Una tragedia laboral o trabajo forzado: lo que la exposición del Canal de Isabel II omite y tejería una historia más honesta

Quienes se encuentren en Madrid y busquen el refresco de los árboles, a primera o última hora del día, se toparán en los parques del Canal de Isabel II en Plaza de Castilla y Chamberí con una exposición al aire libre sobre la historia y la actualidad de la empresa pública llamada Impulsamos el futuro de Madrid.

La muestra está formada por seis tótems de gran formato que llevan impresos en sus cuatro caras imágenes y textos que nos ilustran acerca de la historia del CYII, su relación con Madrid, su presente y proyección futura. Se trata, en definitiva, de una curiosa exposición corporativa.

Nosotros la vimos en el parque del Tercer Depósito y, advertimos, merece la pena como complemento de los atractivos que tiene el propio parque, que no son pocos: espacio para hacer deporte, andar, disfrutar del frescor de sus láminas de agua o de los chorros si se va con niños.

La exposición celebra los 175 años del Canal de Isabel II y llega a Madrid después de haber pasado por catorce municipios. Todas las instituciones, empresas y administraciones públicas longevas tienen una historia compleja, en la que se dan la mano momentos luminosos con otros que cabría olvidar…pero que hoy en día no son soslayables.

En tiempos de revisión y reparación –no pediremos tanto en este artículo–convendría afrontar la retrospectiva propia en todas sus dimensiones. La historia del Canal es la de una poderosa iniciativa llena de hallazgos técnicos y decisiones políticas que posibilitaron el crecimiento de la capital y el desarrollo de una mayor calidad de vida para sus vecinos. Esa parte queda bien reflejada en lo tótems pero faltan algunos episodios que no condenan la imagen de la empresa pública, sino que ayudan a explicarla mejor, inserta en cada uno de los momentos políticos que ha surcado desde su fundación.

El mayor accidente laboral de su época que tuvo lugar donde está la exposición

El 8 de abril de 1905 un gran estruendo despertó a las barriadas de Chamberí y Cuatro Caminos. Centeneras de trabajadores quedaron atrapados bajo la techumbre derrumbada de tercer depósito del Canal de Isabel II, entonces en avanzado estado de construcción. Aunque el saldo final de muertos no se conoce bien, la prensa del momento llegó a informar de una treintena de fallecidos y otros sesenta heridos (muchos de gravedad, que pudieron morir después).

El desescombro, en busca de cuerpos y supervivientes, se dilató durante muchas horas y se solapó con manifestaciones de repulsa en las inmediaciones. Fueron muchas las voces que acusaron a los responsables de las obras de falta de seguridad y la novedosa técnica del hormigón armado, que se empleó en la estructura, estuvo en el ojo del debate público.

Las muestras de solidaridad del vecindario son recordadas, así como la manifestación del 11 de abril, que siguió a las espontáneas que se llevaron a cabo el mismo día del derrumbe, contundentemente reprimidas por la policía en las inmediaciones de Cuatro Caminos y Santa Engracia. El accidente se atribuyó a la dilatación excesiva provocada por la ola de calor que sufría Madrid aquella primavera y nadie asumió las responsabilidades de las negligencias que llevaron a la tragedia.

El Canal de Isabel II ha recordado el accidente laboral, haciendo mención del desastre en publicaciones y, sobre todo, con una placa que recuerda sobre un monolito el hecho en el propio parque, abierto al público donde sucedió la tragedia. La placa reza: “En memoria de los obreros que construyeron este depósito. En especial, de quienes fallecieron tras el derrumbe de su cubierta, el 8 de abril de 1905”.

La ausencia del relato en la exposición en curso puede justificarse perfectamente porque la exposición sea itinerante y no se haya diseñado específicamente para el espacio, aunque debiera ser un hito insoslayable en el entorno en el que ahora se ha instalado.

