“Me voy a dedicar a disfrutar el barrio”. La jubilación de Julián Hernández, después de 40 años al frente del Eurobar Coppola, deja un enorme vacío en el barrio de Acacias y en toda Arganzuela, distrito popular y de clases medias al sur de Madrid. Pese a ello, los numerosos vecinos que le atajan por la calle camino al que hasta hace semanas era su establecimiento no le guardan reproche alguno. Al contrario, todo son bromas y alabanzas que ya le permiten saborear ese ambiente barrial tal como se había propuesto: “Tienes cara de jubilado”, le comenta el propietario de una farmacia cercana. “Se te ve rejuvenecido”, le dice otra vecina. Solo una transeúnte le muestra su disgusto, aunque con mucho desparpajo: “Me has dejado descuajeringada”.
A Julián le paran por el Paseo Imperial, una de las principales arterias de la zona, como si fuera eso, su emperador. Una decena de personas en los pocos cientos de metros que separan la cafetería donde atiende a Somos Arganzuela del local al que ha dedicado las cuatro últimas décadas de su vida. Con 71 años ya cumplidos, el pasado 28 de diciembre fue su último día al frente del establecimiento, que ahora ha traspasado a un grupo de amigos uruguayos. El bar de toda la vida, puntal de los desayunos en la zona y con “el arroz con bogavantes de plato estrella”, dará paso a un modelo más enfocado a la restauración con un toque latino.
Situado en el número 2 de la calle Arganda, Julián llegó a él en 1985, con una treintena recién estrenada y un nombre compuesto en la cabeza. “Estaba candente todo el tema de la entrada de España en la Unión Europea, así que lo de Eurobar nos parecía muy moderno. Luego, mi mujer y yo íbamos todas las semanas al cine y nos encantaban las películas de Francis Ford Coppola, como Los Padrinos, Rebeldes o Apocalypse Now. Tenemos carteles de esas películas en las paredes. Unos años después de abrir añadimos Drácula de Bram Stoker”. Es el toque cosmopolita en un local que, por lo demás, cumple con todos los estándares del bar de barrio tradicional, desde las mesas y la barra amarmoladas hasta los servilleteros.
Esta vez no hay un oscuro procedimiento especulativo detrás de su paso atrás, se trata solo de una cuestión de cansancio y necesidad de dar un paso atrás. Ha sido una decisión personal de Julián, consensuada con la propiedad del inmueble a la que abonaba el alquiler: “He estado muy a gusto, físicamente me he encontrado siempre muy bien y con ganas. Pero mi mujer ya ha cumplido también cierta edad y mi hija nunca se ha dedicado a esto, por suerte. Ha llegado un momento en que nos estresábamos demasiado, aguantábamos menos”. Convertido ya en abuelo, el fallecimiento de su madre hace dos meses fue el golpe definitivo para dar un timonazo a su vida: “Te das cuenta de que necesitas tiempo y así lo valoramos en familia”.
Pese a ello, no ha sido nada fácil sopesar este desenlace. “Voy a echar mucho de menos las conversaciones de las mañanas con los vecinos. Picar a los clientes en los cafés y los desayunos, cuando todos nos dedicamos a arreglar el país mientras pensamos que sabemos más que nadie”, rememora con una sonrisa que no se le borra de la cara. Para él se quedan las charlas que le cruzan por la cabeza mientras lo cuenta. Ahora disfrutará de su barrio de otra forma: entre paseos, desayunos en otros bares y cientos de conversaciones improvisadas. Eso sí, también quiere conocer todo ese mundo del que las obligaciones le han mantenido lejos: “Mi hija nos está mirando para irnos mi mujer y yo a Turquía en un par de meses. También queremos viajar a Egipto”.
Un cierre convertido en el secreto mejor guardado de Arganzuela
Julián es sonriente y simpático por naturaleza, pero también tiene un carácter reservado. Por ello, aunque la clausura fue largamente meditada, ha pillado por sorpresa a muchos vecinos. “Ha sido todo un poco progresivo. Hace unos años cerrábamos solo un día y estos últimos tiempos, además del lunes, tampoco abríamos el martes. Algunos iban notando que faltaba género, que había menos tapas frías que es lo que solemos ofrecer, además de nuestro arroz. Pero intentamos no decir nada hasta tenerlo todo cerrado. Sí que avisamos con más margen a nuestros siete u ocho trabajadores para que se fueran buscando otra cosa”.
Voy a echar mucho de menos las conversaciones de las mañanas con los vecinos. Picar a los clientes en los cafés y los desayunos, cuando todos nos dedicamos a arreglar el país mientras pensamos que sabemos más que nadie
Una de esas habituales a las que el traspaso ha pillado por sorpresa, todavía no conocedora de la noticia, le pregunta si está haciendo obras en el bar. Cuando Julián confiesa que su etapa ha terminado, esta reacciona apenada, pero entiende su decisión: “Has trabajado demasiado”. La señora procede entonces a relatar cómo una mañana evitó un robo en Coppola: “Me levanté para ir a trabajar en Iberia y llamé a la policía porque vi que ahí estaba pasando algo raro. Eso fue en los ochenta, que era una época muy complicada y muy conflictiva”.
“¿Dónde desayunamos ahora?”, le pregunta a Julián otra de sus clientas habituales, Maribel. “Encima el último día fue el 28 de diciembre, así que nos creíamos que era una broma”. Luego se entretienen hablado de lo humano y lo divino. Maribel le explica que a una amiga le ha tocado un pellizco en la lotería y Julián le pregunta si ya han arreglado su coche. La señora relata luego a este periódico que este fin de etapa ha causado impacto en el barrio, bromas al margen: “Mi hijo vive en Rivas y vino el último día expresamente a desayunar. El pobre acabó soltando alguna lagrimita”.
