desmantelaron en junio [casi un mes después de iniciarse], en agosto todavía seguía habiendo tiendas y continuaron las movilizaciones masivas en la calle”, estima Luis, que no considera aquel último coleteo como algo “residual”, sino una continuación de lo que había significado el 15M. De hecho, ese año había convocadas otras elecciones generales precisamente para noviembre, aunque dos días antes de la fecha anticipada escogida ahora.

Si aún hay algo que ambas acampadas de Sol mantienen en común es, por encima de otras cosas, su rechazo frontal a soluciones parciales. Pese al anuncio de un adelanto electoral y el segundo intento por parte del PSOE de aprobar las medidas de los decretos urgentes tumbados por PP, Vox y Junts, los portavoces de la acampada y las asociaciones vecinales o de vivienda implicadas mantuvieron la senda de una huelga general, convocada finalmente junto a los sindicatos mayoritarios para el próximo 11 de noviembre. “Lejos de ser un movimiento residual, lo que estalla en Sol no termina de irse con la acampada”, resuelve, al despedirse, este vecino de Madrid.