Akron, el estadio mexicano donde el Mundial se disputa sobre cadáveres: “Juegan encima de nuestros hijos”
El pasado 4 de julio, sábado, mientras buena parte del planeta estaba pendiente de los cuatro partidos que se jugaban en el Mundial, un grupo de mujeres recorría, a oscuras, un campo de Mazatlán, en México. Caminaban a tientas, cuidadosas y pendientes de cualquier alteración del terreno. Eran madres buscadoras, colectivos de personas cuyos hijos, amigas o familiares han desaparecido.
Aquella noche habían recibido un “anónimo”, unas coordenadas que les son proporcionadas, ya sea en forma de una brevísima llamada telefónica o con una carta, que les da una pista de dónde puede haber una fosa común. Con las indicaciones, se dirigen al lugar sin más ayuda que la de una varilla que hunden en la tierra para luego oler su extremo. Si notan cualquier indicio de podredumbre, saben que ahí hay cuerpos enterrados.
Los avisos suelen tener el sello del crimen organizado, que acostumbra a ser responsable de las desapariciones. Pueden venir de un narco arrepentido o bien ser una trampa. Aquella noche fue lo segundo. El lugar indicado estaba plagado de minas que se activaron cuando las mujeres se acercaron demasiado. Las explosiones empezaron a sucederse y si ninguna madre resultó herida solo fue gracias a que un militar que las escoltaba reaccionó a tiempo. Lo hizo a cambio de perder la vida.
Sabedoras del peligro que corren, las madres intentan que algún miembro de la Policía o el Ejército las acompañe para protegerlas de una posible emboscada, aun cuando conocen la connivencia que hay entre las fuerzas de seguridad y el crimen. Porque solo así se entiende que haya 134.000 personas de las que hoy se desconoce su paradero en México.
Si bien la de los desaparecidos es una lacra que afecta a la totalidad del país, si hay un lugar donde se ha enquistado es Jalisco, que concentra el 12% de los casos. Pero esta crisis social no ha impedido que su capital, Guadalajara, sea una de las tres ciudades mexicanas que acogen el Mundial.
La contradicción se agrava todavía más cuando se sabe que el estadio Akron de Guadalajara está rodeado de fosas comunes. En 2025 se encontraron, en un radio de 17 kilómetros alrededor del recinto, más de 300 bolsas con restos humanos. Este año, a pesar de la celebración del Mundial, la perspectiva no ha cambiado; al contrario.
Pocas semanas antes del inicio del torneo, se encontraron, en el mismo radio, 140 bolsas que contenían restos que las buscadoras estiman que pertenecen a 31 personas distintas. El narco, que puede desmembrar a sus víctimas hasta en 20 partes para dificultar su identificación, ha incrementado su actividad a medida que se acercaba el Mundial y ha aprovechado la vigilancia en las inmediaciones del estadio para esconder allí a sus víctimas.
De hecho, se puede ver que la concentración de fosas se da también en el trazado del tren que se proyectó a propósito para el Mundial y que ha de conectar el aeropuerto con el Akron. Solo en esa línea que apenas llega a los 35 kilómetros, las madres han encontrado unas 400 bolsas con cuerpos que, de no ser por ellas, habrían quedado sepultados bajo las obras para siempre.
Las madres, frente al Gobierno
Guadalajara es la segunda urbe más importante de México, acoge diversos eventos internacionales y es sede de grandes empresas. Pero, a la vez, está en guerra. Después de la detención y muerte de El Mencho, líder del cártel Jalisco Nueva Generación, diversos grupos criminales se disputan el territorio, agravando una sangrienta contienda que lleva años ya en ciernes.
En esta ciudad convive una frenética actividad cultural y económica con unos cárteles que son capaces de derribar helicópteros a cañonazos o de asesinar, a plena luz del día, a un exfiscal. Esa guerra necesita soldados, que se reclutan forzosamente entre los jóvenes de los municipios jaliscienses. Cuando dejan de servirles, son asesinados o se rebelan, acaban en una fosa común. El 98% de los desaparecidos que se encuentran ya están muertos.
Las desapariciones, además, también son una manera de mantener a la población bajo control. “Sé que mi hija está vendida y adjudicada. Sólo falta que vengan por ella”. Esta frase salió de los labios de una madre buscadora en una conversación con la periodista que escribe estas líneas, el pasado diciembre, en Guadalajara.