El lugar de las prórrogas del fútbol femenino entre cervezas, alegrías y amores
El hijo de Maribel no fue el único conmovido aquella jornada. Julián recuerda la emoción del que será, sin duda, el Día de los Inocentes más especial de su vida: “Cuando nos despedimos, acabamos llorando todos”. La emoción fue especialmente palpable entre el nutrido grupo de jugadoras de fútbol que en los últimos años han hecho de Coppola su lugar de encuentro, después de entrenamientos o partidos en Madrid Río.
“Los domingos era increíble los que había con el fútbol femenino los últimos 12 o 14 años. Los equipos se han portado conmigo increíblemente bien”, destaca. Clubes como el Rebujitas Fútbol Club o La Birra Es Bella, que compiten en la Súper Liga Madrid Río, también conocida como Liga Fulanita de Tal. Una competición que combina deporte, ocio, visibilidad LGTBQ+ y empoderamiento para mujeres del barrio.
Facetas que culminaban en el Coppola durante el conocido como tercer tiempo: “Aquí se juntaban unas 150 chicas, entre la terraza y la cafetería de dentro. También se pasaban entre semana a ver partidos. Hay chicas que llevan viniendo diez años, que se han conocido en el bar y ahora tienen hijos. Encontrarán otro sitio, pero aquí han sido muy queridas. Yo les intentaba ayudar comprando camisetas y cosas así”, explica Julián con una emoción contenida. “A mí me han enriquecido mucho. Eso no está pagado con nada”.
Cuarenta años son todo
La llegada de las futbolistas fue la última muestra de la continua reconversión de la clientela, aparejada a la de la propia Arganzuela. Modificaciones socioculturales a partir de las del espacio físico: “He visto la transformación del barrio completamente, desde el Pasillo Verde hasta la parte de Peñuelas. Las zonas por las que pasaba el tren y no estaban soterradas, así que todo quedaba dividido, con socavones enormes. Cuando empecé solo estaba soterrada la calle Toledo. Luego además llegó la renaturalización del río con el soterramiento de la M-30 y esta zona se ha revalorizado mucho. Siempre ha sido un barrio con su parte obrera y otra más de clases medias, pero es verdad que el precio de la vivienda está subiendo mucho”.
Hay chicas que llevan viniendo diez años, que se han conocido en el bar y ahora tienen hijos. Encontrarán otro sitio, pero aquí han sido muy queridas. Me han enriquecido mucho. Eso no está pagado con nada
Recuerda además que todo este entorno “estaba industrializado”: “La Papelera Madrileña estaba donde está la iglesia, y muy cerca estaba Papelera Industrial. A finales de los noventa fueron cerrando y todo se empezó a urbanizar. Todo lo que había desapareció y construyeron muchos bloques”. Julián temió por entonces que su negocio sufriera un duro impacto, al perder a los trabajadores de las industrias clausuradas que atendían diariamente. Pero, primero los obreros de la construcción y luego los residentes de los nuevos pisos, encontraron en el Eurobar Coppola su lugar de confianza en el barrio. Las ventas, por suerte, no se resintieron: “No me puedo quejar. Hemos sorteado muy bien todas las crisis”.
Tres décadas más tarde, Julián temió otro posible golpe demoledor a su negocio: el Atlético de Madrid disputaba su último partido en el Vicente Calderón en mayo de 2017. El Coppola, por su cercanía al desaparecido estadio, era un punto de encuentro para la afición colchonera. El traslado al muy lejano Metropolitano acabó con una importante fuente de ingresos cada dos fines de semana. Pero con el tiempo, este hostelero lo acabó valorando incluso positivamente: “Era algo que nos daba mucho, pero también de manera muy frenética. Mucha actividad en poco tiempo. Lo bueno es que se había formado una peña en el barrio y, hasta poco antes de irme, seguían quedando cada día de partido para tomar algo antes de salir al Metropolitano en autobús”. Además, el auge del fútbol femenino en el barrio permitió que los fines de semana quedaran más que cubiertos.
Punto de encuentro para tres generaciones
Pese a todos estos vaivenes, algunas características de Arganzuela facilitan un arraigo familiar y social mayor que en otros puntos de Madrid. Aunque se trata de un área pujante y muy demandada por las clases creativas, también es un entorno mayoritariamente amable en el que se han desarrollado diferentes generaciones de madrileños: “La mayoría de hijos y nietos quieren quedarse donde han vivido sus padres y abuelos. Ojalá lo puedan seguir haciendo con todo esto de la vivienda”.
Julián sabe muy bien de lo que habla, porque ha visto todas esas generaciones pasar por su bar: “He trabajado con los que son ahora los abuelos, lo que son ahora los padres, y ahora estaban empezando a venir nietos. El otro día me saludó un peque de 3 años por la calle y me hizo mucha ilusión. Esta transformación la he vivido yo, personalmente, con mi hija y con mi nieto”.
Es esa cercanía lo que más va a añorar: “No me da pena dejar el bar, sino dejar a tanta gente. El aspecto que más echo de menos es la convivencia con la gente, el trato personal. He disfrutado mucho con ello y nunca he tenido ningún problema con nadie”. Julián dice estas palabras antes de salir a la calle y que sus vecinos, sus amigos, le arropen entre saludos, vaciles y felicitaciones. Quizá todavía no se ha dado cuenta, pero ese cariño no va a desaparecer aunque haya bajado la persiana. No se queda únicamente en el interior del bar, sino que lo llevan consigo todos los vecinos que han desayunado mientras intentaban arreglar España, que han devorado el arroz con bogavantes o que se han tomado una cerveza para consolar a sus amigas después de marcarles un golazo.