El uso del trabajo forzado que sirvió para poder abrir el grifo

La creación del Canal de Isabel II mediante Real Decreto de 18 de junio de 1851 supuso un motor imprescindible para la expansión de un Madrid, entonces encorsetado en los estrechos límites de la vieja ciudad. Las famosas fotografías de Clifford sobre las obras de construcción de las infraestructuras del Canal de Isabel II han sido celebradas frecuentemente como hitos de la fotografía industrial, pero tienen un valor innegable también desde el punto de vita de la historia del trabajo. Y entre las imágenes de obreros aparecen trabajadores forzados. Penados que eran trasladados a pie hasta los campamentos de trabajo en la cuenca del río Lozoya para traer el agua corriente a Madrid.

El fenómeno está bien descrito en El presidio del Canal de Isabel II (1851-1867): el aprovechamiento de la mano de obra presidiaria que permitió el abastecimiento de agua a Madrid. En este trabajo, Miguel Ángel González Gallego documenta el funcionamiento del penal, creado ad hoc y en funcionamiento entre los años 1851 y 1867. También aparece en diversas fuentes, incluidas algunas publicadas por el propio Canal de Isabel II.

El presidio del CYII, de nueva construcción, ofrecía a los internos unas condiciones de hacinamiento penosas y para llegar allí, presos de todo el país recorrieron grandes distancias a pie y atados. Algunos de ellos, los considerados más peligrosos, seguían con los grilletes puestos durante su jornada laboral. La mala fama del presidio es descrita así por el investigador González Gallego:

“El del CYII era el destino más temido, debido a los duros, peligrosos y penosos trabajos que en él se realizaban. Los propios delincuentes preferían ir destinados al penal de Ceuta, con penas de mayor duración, que al del CYII”

El uso de trabajo esclavo está, por lo tanto, suficientemente documentado, pero no divulgado a nivel social. Menos conocida incluso que la anterior es la utilización de mano de obra reclusa en la posguerra a través del Patronato de Redención de Penas por el Trabajo.

Los batallones de trabajadores y destacamentos penales, que en un primer momento de la posguerra se nutrieron sobre todo de presos políticos, participaron especialmente en la reconstrucción de obra civil (aunque también se beneficiaron empresas privadas del trabajo a cambio de redención de penas). En la cuenca hidrográfica articulada a través del Canal de Isabel II participaron en la construcción del embalse de Rio Sequillo y en el del Canal del Jarama, en Patones.

Cómo las infraestructuras transforman el territorio

Mucho cabría analizar, y siempre acudiendo al detalle de cada caso, sobre la conveniencia de los impactos que las grandes obras hidráulicas tuvieron en el territorio a lo largo de los siglos XIX y XX. En todo caso, fueron transformaciones profundas que deberían ser consideradas a la hora de mirar al pasado de una institución que camina ya hacia los dos siglos de vida.

Fueron muchas las expropiaciones forzosas necesarias para traer el agua a Madrid. Tierras de labor, pasto y comunales desaparecieron, fomentando la despoblación de algunos de los territorios surcados por el agua.

Impactos negativos que no cupieron en los discursos acríticos de la modernidad liberal y franquista, pero que ahora deberían encontrar unas líneas en la revisión honesta de la historia de una empresa que es, en el fondo, la de una parte central del país.

La ausencia de referencias a los asuntos tratados en los párrafos anteriores no quiere ser tanto una crítica a una exposición breve y poco ambiciosa como una llamada de atención sobre la necesidad de mirar nuestro pasado con responsabilidad. La que se le puede exigir, además, a una empresa pública.

La naturaleza del Canal de Isabel II hace que su historia sea la nuestra y la de nuestras instituciones. Por eso, en tiempos que reclaman una revisión honesta a corporaciones y a administraciones, puede pedírsele al CYII que no se siga quedando en la celebración tumultuosa y festiva de la llegada del agua a Madrid en la calle de San Bernardo. Que haga sitio en su relato a los episodios en los que no salen tan guapos ni ellos ni las administraciones de lass que fueron subsidiarias durante décadas anteriores. No es un juicio moral, es responsabilidad.