Ha visto diversas veces cómo seguían a su pequeña e, incluso, ha notado vigilancia fuera de su casa. Sabe que el peligro acecha. Por un lado, porque su hija cumple el perfil de las niñas que el narco secuestra para prostituirlas y, así, financiar parte de sus actividades. Y, por otro, porque es una manera de achantar a esta madre y conseguir que deje de buscar fosas e inhumar cadáveres en busca de sus hijos varones, que desaparecieron hace casi una década.
La ausencia está más que presente en la vida de los habitantes de esta ciudad. Aunque para el turista o asistente a macroeventos como el Mundial o la Feria Internacional del Libro (FIL) pueda parecer que no, en el estado de Jalisco desaparecen seis personas cada día. “Ando muy preocupada; mi sobrino quedó por una aplicación con alguien para comprarle un libro de la escuela. ¿Y si no sale bien?”, se lamenta otra mujer. Sabe de lo que habla, pues a ella misma le desapareció un hijo hace poco y es consciente de que no hay lugar seguro. Ni durante el día en la ciudad.
De hecho, aunque quiera actuar con una pretendida normalidad, la misma urbe va dejando pistas de la tragedia a quien quiera verlas. En la plaza de Armas, justo en el corazón de Guadalajara y mirando de frente a su imponente Catedral, se alza un Antimonumento. Se trata de esculturas realizadas -y defendidas- por los movimientos sociales, colocadas clandestinamente para denunciar una injusticia a la que el Gobierno ha girado la cara. Los hay por todo México y este recuerda a los desaparecidos.
La policía lo ha intentado arrancar, hacer desaparecer, varias veces. Pero los jaliscienses siempre la defienden. “No solo no es que lo intenten ocultar, sino que además no hacen nada para evitarlo”, apunta Marlety García, una de las portavoces del colectivo de búsqueda Entre Cielo y Tierra, creado para “compensar la inacción del Gobierno”. Son las madres las que buscan y, a veces, encuentran a los muertos, a quienes entierran como si fueran sus hijos aunque no lo sean. Y también son las que siguen el rastro del narco para intentar hallarlos en vida: salen a las calles, de noche, y rebuscan en los antros o sobre las azoteas, intentando reconocer entre los sicarios y halcones a los adolescentes desaparecidos.
Esa búsqueda también las lleva a lugares de pesadilla. Fueron las madres y no las autoridades las que descubrieron el rancho Izaguirre, un lugar en el que el cártel de Jalisco Nueva Generación adiestraba a los jóvenes que había reclutado forzosamente. Y también donde mataba a los que ya no les servían. En el rancho, las madres no encontraron fosas ni tumbas; encontraron hornos de cremación.
Cuando las autoridades llegaron al lugar, negaron parte del relato de las madres. Aseguraron que no había habido incineraciones y rebajaron sustancialmente la estimación de víctimas, aunque las mujeres contaran con evidencias gráficas. “Es lo que hacen siempre, taparlo todo y negar lo ocurrido”, lamenta Marlety, que se apoya en las investigaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), que alertó de “omisiones forenses graves”.
“¿En qué se gastan el dinero? Ni nos protegen ni nos buscan”, se lamentan las madres, que afean al Gobierno que, mientras ellas van con varillas y desarmadas a exponerse a posibles emboscadas, las autoridades disponen de una tecnología y unos recursos que no les facilitan. “Ya te lo digo; se lo gastan en el Mundial”, se responden a sí mismas.
En el último lustro, el Gobierno de Jalisco ha gastado 236 millones de pesos (11,8 millones de euros) en los operativos de búsqueda de desaparecidos. Es un 37% menos de lo que se gastó, solo en 2025, para preparar el Mundial. “No estamos en contra del evento, que es algo maravilloso y precioso. Estamos en contra de que no se nos escuche. Así que vamos a aprovechar que todos los ojos están puestos en México para denunciar lo que está sucediendo”, sostiene Marlety.
Las madres buscadoras han organizado campañas, han convertido los rostros de sus hijos desaparecidos en cromos de fútbol para llamar la atención de los medios y han organizado marchas, muchas de las cuales han sido reprimidas por la policía. “Claro que tenemos miedo, pero más fuerte es el amor que sentimos”, sostiene.
Esta mujer vio por última vez a su hijo el 4 de agosto de 2017. No sabe nada de él, no ha encontrado pistas ni sabe si está vivo o muerto. Busca la ayuda de su Gobierno y su pueblo para encontrarlo. “¿Por qué no nos podemos unir para esto como nos unimos para apoyar a la selección de nuestro hermoso país?”, se cuestiona. Ella, aunque haya días en los que la fuerza le flaquee, no pierde la esperanza. Por eso, cada noche, sigue dejando encendida la luz de la puerta de su casa para que, si su hijo vuelve, pueda encontrar la entrada.